Buscar neste blog

luns, 21 de agosto de 2017

TODO TRANSCURRE ADENTRO, SIGNOS JUNTO AL CAMINO, DE IVO ANDRIĆ



Ivo Andrić (Dolac, 1892- Belgrado, 1975) ha sido el más célebre escritor serbio y el más traducido entre los balcánicos. Mereció el Nobel de Literatura en 1961, "por la fuerza épica con la que ha reflejado temas y descrito destinos humanos de la historia de su país".
Su obra más popular es la novela Un puente sobre el Drina, que constituye un clásico de la literatura balcánica moderna. Dicha obra, publicada en 1945, abarca cuatro siglos de historia y se sitúa en la ciudad de Višegrad, atravesada por el puente Mehmed Paša Sokolović, construido encima del río Drina, cuya ubicación es estratégica, pues sirve de frontera entre Bosnia-Herzegovina y Serbia.
Signos junto al camino es una suerte de memorias, o diarios, de Andrić. Esta traducción, la única disponible en el mundo, fue impecablemente realizada por la belgradense Dubravka Sužnjević, quien a su vez es la traductora oficial del afamado serbio Goran Petrović, prologuista del volumen.
Andrić es descrito así por Petrović: “(...) fue doctor en Historia pero como escritor mayormente trataba los destinos de gente pequeña, aquella que la ciencia histórica por lo general omite. Hay que agregar que fue diplomático pero en la época de la Segunda Guerra Mundial rechazó firmar muy “antidiplomáticamente”  la declaración de colaboración con el invasor alemán. Hay que agregar que como ganador del Premio Nobel de Literatura ganó fama mundial, pero siempre rehuyó a la gloria. Hay que agregar que no hablaba mucho, más bien callaba, para poder narrar.”
Andrić posee una enorme capacidad de instrospección. Cualidad que hace afirmar a Petrović que, aquí, “Todo transcurre adentro. Y desde adentro”.
Signos… se compone de cuatro apartados: “Imágenes, escenas, estados de ánimo”, “Desasosiegos seculares”, “Para el escritor” e “Insomnio”. En ellos, uno se topa con la seductora prosa de alguien observador, tierno, lúcido, agudo, de palpable bonhomía, en constante itinerancia. Pesimista, casi existencialista, ante la futilidad de la vida y, sin embargo, proclive al asombro, a quedar absorto ante la belleza de un paisaje o de un rostro femenino.
Su afán confesional semeja la desnudez más pura: queda vulnerable, expuesto, ante los lectores. Aun cuando hace más de cuarenta años trascendió, uno lo siente cerca y quisiera abrazarlo, decirle que no está solo, que ha tenido esas mismas pesadillas, esos mismos presagios.
Fragmentario, aforístico, elabora retratos, despliega panoramas, esparce gérmenes de historias.
Reflexiona acerca de la idiosincrasia de diversos lugares donde le toca estar, llámense Alemania, España o la propia Bosnia. Sobre los alemanes, dice: “Un alemán promedio –digo ‘promedio’, porque está claro que también ahí es posible todo tipo de excepciones- no recibe la hospitalidad como un obsequio y un deber, sino que la aprovecha y la ve como una debilidad de usted”. Respecto a los españoles, comenta: “les gusta la música, parecen estar locos por ella, pero su exagerada expansividad no les permite escucharla con calma, sino que tienen que tomar parte en ella. En realidad, ellos necesitan la música para no tener que hablar”. Y de los bosnios, afirma: “Aun en nuestra época los bosnios aceptan, sobre todo si son católicos, muchas ideas que tienen su origen directo en el medievo”.
Hombre que vivió a caballo entre dos siglos y atestiguó las dos guerras mundiales, que fue quedándose solo, no es extraño que medite obsesivamente acerca de la muerte. Así, valiéndose de pensamientos propios o incluso de terceros, aborda el tema: “Hablando de un buen amigo nuestro que había fallecido tres años atrás, alguien se queja: -¡Cuán rápido olvidamos a los que mueren, aun cuando fueron tan cercanos y queridos durante la vida! –Todos estamos olvidados aun durante la vida, sólo que esto se ve claramente apenas cuando morimos-dice M. Todos nos quedamos callados.”
Posteriormente, declara: “Lo que denominamos ‘la reflexión sobre la muerte’ en los escritores está muy lejos de la reflexión y todavía más de la muerte. Son tan sólo nuestros sentimientos de incomodidad y miedo ante la idea de la muerte, expresados con palabras. El verdadero pensamiento sobre la muerte no encuentra palabras”.
El apartado titulado “Para el escritor” resultará un gran gozo para quien comparta el oficio. Es inevitable sentirse identificado: “A decir verdad, siempre he deseado una cosa más que cualquier otra: poder describir todo lo que veo y saber expresar todo lo que siento”; “Sólo habría que escribir cosas puras y grandes”; “Lo trágico de la belleza consiste en que no puede no existir, pero tampoco puede durar y mantenerse”; “cuando yo sufro, sin vivir, mi obra vive y crece alimentándose de mi sufrimiento como si fuera un suelo fértil"; “cuando leemos libros de buenos escritores, ante nosotros ocurren milagros (…) estamos conectados con otra gente mediante múltiples vínculos secretos que ni siquiera intuimos, pero se nos revelan por medio de ‘nuestro’ escritor (…); “El trabajo del escritor es tal que mientras escribe siempre navega a contracorriente” “De aquello que jamás hubo ni jamás será, los escritores hábiles hacen los cuentos más bellos sobre lo que sí es”.
Acaso el párrafo más digno de enmarcarse sea este: “El escritor debe ser callado como su libro, que descansa en una repisa. Él debe obligar a la gente a que lea sus libros si quiere saber algo de su personalidad. Y después, debe dejarlos estafados y decepcionados porque no supieron nada de lo que quisieron saber. Ese debe ser su castigo por su insana curiosidad”.
Al terminar de leer Signos junto al camino, quedan resonando estas palabras: “Estaré en todas partes donde haya canto, viviré en cada melodía, en  los caminos, en el trabajo y en los hogares humanos”.

Elena Méndez

______

Ivo Andrić,

Signos junto al camino
(Título original: Znakovi pored puta),
Traducción: Dubravka Sužnjević,
Prólogo: Goran Petrović,
Col. Narrativa,
Editorial Sexto Piso/Universidad Autónoma de Sinaloa,
México, 2016,
560 pp.
  





Ningún comentario: