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luns, 13 de febreiro de 2017

EL GUIONISTA SUBVERSIVO: CONTINUUM, UNA NOVELA SOBRE HÉCTOR G. OESTERHELD, DE ÉDGAR ADRIÁN MORA



La dictadura de Jorge Rafael Videla es la herida más grande que ha tenido la Argentina. 30 mil desaparecidos quedan grabados a fuego en la mente de sus deudos y de todo aquel que haga algo porque esa ignominia no quede impune.
Uno de los casos más sonados es el de Héctor Germán Oesterheld, que prefirió rebelarse con armas y letras ante las infamias de quienes oprimían su país: Onganía, primero, y luego Videla, aún más cruento que el anterior.
Oesterheld, cuya ideología subversiva transmitía mediante historietas cuyos guiones elaboraba, es homenajeado por Édgar Adrián Mora (Tlatlauquitepec, 1976) en su novela Continuum, editada por Paraíso Perdido en 2015.
Una novela que he leído tres veces  y que puedo calificar de perfecta. Posee una estructura fragmentaria en la que asoman varias voces, como la carta del también desaparecido Rodolfo Walsh a la Junta Militar o textos del propio Oesterheld, por ejemplo.
Provoca en el lector la más tierna sonrisa, al presentar a Héctor como un padre amoroso; y la más feroz indignación al mostrarlo como un despojo humano, a merced de los implacables milicos.
Polémico, audaz, puntilloso, brillante, idealista, insobornable, lúcido, visionario: ése es el retrato que Mora hace de Oesterheld, alias HGO, Sócrates, Héctor Sánchez Puyol, Germán de la Vega, y, postreramente, el 7426 de una enorme lista teñida de rojo.
Consciente de su valía, Oesterheld aseguraba “tener más lectores que Borges” (quien era su amigo) y que Ringo Starr, baterista de The Beatles, había tomado el apodo de sus historietas.

Sorprende ver cuán autobiográficos eran sus personajes: Perdió a su familia, como Juan Salvo, El Eternauta –su más famosa creación-; sabía que estaba adscrito a una causa perdida, como el Sargento Kirk; y el corresponsal de guerra Ernie Pike era su doble ficticio.
Otro elemento a destacar son las frases contundentes que salpican aquí y allá la obra: “Sólo la memoria puede compensar en parte la manera en cómo se concentró todo el dolor del mundo en un solo lugar” (p. 10); “Construía una bomba con palabras. Lo sabía. Aún más: lo deseaba. Siempre había creído en el poder transformador del arte” (p. 12); “Prefiero morir de hambre antes de escribir una línea para encumbrar más a ese monigote” –espeta Oesterheld al rehusar hacer un panegírico sobre Perón- (p. 16).
Pretendieron deshumanizarlo, pero le dieron más vida. Intentaron borrar toda huella suya del mundo, mas quienes vivieron para resistir, como su viuda, Elsa Sánchez -quien no se amilanó ante los tiranos y se alió a las Abuelas de Plaza de Mayo- y los nietecitos recuperados, Martín y Fernando, tornan indeleble su memoria: La memoria del más viejo de los Montoneros, tan inmortal como su Mort Cinder, que sabía que su hacedor “habita un lugar sin tiempo. El sitio de lo eterno” (p. 51).
Reivindicado por el fenecido presidente argentino Néstor Kirchner, quien tomara la imagen de Juan Salvo para hacerse llamar El Nestornauta, la figura y obra de Oesterheld, por fortuna, están resurgiendo como parte de la resistencia que otorga dignidad a su pueblo y a la humanidad entera.

Elena Méndez

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Édgar Adrián Mora,
Continuum. Una novela sobre Héctor G. Oesterheld,
Col. Taller del Amanuense,
Editorial Paraíso Perdido,
Guadalajara, 2015,
88 pp.
 

martes, 17 de xaneiro de 2017

LA AGONÍA DEL CAIMÁN (O DE CÓMO SE DERRUMBÓ LA FE EN UN IDEAL: LA REVOLUCIÓN CUBANA)

