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domingo, 25 de xuño de 2017

VIVIR ES DEJAR HUELLAS, INVENTARIO (TOMO III), DE JOSÉ EMILIO PACHECO



Walter Benjamin afirmaba: “Vivir es dejar huellas”. A su vez, José Emilio Pacheco, justo en su último texto, un obituario a su gran amigo Juan Gelman, recién fenecido, pronosticaba que éste dejaría “una huella radiante que no se borrará”.
Al día siguiente de redactar la segunda parte de su sentidísimo obituario, Pacheco abandonó este mundo. Las huellas de unos y otros perduran, prueba innegable de que vivieron.
Parte de las huellas vitales de Pacheco se encuentran en su Inventario, donde el homenaje al poeta argentino es el brillante final del tercer y último tomo del  compendio publicado por Editorial Era, en coedición con El Colegio Nacional, la Universidad Autónoma de Sinaloa y la Universidad Nacional Autónoma de México.
Este volumen consta de 106 textos, publicados entre 1993 y 2014 en Proceso, semanario político mexicano de circulación nacional
Cabe mencionar que el nombre de Inventario para designar una obra literaria miscelánea ya lo había utilizado, en el siglo XVI, el autor español Antonio de Villegas. Un agradecimiento a la maestra Elizabeth Moreno, directora de Editorial UAS, por tan invaluable dato.
Pacheco estaba convencido de que haber sido amanuense de Juan José Arreola dignificaría su paso sobre la Tierra. Pero esa fue sólo una de sus nobles, enormes labores, que él asumía con sencillez incomparable. Otra de ellas es este Inventario, al cual consagró cuatro décadas. Toda una época, irrepetible, para la cultura mexicana y universal.
El autor traza paralelismos involuntarios entre los personajes abordados y su propia vida. Lo que dijo de Sergio Pitol –quien también fue Premio Cervantes- puede aplicársele a él: “Pocos escritores como él han subrayado la mutua dependencia entre leer y escribir (…) nunca ha escrito ni escribirá sobre algo que no le guste o no quiera compartir con el mayor número posible de lectores”; “con lo que ha hecho como autor y traductor nos deja lecturas capaces de llenar la vida entera”.
Asimismo, en su poesía, como la del chileno Enrique Lihn, existe una “autocrítica a la vez doliente y gozosa y la conciencia de lo efímero”.
Y qué decir de la simetría entre la virtud prosística de Alfonso Reyes y la suya: “modelo de naturalidad, velocidad, armonía, precisión”.
Pacheco reflexiona constantemente sobre el oficio poético: “Imaginemos un México en que se enseñara poesía en las escuelas desde la primaria y gracias a ello todos supiéramos hablar bien, leer bien y por tanto pensar bien y darnos cuenta de en dónde estamos (…) “No obstante, es de temerse que la poesía mexicana perdería su excelencia en el momento en que cobrara importancia y una editorial pagase por llevarse a Paz o a Sabines lo que invierte un equipo en un futbolista”. Asimismo, suscribe, junto con el periodista cultural Pablo Espinosa, que la crítica poética es inexistente. 
Eduardo Antonio Parra, quien ayudó a armar el Inventario, sostiene que en él puede hallarse un “museo del chisme o del rumor”. Un ejemplo desopilante es el ‘affaire Donoso’, en el que un ‘linotipista impugnador’ se mofa de José Donoso, por una crítica que éste hacía contra Arreola y el propio Pacheco. El texto apareció en el suplemento La Cultura en México, de la revista Siempre!. Canallada que algunos atribuyeron maliciosamente a Juan García Ponce, quien nada tenía que ver. El tragicómico suceso fue “la mayor desgracia ocurrida al suplemento en toda su historia”.
Pacheco tiene una facultad exquisita para transmitir emociones al lector. Así, le hace ruborizarse al hurgar en la apasionada correspondencia que Nahui Ollin dirigía al Doctor Atl; indignarse con el ninguneo que la Décima Musa ha sufrido, aun muerta; compadecerse del vituperado Ted Hughes, culpado de propiciar los sucesivos suicidios de sus mujeres, las también poetas Sylvia Plath y Assia Gutmann; azorarse ante el fanatismo nacionalista de Gavrilo Princip, quien, al ultimar al Archiduque Francisco Fernando y a su consorte, Sofía Chotek, Duquesa de Hohenberg,  desató la Primera Guerra Mundial; horrorizarse por el proceder abyecto de Victoriano Huerta, “salvaje festín de robos, saqueos e impresión de billetes falsos que hundió para siempre al peso mexicano, hasta entonces moneda fuerte en el mundo entero”; conmoverse con el llanto del niño que lamentó la partida de Charles Dickens, porque creyó que se acabaría la Navidad.
Con ese mismo desconsuelo lloraron los lectores de Pacheco cuando feneció, preguntándose, como él lo hacía: “¿Se habrá acabado el mundo?”, pues se iba alguien que lo había hecho más bello, más habitable.
Tal como él dijera sobre Jorge Luis Borges, “iluminó con la llama sagrada la línea más humilde que salió de sus manos”. En ello radica su grandeza y la veneración que se le profesa.

