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martes, 23 de maio de 2017

PERIODISMO VUELTO LITERATURA: SALA DE REDACCIÓN, DE PABLO ESPINOSA



Sala de Redacción es periodismo vuelto literatura. Híbrido lúdico, creado por Pablo Espinosa, posee un estilo profundo y ligero, preciso y detallado, documentado sin ser farragoso, objetivo dentro de su subjetividad. Transmite el goce que el autor encuentra en realizar su oficio, aun en medio de las prisas, las fechas límites, los implacables cierres de edición.
El volumen contiene sesenta textos que aparecieron, originalmente, tanto en La Jornada –donde es el editor de la sección Cultura- como en Revista de la Universidad.
El volumen fue editado por la Secretaría de Cultura y está juguetonamente prologado por Elena Poniatowska, quien ha sabido permanecer, como pocos, en este oficio tan sacrificado y a la vez tan noble.
Dice Poniatowska: “Si ignora que Memoria de mis putas tristes es el libro de García Márquez con más alusiones a la música clásica, platíquelo con Pablo Espinosa”; “Si cree que las microóperas de David Bowie son una obra maestra, dígaselo a Pablo Espinosa”; “Si cree que la voz de Lisa Gerrard es un santuario, persígnese con Pablo Espinosa”.
Destaca que al autor “nada lo hace más feliz que compartir”. Y sí. Este libro es un manifiesto de su generosidad.
Alfonso Reyes, sabio mexicano pero universal, escribió, incluso, sobre gastronomía. Adolfo Castañón, su más ferviente discípulo, ha declarado pretender emularlo hasta en eso. El mismo esfuerzo hay en Pablo Espinosa, que aspira a la genialidad de Pascal Quignard. Quien haya leído algo del erudito francés, detectará enseguida esos atisbos en el veracruzano.
Lo quignardesco se observa en su reiterado interés hacia la música –que el Premio Goncourt ejerció, además-. Los textos de Pablo sobre este arte dialogan con las reflexiones de Pascal en La lección de música y El odio a la música.
Asimismo, en ambos hay una perenne indagación sobre el lenguaje, un incesante cuestionamiento y contemplación del mundo, un perpetuo ironizar sobre sí mismos.
Otra influencia vital para el autor es Ryszard Kapuściński –uno de sus entrevistados-, quien sostenía: “Todo periodista es un historiador”, pues “en el buen periodismo, además de la descripción de un acontecimiento, tenéis también la explicación de por qué ha sucedido”. Eso es justamente lo que hace Espinosa: Proporciona al lector contextos, referentes, recurre a los imponderabilia para ambientarlo.
Pablo logra la nota porque la logra: hace años, cuando sus colegas volvían derrotados al serles imposible abordar a la diva francesa Catherine Deneuve, quien estaba de visita en México y no se comunicaba en español, él obtuvo la exclusiva, pues hablaba francés.
Esa perseverancia resulta contundente en su entrevista al compositor estonio Arvo Pärt, precursor del minimalismo musical. Tras años procurándolo, consiguió charlar con él durante su estancia en nuestro país. Al acompañarlo a la Basílica de Guadalupe, el periodista atestigua sus lágrimas en un par de ocasiones: cuando brinda caridad a una dama enlutada y cuando contempla a la Virgen en el ayate. Epifanía pura.
Alejandro Toledo sostiene que José Emilio Pacheco -uno de los más grandes periodistas culturales de nuestro país- no hablaba nunca “de oídas”. Lo mismo puede afirmarse de Espinosa, a quien es imposible pescar en un ‘maquinazo’, pues acomete sus textos como algo sagrado, si bien siempre accesible al lector.
Aunque haya lugares donde nunca estuvo y tiempos que no le tocaron, dibuja atmósferas, recrea momentos. Incluso lo terrible se torna sublime. Como cuando refiere el suicidio de María Callas, la divina: “(…) esa mujer enamorada que nunca alcanzó el amor de quien ella amaba, Aristóteles Onassis, y cuando éste murió, ella entró en una depresión tan profunda que se encerró en su departamento de París, donde fue hallado su cuerpo físico la mañana del 17 de septiembre de 1977 flotando en la tina de su baño. Sola y su alma. Sola en la Ciudad Luz. Sola y un frasco de barbitúricos al lado de la tina. Sola entre una multitud de ángeles”.
Espinosa desvela claves artísticas y vitales: el uso de la aliteración en las canciones de Caetano Veloso; la inconmesurable fe de Arvo Pärt; el aire festivo de Antonio Vivaldi, realzado por Max Richter; la lubricidad de James Brown; El íncipit genial de Ígor Stravinski en La Consagración de la Primavera, obra cuyas ocho notas, extendidas al infinito, pasaron a  ser solfas en el sentido de “zafarranchos”; la ironía en Mozart, freelancer workahólico de gustos sibaritas; la pantomima como raíz del espectáculo que fue David Bowie; el encanto de la imperfección y la paradoja en el disco póstumo de Pink Floyd; la fluida transición de géneros en Nina Simone; la idea del mantra en Terry Riley…
Incluso cuando Pablo habla de otras bellas artes acaba hablando de música, como en su crónica sobre la compañía dancística Marie Chouinard, basada en obras de Claude Debussy e Ígor Stravinski –que, ¡oh, paradoja!, considera “creaciones nacidas del silencio” (p. 287). Asimismo, en su reportaje sobre el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México -prodigio arquitectónico donde los haya- entre cuyas esculturas alegóricas se hallan la Armonía, la Inspiración y la Música: “un gran ángel se sostiene del aire con sus alas a la manera de un colibrí, para inclinar su cuerpo hacia el violín que hace nacer músicas dormidas que despiertan en cuanto el hombre bajo el ángel, concentrado en su escritura, pone en papel de mármol esas notas, para la posteridad”.
Se recomienda acudir a estas páginas acompañándose del spotify o del youtube, para disfrutar de su banda sonora, un viaje de lo culto a lo popular y viceversa.
Sala de Redacción bien podría implementarse como libro de texto en las carreras universitarias de Comunicación, Periodismo y Letras Hispánicas. Es una cátedra gozosa y portátil impartida por alguien que en realidad ama su oficio.