1ro. de enero de 1959.- La Revolución triunfa en Cuba, tras el derrocamiento del dictador Fulgencio Batista.
2009.- Hay gran expectación en la Isla (y en toda América Latina) por la delicada salud del Comandante Fidel Castro, quien ha debido delegar el poder en su hermano Raúl, compañero inseparable en su lucha por liberar al pueblo caribeño.
Ese pueblo caribeño que asoma a nuestra imaginación oloroso a caña de azúcar y con bellas mulatas sandungueras, surgiendo del mar cual Venus tropicales.
Leónidas Alfaro Bedolla en su novela La agonía del Caimán, aborda el inminente cataclismo que amenaza a Cuba tras 50 años de una Revolución cuya credibilidad se ha desgastado por las profundas contradicciones que encierra: un país con grandes avances científicos, pero sin medicinas; unos ciudadanos preparados, pero cuyas remuneraciones irrisorias no cubren siquiera sus necesidades básicas; una patria pretendidamente atea –siguiendo los preceptos marxistas- pero que endiosa a sus grandes caudillos: Camilo Cienfuegos; Ernesto Che Guevara, el de la clara, entrañable transparencia; y el sempiterno Papá Fidel, por cuyas barbas juran sus súbditos.
Maura Leyva, protagonista de esta novela y nieta del legendario Caimán –quien combatiera tenazmente junto al Comandante, destacando su arrojo en Sierra Maestra- se halla desencantada del patriarcado que la asfixia, no sólo en el ámbito familiar, sino también, huelga decirlo, en el régimen gobernante.
Desesperada, se involucra en una red de prostitución y espionaje, como lo han hecho dos amigas suyas, Celia y Mayté, cuyos respectivos amantes trabajan para don Gerardo Gutiérrez de la Mora, afamado empresario culiacanense, a quien seduce.
Don Gerardo concibe un plan para endeudar todavía más a sus clientes isleños. Un plan aparentemente descabellado: emprender una campaña para pintar toda Cuba, alegando el entusiasmo que esto produciría en sus habitantes.
Idea que expone ante El Caimán, hombre decrépito aunque lúcido, quien lo contraataca de manera sagaz, planteándole que solicite mediante la vox populi, vox Dei, la Ley de Suicidio Voluntario Obligatorio.
Dicha Ley no sería sino una variación de la pena de muerte, necesaria en nuestro país, según El Caimán, dados los altos índices de delincuencia; en particular, la causada por el narcotráfico, asunto de Seguridad Nacional.
No obstante su afán de medrar y sus deberes con el sistema –que ha enviado vigilar al empresario y sus empleados-, Maura demostrará lealtad a su nuevo amigo, cuya situación se vuelve cada vez más complicada, hasta llegar al final abierto, vertiginoso, estremecedor…
Leónidas Alfaro Bedolla demuestra su pericia narrativa no sólo al hacer una investigación seria sobre el contexto histórico en que ubica la trama, sino también al traernos personajes llenos de matices: jineteras cínicas pero capaces de sentir compasión por el otro; industriales cegados por la lujuria; médicos ansiosos por ganar bien, pero frustrados ante el dolor de sus pacientes; católicos que a escondidas profesan su culto… La agonía del Caimán, entonces, es el delirante testimonio de cómo se derrumbó la fe en un ideal: la Revolución Cubana.

Elena Méndez
 

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Leónidas Alfaro Bedolla,

La agonía del Caimán,

Godesca Editorial,

México, 2008,

259 pp.

SEIS DÉCADAS DE PERIODISMO: PALABRAS CRUZADAS, DE ELENA PONIATOWSKA

2013 marcó un año vital para Elena Poniatowska: no sólo celebró seis décadas de haber debutado en el periodismo, sino que también obtuvo el Premio Cervantes, el más prestigiado de las letras hispanas.

En Palabras cruzadas (Ediciones Era), su más reciente obra, se compila apenas un puñado de sus innumerables entrevistas.

Aparecen 35 personajes públicos pertenecientes a diversos ámbitos: la literatura, el cine, la música, la danza, las artes plásticas, el activismo social, la antropología, la arquitectura, la arqueología, la historia y la filantropía.

Dichas figuras no sólo son de origen mexicano; también hay nativos de Estados Unidos, Cuba, Argentina, Venezuela, España, Francia y Polonia. La mayoría ya ha fenecido.

Los textos aparecieron antes en Novedades, Excélsior, Mañana, La Jornada, El Financiero, El Nacional, Plural y Siempre!.