Elena Méndez

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José Emilio Pacheco,

Inventario. Antología (tomo III),
Col. Biblioteca Era,
Ediciones Era/El Colegio Nacional/Universidad Autónoma de Sinaloa/Universidad Nacional Autónoma de México,
México, 2017,
664 pp.
 


venres, 2 de xuño de 2017

LA PERVERSIÓN QUE NOS ACECHA: EL MONSTRUO PENTÁPODO, DE LILIANA BLUM



Liliana Blum (Durango, 1974) es una autora que se supera a sí misma en cada libro. Su novela anterior, Pandora, causó gran polémica al presentar el caso de una mujer con obesidad mórbida, que se enamora de un médico exitoso cuyo propósito en la vida es engordarla hasta el infinito.
El monstruo pentápodo causará aún mayor polémica. Si bien en ambas novelas se plantean historias de individuos con apetitos repugnantes, no es comparable el feederism con la pederastia ni con el síndrome de Estocolmo, temas principales de esta obra.
Raymundo Betancourt es un ingeniero civil durangueño que aparenta ser una persona ejemplar. Nadie podría imaginarse que, tras su bondadosa fachada, existe un depredador. Un enfermo. Alguien que, tras reprimir a duras penas su pedofilia, sea capaz de llegar a las peores bajezas y sin embargo, no logre sentirse nunca saciado. Al descubrir en sus cotidianos rondines a Cinthia, la víctima perfecta, decide que la hará suya. Lo cual, por supuesto, no es tan sencillo. Investiga todos sus movimientos. Al volver a encontrarla, lo cual toma como una señal divina, urde un plan. Y en ese plan envuelve a Aimeé, una mujer treintañera con enanismo, quien pasa de enamorada a cómplice de un criminal.
La novela está compuesta por 39 capítulos, de los cuales 8 son cartas que Aimeé escribe a Raymundo y 11 son fragmentos de un diario que la enanita lleva.
Resulta muy acertado que Blum opte por alternar a un narrador en tercera persona con los testimonios escritos de la mujer acondroplásica, ya que gracias a ellos el lector conoce mejor sus motivaciones, las circunstancias y sentimientos ambivalentes que experimenta. 
La autora sabe mantener la tensión narrativa incluso en los momentos de aparente calma; la temporalidad, aunque no es lineal, resulta fácil de hilar.
Pero el acierto principal es que su obra dista de una visión maniquea. Pues nunca se sabe realmente quiénes son los vecinos de uno o incluso, quién es uno mismo. Cómo puede reaccionar si ha estado reprimido toda la vida. Cómo puede sentirse si ha permanecido en la decadencia, el aislamiento, si carece de autoestima y de posibilidades reales, no digamos de sobresalir, sino tan sólo, de ser amado. He allí, por ejemplo la terrible paradoja de Aimeé, pues su nombre en francés significa “Amada”, justo lo que nunca ha sido. Por esa insalvable carencia termina viviendo una pesadilla.