Elena Méndez

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Pablo Espinosa,

Sala de Redacción,
Prólogo: Elena Poniatowska,
Col. Periodismo Cultural,
Secretaría de Cultura,
México, 2016,
332 pp.
 


xoves, 11 de maio de 2017

ENLOQUECIDO PERIPLO: CUANDO TODO ERA PARA SIEMPRE, DE FEDERICO TRAEGER



Federico Traeger (Ciudad de México, 1958) era apenas un adolescente en los años setenta, época en la que ubica su novela Cuando todo era para siempre (Alfaguara, 2017), en donde se narra el enloquecido periplo de los Voorman, quienes súbitamente resultan billonarios al heredar una fortuna familiar.
 
Traeger, proclive a las tramas picarescas, pretende hilvanar una sarta de situaciones caóticas, dignas de un Xavier Velasco diabloguardanesco y empeñado en explicarlo todo.
“Poderoso caballero es don Dinero”, afirmaba Quevedo. Acá en México se dice “Con dinero, baila el perro”. Es así como, pese a ser unos improvisados, logran realizar sus despropósitos, pues se apresuran a despilfarrar lo encontrado en el “laberinto gris” de sus excéntricas tías recién fenecidas, Gerta y Greta.
Entre sus muchas posesiones, les dejan un gabinete de maravillas y un asistente al cual adoptan, llamado Florian, hermosísimo ejemplar de raza aria (guiño a los Lebensborn), cuyo único defecto es ser franco y exasperarse por las barrabasadas de los Voorman, en particular, de Fernando (el narrador-protagonista) y el Nenito, quienes serían, en estos tiempos, unos totales mirreyes.
El primero incursiona en la música; el otro, en el cine, llevados por sus impulsos falocéntricos.

