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martes, 26 de decembro de 2017

UNA PESADILLA FACTIBLE: EL CUENTO DE LA CRIADA, DE MARGARET ATWOOD



Margaret Atwood nació en 1939, justo el año en que inició la Segunda Guerra Mundial. Y en 1984 vivía en Berlín, cuando todavía existía el Muro. Tales circunstancias determinaron su visión del mundo e influyeron de manera decisiva en su obra literaria.
Fue precisamente durante su estancia en la capital alemana que comenzó a escribir El cuento de la criada, publicada un año después. Obra que ha cobrado un gran auge debido a su rabiosa actualidad, máxime que ha sido adaptada al cine, la ópera, el ballet, la televisión y pronto se contará con una novela gráfica sobre ella.
En esta ficción especulativa, la autora canadiense plantea una pesadilla factible: ¿Qué pasaría en una sociedad teocrática, donde las mujeres perdieran sus libertades básicas, donde sólo se les considerara instrumentos para la perpetuación de la especie, o peor aún, meros entes desechables?
La historia se ubica en la imaginaria República de Gilead, otrora territorio de Estados Unidos. Tras un golpe de Estado, se erige una sociedad teocrática, fundamentalista, que toma la Biblia al pie de la letra.
Defred, la narradora-protagonista, describe con todo detalle su infernal existencia como Criada, casta a la que pertenece, que la obliga a ser útil socialmente mediante la reproducción forzada.
Su nombre real nunca es dado a conocer. Se le otorga una personalidad nueva, acorde a su función para el sistema.


Valiéndose de un relato extenso, fragmentario, con lagunas, contradicciones y repeticiones –lo que lo vuelve creíble y natural, puesto que está registrándolo en audios, clandestinamente, y no hay modo de reelaborar sus testimonios-, Defred no sólo se limita a explicar su injusta condena, sino que, además, evoca su no tan remoto pasado, en el que tuvo una familia, un hogar. Su propio dinero. En el que podía tomar sus propias decisiones. Ser libre.
“Mujeres juntas, sólo difuntas”, reza un antiguo refrán mexicano. Lamentablemente, tanto en la vida real como en la sociedad gileadeana, es cierto. Abundan los rumores, las delaciones, las malas jugadas, los complots. Todo por tantito poder. Por pura envidia. Por afán de destruir una reputación, una vida.
Para ellas, su vientre potencialmente fértil y la información que manejan son las únicas herramientas que las pueden salvar. Pero, por desgracia, también las pueden hundir. No hay sororidad. No puede haberla. Todas desean salir airosas de su lamentable situación. Cuando llega a haber un asomo de simpatía, de complicidad, es inmediatamente detectado y reprimido.
Defred, tras haber pasado estancias en el Centro Rojo (donde pasó por un proceso de reeducación) y en un hogar asignado, en el que su misión fracasa, recibe una segunda oportunidad en casa de otro Comandante, donde inmediatamente percibe la hostilidad no sólo por parte de Serena Joy, la Esposa -una anciana artrítica que en su juventud fue estrella televisiva-, sino también de una de las Marthas –como se denomina a las empleadas domésticas-. Entre otras razones, por la falta de sororidad arriba mencionada.
La doble moral siempre está presente: si bien la función de Criada es harto relevante para la preservación de la raza, puesto que la fecundidad escasea, son incesantemente criticadas, juzgadas, burladas, ninguneadas. Su integridad física y moral pende, constantemente,  de un hilo. Se hallan inmersas en una dinámica esquizofrénica de la que es imposible escabullirse.
Una frase escrita en latín macarrónico, descubierta accidentalmente por Defred en el armario de su habitación, se convierte en mantra suyo, aun antes de saber el significado: “Nolite te bastardes carborundorum”. Quiere decir: “No dejes que los cabrones te hagan polvo”. Lo cual ella pretende impedir, a toda costa.
Defred explica al hipotético escucha los motivos por los cuales registra lo ocurrido: “Sigo con esta triste, ávida, sórdida, coja y mutilada historia, porque después de todo quiero que la oigáis, como me gustaría oír la tuya si alguna vez se presenta la oportunidad, si te encuentro o si te escapas, en el futuro o en el Cielo, en la cárcel o en la clandestinidad, en cualquier otro sitio”, afirma.
Como no hay sistema sin fallas y la represión es un tremendo acicate para la trasgresión, es inevitable que estas féminas añoren su libertad. Deseen el amor. Recuerden lo que había detrás de esas oscuras fronteras. Más de una correrá el riesgo de intentar liberarse. ¿Qué pasará después? Quién sabe, pero ojalá sea menos peor que su actual destino. Esa parece ser su filosofía.
Habrá quien se escandalice ante lo planteado por Atwood. Pero ella, en el fondo, no se está inventando nada. Sólo toma elementos históricos que, recreados y mostrados en conjunto, crisparán los cabellos a más de uno.
Entre dichos elementos históricos, menciona: “ejecuciones grupales, leyes suntuarias, quema de libros, el programa Lebensborn de las SS y el robo de niños en Argentina por parte de los generales la historia de la esclavitud, la historia de la poligamia en Estados Unidos…”
La autora explica, asimismo, la razón detrás de los peculiares ropajes que visten las damas gileadeanas y de haber elegido una dictadura teocrática como tópico: “muchos regímenes totalitarios ha recurrido a la ropa (…) para identificar y controlar a las personas –pensemos en las estrellas amarillas, y en el morado de los romanos- y en muchos casos se han escudado en la religión para gobernar. Así resulta más fácil señalar a los herejes.”
El cuento de la criada, a decir del cintillo que acompaña esta edición, constituye “el libro de cabecera de una nueva generación”. No es exagerado. Se alude a una generación bien informada, consciente de sus derechos, decidida a rebelarse ante las tiranías que no cejan en denigrar a los géneros o clases desfavorecidas. Como esa tiranía que, ‘casualmente’ hoy gobierna al país más poderoso del mundo.