Hay capítulos magistrales, llenos de frases dignas de subrayarse. Como el de los pensamientos suicidas que invaden a Susana, la madre de Cinthia, al pasar meses enteros sin noticias de su hija: “-Merezco morir- dijo como si alguien más estuviera en la habitación. El pensar que su niñita ya había muerto la hacía merecedora de su propia muerte” (p. 152); como el de la carta donde Aimeé reclama: “Soy un monstruo, Raymundo. Tú hiciste esto de mí” (p. 146); como aquel donde el sometimiento que Raymundo pretende de Cinthia llega a lo más aberrante y absurdo: “El miedo es una correa invisible” (p. 221); “El miedo se parece tanto a la excitación” (p. 222).
Habrá quien somatice la lectura, no sólo por los innumerables cuestionamientos éticos y morales a los que se verá sometido, sino por las descripciones tan vívidas, tan sensoriales, que se incluyen.
El monstruo pentápodo: Alegoría de la perversión que nos acecha en cada esquina, en cada ventana, en cada mirada…

Elena Méndez

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Liliana Blum,
El monstruo pentápodo,
Col. Andanzas,
Tusquets Editores,
México, 2017,
240 pp.




martes, 23 de maio de 2017

PERIODISMO VUELTO LITERATURA: SALA DE REDACCIÓN, DE PABLO ESPINOSA



Sala de Redacción es periodismo vuelto literatura. Híbrido lúdico, creado por Pablo Espinosa, posee un estilo profundo y ligero, preciso y detallado, documentado sin ser farragoso, objetivo dentro de su subjetividad. Transmite el goce que el autor encuentra en realizar su oficio, aun en medio de las prisas, las fechas límites, los implacables cierres de edición.
El volumen contiene sesenta textos que aparecieron, originalmente, tanto en La Jornada –donde es el editor de la sección Cultura- como en Revista de la Universidad.
El volumen fue editado por la Secretaría de Cultura y está juguetonamente prologado por Elena Poniatowska, quien ha sabido permanecer, como pocos, en este oficio tan sacrificado y a la vez tan noble.
Dice Poniatowska: “Si ignora que Memoria de mis putas tristes es el libro de García Márquez con más alusiones a la música clásica, platíquelo con Pablo Espinosa”; “Si cree que las microóperas de David Bowie son una obra maestra, dígaselo a Pablo Espinosa”; “Si cree que la voz de Lisa Gerrard es un santuario, persígnese con Pablo Espinosa”.
Destaca que al autor “nada lo hace más feliz que compartir”. Y sí. Este libro es un manifiesto de su generosidad.
Alfonso Reyes, sabio mexicano pero universal, escribió, incluso, sobre gastronomía. Adolfo Castañón, su más ferviente discípulo, ha declarado pretender emularlo hasta en eso. El mismo esfuerzo hay en Pablo Espinosa, que aspira a la genialidad de Pascal Quignard. Quien haya leído algo del erudito francés, detectará enseguida esos atisbos en el veracruzano.
Lo quignardesco se observa en su reiterado interés hacia la música –que el Premio Goncourt ejerció, además-. Los textos de Pablo sobre este arte dialogan con las reflexiones de Pascal en La lección de música y El odio a la música.
Asimismo, en ambos hay una perenne indagación sobre el lenguaje, un incesante cuestionamiento y contemplación del mundo, un perpetuo ironizar sobre sí mismos.
Otra influencia vital para el autor es Ryszard Kapuściński –uno de sus entrevistados-, quien sostenía: “Todo periodista es un historiador”, pues “en el buen periodismo, además de la descripción de un acontecimiento, tenéis también la explicación de por qué ha sucedido”. Eso es justamente lo que hace Espinosa: Proporciona al lector contextos, referentes, recurre a los imponderabilia para ambientarlo.