La madre y el padre no se quedan atrás en sus ocurrencias: la madre se hace de un viñedo –según ella, el colmo del refinamiento-; el padre, de un equipo de futbol –del cual es fanático irredento- y de un circo –por razones supuestamente altruistas-.
Esto último remite al manicomio convertido en circo que aparece en Rayuela. Sólo que aquí se omite la alusión a la clínica mental, pues tanto los Voorman como su corte de lambiscones están locos.

Más de una vez me pareció que esta obra hiperbólica, rocambolesca, fársica, poseía tintes fellinianos: hay un gusto por el absurdo, escenarios y momentos extravagantes, mujeres-objeto conformes con serlo y un horror vacui interior que siempre pretende llenarse con algo o alguien.


A decir del autor, esta es una novela “sicodélica”, una “sátira”. Vaya que sí. Es sicodélica no sólo por su portada kitsch, estridente, sino por los alucinógenos que los chicos Voorman y compañía se meten alegremente y las consecuencias que de ello se derivan.
En cuanto a la intención satírica, los Voorman son una alegoría del mexicano racista, elitista, malinchista, acomplejado, embriagado de prepotencia al escalar socialmente.

Líneas arriba mencioné que la obra se ubica en los años setenta. Algo hace sospechar que, de haberse ubicado en esta época, los jovenzuelos y sus damiselas se habrían sentido bastante cómodos en un reality como Acapulco Shore, donde alcanzarían la fama a través de la infamia.

He leído cinco de los siete libros que ha publicado Traeger. Considero que tiene mayor fortuna en el género novelístico que en el cuentístico. Sin embargo, tras leer esto, me queda la sensación de hallarme ante una obra ininteligible, donde sólo faltó que los personajes fumaran del opio o comieran de los hongos de la mismísima Alicia en el País de las Maravillas. Cosa verosímil, ante tanta inverosimilitud aquí reunida.
Recordará el lector la fábula de “El traje nuevo del emperador”. Pues bien: aquí las palabras son el material con el que habría de hacerse el traje; el autor es, a la vez, el sastre y el emperador; y el traje, en este caso, la novela, no se ve por ninguna parte.

Cabe añadir que Traeger ha declarado que Iván, protagonista de su libro anterior, Haz el amor y no la cama (2013), gigoló y negro literario de su patrona: “Es el Federico que me hubiera gustado ser”. ¿Acaso Fernando Voorman es otra proyección, otro wishful thinking del autor? Puede que sí.

Elena Méndez

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Federico Traeger,
Cuando todo era para siempre,
Col. Narrativa Hispánica,
Alfaguara,
México, 2017,
240 pp.
 




domingo, 7 de maio de 2017

UN LECTOR VOCACIONAL, INVENTARIO (TOMO II), DE JOSÉ EMILIO PACHECO







“Me interesa, nada más, hablar de lo que me gusta”: con esa contundencia, José Emilio Pacheco rehusaba la etiqueta de crítico. Se consideraba, más bien, un “lector vocacional”. Esa faceta se muestra espléndidamente en su Inventario, columna cultural que publicó durante cuatro décadas. El tomo II de Inventario contiene noventa y seis textos publicados entre 1984 y 1992 en el semanario Proceso.