Elena Méndez 

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Margaret Atwood,
El cuento de la criada
(The Handmaid’s Tale),
Traducción: Enrique de Hériz/Elsa Mateo Blanco,
Col. Narrativa,
Ediciones Salamandra,
Barcelona, 2017,
416 pp.
 



LA VOCACIÓN DE NARRAR: ANTOLOGÍA PERSONAL. 50 AÑOS DE CUENTOS, DE SERGIO RAMÍREZ



Sergio Ramírez (Masatepe, 1942) fue un cuentista precoz. A los 14 años, cometió la osadía de reinventar una leyenda de su natal Nicaragua, que se publicó sin mayores averiguaciones en un suplemento cultural dirigido por el poeta Pablo Antonio Cuadra. Su atrevimiento prosperó; empeñado en su vocación narrativa, ha festejado ya medio lustro en el oficio, por el cual acaba de ser galardonado con el Premio Cervantes.
Como él explica, “escribo porque siento la imprescindible necesidad de contar a otros lo que de otro modo se perdería de manera irremediable”.
En su Antología personal. 50 años de cuentos, selecciona veinte textos pertenecientes a los libros Cuentos, Nuevos cuentos, “De tropeles y tropelías, Charles Atlas también muere, Clave de sol, Catalina y Catalina, El reino animal y Flores oscuras.
A decir del crítico Javier Sancho Más, del suplemento Babelia, Ramírez es “el primer cuentista vivo en el continente latinoamericano, y uno de los mejores en español, heredero de las armas de Cortázar y Monterroso”.
Coincido en la similitud con el fenecido guatemalteco, puesto que Ramírez, aunque tiende a escribir extenso, también recurre a la prosa breve. Asimismo, es notable su aptitud para fabular. Estas características remiten, también, al mexicano Eduardo Lizalde, cuya veta cuentística posee la misma fantasía, la sátira, los bestiarios y las  magistrales vueltas de tuerca que en Monterroso y el nicaragüense.
Gabriel García Márquez es otro autor con quien puede equiparársele, no sólo en el temprano descubrimiento de la vocación literaria, sino en las frases lapidarias de los personajes de uno y otro, la manera de entrelazar vida y obra, la recreación de las atmósferas domésticas, el lenguaje engarzado como joya, así se trate de coloquialismos, regionalismos, arcaísmos…
Ramírez se divierte escribiendo. Se le nota. Aunque en sus relatos no faltan las desventuras existenciales, hay siempre algo que mueve a risa o, incluso, a la abierta carcajada. “La suerte es como el viento” y “Kalimán el magnífico y la pérfida Mesalina” son acaso los textos más desopilantes. Mientras que en el primero un humilde tipógrafo descubre repentinamente sus cualidades adivinatorias, en el segundo un par de hermanas colegialas riñen por el coche que se han ganado en un ‘raspadito’. La codicia de los protagonistas les conducirá a situaciones inesperadas y caóticas.
Sorprende la erudición del autor, que lo mismo puede hablar de entomología que de meteorología, de futbol que de béisbol, de Shakira que de fisicoculturismo, de la guerrilla que de la Biblia.
Aunque la materia de sus relatos proviene obviamente de su imaginación portentosa, deja escapar guiños a su vida real, para dotar de mayor verosimilitud a sus historias, como en “Perdón y olvido”, “No me vayan a haber dejado solo” y “Flores oscuras”.