Pablo logra la nota porque la logra: hace años, cuando sus colegas volvían derrotados al serles imposible abordar a la diva francesa Catherine Deneuve, quien estaba de visita en México y no se comunicaba en español, él obtuvo la exclusiva, pues hablaba francés.
Esa perseverancia resulta contundente en su entrevista al compositor estonio Arvo Pärt, precursor del minimalismo musical. Tras años procurándolo, consiguió charlar con él durante su estancia en nuestro país. Al acompañarlo a la Basílica de Guadalupe, el periodista atestigua sus lágrimas en un par de ocasiones: cuando brinda caridad a una dama enlutada y cuando contempla a la Virgen en el ayate. Epifanía pura.
Alejandro Toledo sostiene que José Emilio Pacheco -uno de los más grandes periodistas culturales de nuestro país- no hablaba nunca “de oídas”. Lo mismo puede afirmarse de Espinosa, a quien es imposible pescar en un ‘maquinazo’, pues acomete sus textos como algo sagrado, si bien siempre accesible al lector.
Aunque haya lugares donde nunca estuvo y tiempos que no le tocaron, dibuja atmósferas, recrea momentos. Incluso lo terrible se torna sublime. Como cuando refiere el suicidio de María Callas, la divina: “(…) esa mujer enamorada que nunca alcanzó el amor de quien ella amaba, Aristóteles Onassis, y cuando éste murió, ella entró en una depresión tan profunda que se encerró en su departamento de París, donde fue hallado su cuerpo físico la mañana del 17 de septiembre de 1977 flotando en la tina de su baño. Sola y su alma. Sola en la Ciudad Luz. Sola y un frasco de barbitúricos al lado de la tina. Sola entre una multitud de ángeles”.
Espinosa desvela claves artísticas y vitales: el uso de la aliteración en las canciones de Caetano Veloso; la inconmesurable fe de Arvo Pärt; el aire festivo de Antonio Vivaldi, realzado por Max Richter; la lubricidad de James Brown; El íncipit genial de Ígor Stravinski en La Consagración de la Primavera, obra cuyas ocho notas, extendidas al infinito, pasaron a  ser solfas en el sentido de “zafarranchos”; la ironía en Mozart, freelancer workahólico de gustos sibaritas; la pantomima como raíz del espectáculo que fue David Bowie; el encanto de la imperfección y la paradoja en el disco póstumo de Pink Floyd; la fluida transición de géneros en Nina Simone; la idea del mantra en Terry Riley…
Incluso cuando Pablo habla de otras bellas artes acaba hablando de música, como en su crónica sobre la compañía dancística Marie Chouinard, basada en obras de Claude Debussy e Ígor Stravinski –que, ¡oh, paradoja!, considera “creaciones nacidas del silencio” (p. 287). Asimismo, en su reportaje sobre el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México -prodigio arquitectónico donde los haya- entre cuyas esculturas alegóricas se hallan la Armonía, la Inspiración y la Música: “un gran ángel se sostiene del aire con sus alas a la manera de un colibrí, para inclinar su cuerpo hacia el violín que hace nacer músicas dormidas que despiertan en cuanto el hombre bajo el ángel, concentrado en su escritura, pone en papel de mármol esas notas, para la posteridad”.
Se recomienda acudir a estas páginas acompañándose del spotify o del youtube, para disfrutar de su banda sonora, un viaje de lo culto a lo popular y viceversa.
Sala de Redacción bien podría implementarse como libro de texto en las carreras universitarias de Comunicación, Periodismo y Letras Hispánicas. Es una cátedra gozosa y portátil impartida por alguien que en realidad ama su oficio.

Elena Méndez

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Pablo Espinosa,

Sala de Redacción,
Prólogo: Elena Poniatowska,
Col. Periodismo Cultural,
Secretaría de Cultura,
México, 2016,
332 pp.