Según Gabriel Zaid, Pacheco “hizo talachas a las que nunca ‘descenderían’ hoy muchos becarios, periodistas culturales e investigadores que tienen cosas más importantes que hacer que cuidar los intereses del lector anónimo”.
Pacheco pertenece, como Martín Luis Guzmán, Alfonso Reyes y José Vasconcelos, a la estirpe de grandes literatos mexicanos que “murieron con la pluma en la mano”.
Lo que el autor afirmaba sobre Jorge Luis Borges bien puede aplicársele a él: “vio en nuestra miseria cultural una infinita riqueza: serán nuestras todas aquellas obras, ideas, estilos de que sepamos apropiarnos. Del calumniado siglo XVIII español Borges recogió la idea, tan presente en Feijoo y Jovellanos, de que ningún tema es ajeno, todo debe someterse a crítica y análisis y ser divulgado y compartido” (p. 219).
Juan Villoro sostiene que Inventario es el “laboratorio de los muchos escritores que Pacheco pudo ser". Vaya que sí: hay acertadas mezclas de géneros e ingeniosas apropiaciones en los que “el ansia de perfección es la única norma”, como establecía Pedro Henríquez Ureña.
Si bien en el primer tomo se advierte que fueron excluidas las versiones primigenias de los poemas del autor -por decisión suya-, en este volumen aparece “Alta traición” en un texto homónimo, donde se abordan la génesis y metamorfosis de tan celebrado poema.
Pacheco corregía, incansable e implacable, su obra, tal como Octavio Paz, a quien osa ‘profanar’ con la genialísima “(Pseudo)-Raíz del Hombre” en ocasión del Nobel que recibiría a finales de 1990.
Alejandro Toledo asegura que Pacheco “de todo lo que comenta tiene los pelos en la mano”. Baste un ejemplo: al documentarse para un artículo redactado en 1984 sobre ¿Águila o sol?, se percató de que no había reseñas de 1951, año en que se publicó ese poemario al que califica de “deslumbrante”. Tampoco halló estudios posteriores sobre el mismo.
Acaso la cualidad más celebrable de Pacheco –aparte de su erudición sin pedantería- sea su profunda autocrítica. No sólo reconoce cuando se equivoca, sino que admite su manía de corregirse hasta el infinito, hechos que toma con humor: “el redactor de Inventario corrige tanto que sus originales parecen escritos a mano y revisados a máquina” (p. 289).
“En mi opinión, uno está obligado a entregar siempre el mejor texto posible” (p. 192), aseguraba. Y añadía: “Estoy al servicio de los textos, no pretendo servirme de ellos” (p. 193). Estaba consciente de que su manía crispaba a los editores, entre ellos, a Vicente Rojo: “dice que Carlos Monsiváis y yo no somos escritores, sino reescritores.” (p. 191).
Si Aldous Huxley viajaba con su colección de la Britannica, para rodearse de sabiduría portátil, con mayor razón podría viajar uno con el Inventario en la maleta, pues sus poco más de dos mil páginas, repartidas en tres tomos, no se comparan a acarrear los veintinueve volúmenes que tanto hicieran las delicias del autor inglés y de Borges, a quien sirvió de inspiración literaria.
Si usted quiere descubrir por qué Alberto Moravia consideraba la novela A sangre fría como un “libro inútil y nocivo”, cuánto le pagaban a Anne Sexton por llorar en sus recitales poéticos, cuál es el libro por cuya edición llegaron a pagarse quince mil pesos oro –la cifra más alta que haya alcanzado una obra en español-, cómo influyó Adolfo Bioy Casares en la nouveau roman, en qué se asemejan los magnicidios del emperador Julio César y el de Álvaro Obregón, en qué radica la importancia para la cultura mexicana de El Hijo Pródigo, una revista que “fue a la vez, elegante y pobre”, ante cuál narrador ruso mostraba benevolencia Stalin, quién de los Contemporáneos soñó la muerte de Federico García Lorca cinco años antes de que ocurriese, cómo benefició la minería mexicana a la industria fotográfica y los motivos por los que el Periquillo Sarniento se volvió la novela de la corrupción, dese un paseo por estas páginas.
Pacheco alguna vez afirmó: “Creo que el mayor éxito y triunfo que se puede alcanzar es que lo que uno hace ya no le pertenezca, sino que sea parte de otra vida”. Él alcanzó ese triunfo en vida: que su obra fuera parte íntima, entrañable, de la gente. Y ahora, en su ausencia, lo sigue logrando.

Elena Méndez 
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José Emilio Pacheco,

Inventario. Antología (tomo II),
Col. Biblioteca Era,
Ediciones Era/El Colegio Nacional/Universidad Autónoma de Sinaloa/Universidad Nacional Autónoma de México,
México, 2017,
688 pp.