Líneas arriba, se mencionan las desventuras existenciales. Cabe abundar en el tópico, pues hay aquí numerosos personajes que han fracasado estrepitosamente. Como el Santa Klaus venezolano de “Heiliger Nikolaus”, que lleva años en Berlín y sigue sin tener dónde caerse muerto; como “El Pibe Cabriola”, futbolista por cuyo autogol su selección ha sido desclasificada para el Mundial; como las tres amigas de “Aves canoras: Por qué cantan los pájaros”, que se reúnen cada determinado tiempo, sólo para descubrir que no han sido felices y que su realización personal es ilusoria…
El desencanto, tedio y ruina de estos personajes recuerda a la que experimentan los del mexicano David Toscana, empeñados en inútiles quimeras, mientras el destino los pone de bruces con la realidad. Caso de “La mosca”, un pequeño ‘nica’ fan de Shakira, quien huye de casa para buscar a su ídola; y del boxeador Amado Gavilán, protagonista de “La puerta falsa”, a quien nomás no se le da figurar…
Asoman la realidad violenta, la corrupción rampante, el arribismo y el absurdo de las tiranías en “El centerfielder”, “La colina 155”, “A Jackie, con nuestro corazón”, “De las propiedades del sueño (I)”, “De la afición a las bestias de silla” y “Nicaragua es blanca”.
Merecen especial atención los relatos “Pingüino: Tribulaciones de la señora Kuek” y el ya mencionado “Flores oscuras”. El primero es una alegoría de la heteronormatividad. La directora de un zoológico, al descubrir la homosexualidad masculina de varios ejemplares de pingüinos Humboldt, urde una estrategia para ‘enderezarlos’.  
En “Flores oscuras”, por su parte, un ficcionalizado Sergio Ramírez pasea por Milán, en cuya Pinacoteca de Brera sostiene una brillante disputa verbal con otro visitante. Hablan sobre las versiones pictóricas de la Última Cena, de la cual el sujeto parece saber demasiado. Además, parece leerle el pensamiento. Resulta casi automática la comparación de este relato con “Tres versiones de Judas”, de Jorge Luis Borges, dado el trasfondo de fatalidad que hay en ambos.
“Charles Atlas también muere” y “Perdón y olvido”, aunque parecen disímiles entre sí, tienen algo en común: en ellos, el protagonista desearía no haber conocido ciertas verdades, ya sea sobre un ídolo o sobre su propio origen.
En “Félis Concóloris” un oponente del régimen cuestiona la importancia de un compatriota lexicólogo y reflexiona sobre la inutilidad de su sabiduría frente a la necesidad del pueblo. Por disparatada que suene la trama, ¡cuánta gente no piensa, para sus adentros, que dichos afanes son labor de ociosos!
Una cualidad innegable del autor es su magnífico oído. El lector, en más de una ocasión, sentirá que está escuchando hablar a los personajes; se regocijará ante su voseo, sus conjugaciones verbales, su entonación.
“Uno lo que escribe son mentiras, pero deben ser mentiras bien contadas, en las que se pueda creer a ciegas”, afirma Ramírez. Quien redacta esta nota le otorga una doble corona: una por haberle creído, otra por querer seguir en su universo creativo.

Elena Méndez

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Sergio Ramírez,
Antología personal. 50 años de cuentos,
Col. Hotel de las Letras,
Editorial Océano,
México, 2017,
308 pp.