Resulta notable la evolución de Poniatowska en el oficio: de haber ingresado jovencísima a él, por necesidad económica, sin conocer siquiera los elementos indispensables para su tarea, pronto se vuelve una referencia indiscutible en el ambiente periodístico, al afinar su instinto.

El año en que debuta, aborda a Mario Moreno Cantinflas. El Mimo de México se porta cortante con ella, quien goza al provocarlo. Ella le llama 'Cantinflitas' y le hace preguntas incómodas, como ésta:

-Oiga, don Cantinflitas, dicen que los argumentos de sus películas son muy malos, ¿usted qué opina?

Cantinflas mira chueco y se suena:

-¿Qué quiere usted que le diga? Yo respeto la opinión del público. Me gustaría que alguien viniera a traerme aquí en vez de una crítica, un buen argumento (p. 110).

En contraste, la cantante María Victoria se muestra sencilla, afable. Narra desde cómo surgieron sus vestidos de sirena hasta cómo se refugió en el trabajo tras la muerte de su esposo, el músico Rubén Zepeda.

Otras entrevistas disímiles entre sí son las de los escritores Alejo Carpentier y Ricardo Garibay.

Carpentier estaba muy esperanzado con la Revolución Cubana. Cito: “¡Escogí el momento más importante de la historia de Cuba para regresar!” (p. 225).

Sorprende la autocrítica del cubano: denosta su ópera prima, ¡Écué-Yamba-Ó!: “hice una novela para negros, en la que no entendí para nada lo que es un negro” (p. 237).
 
Garibay, en cambio, se muestra pesimista, iracundo: confiesa estar frustrado por su pobreza; se encoleriza al declarar: “Se me acusa de estar vendido al régimen y eso es mentira” (p. 568) –por su amistad con Echeverría-; afirma, respecto a la situación literaria del país: “el escritor mexicano tiene muy escasa capacidad de creador (…) tenemos innumerables ejemplos de escritores mediocres (…) y harto estériles” (p.572).

Quienes también se muestran muy críticos son los literatos Salvador Elizondo y Jorge Ibargüengoitia y el exvocero del movimiento #Yosoy132, Antonio Attolini.

Elizondo sostiene: “En el cine mexicano no hay cerebros que funcionen” (p. 386). Y lo hace con conocimiento de causa: además de haber sido hijo de Salvador Elizondo Pani, productor de ¡Vámonos con Pancho Villa!, él mismo incursionó en el gremio, del cual señala sus prácticas viciadas. Enfatiza la necesidad de “la libertad y el dinero” para realizar cine en el país.

También hace aseveraciones contundentes sobre la literatura mexicana: “Los escritores tenemos hambre, aunque queremos esconderlo (…) estamos al borde de la anemia perniciosa” (p. 392); “El tratamiento que se le da al escritor en México es realmente deplorable. Se nos trata (…) con un desprecio profundo” (p. 393).

Los exabruptos de Ibargüengoitia resultan desopilantes: arremete contra Luis G. Basurto: “Es un pésimo autor teatral. Ni siquiera vale la pena hablar de él” (p. 397); contra Sergio Magaña: “El Moctezuma es el furcio (churro) más espantoso que se ha escrito” (p. 398); de Carlos Solórzano: “es el padre del provincianismo en México” (p. 399). Más aún, alega: “nadie en México sabe lo que es el teatro mexicano, ni yo mismo, porque no existe” (p. 402); “en el fondo no creo que ninguno de nosotros esté haciendo algo verdaderamente útil o necesario para México” (p. 403). Declaraciones de las cuales se deslindaría.

Poniatowska le concede, mediante una extensa entrevista al jovencísimo Attolini-quien fuera expulsado del movimiento estudiantil #Yosoy132 tras incorporarse a Televisa- su derecho de réplica. Lo cuestiona sobre su presunta incongruencia; más aún, traición, a los principios que solía defender. Attolini demuestra una gran habilidad retórica, al argumentar que él se está sirviendo de ese espacio para trasmitir sus ideales, y que, en caso de que lo hayan ‘comprado’, lo que compraron en realidad es “una voz crítica con argumentos sustentados con un rigor científico” (p. 514).

Un par de entrevistas muy emocionantes son las efectuadas a la cupletista española María Conesa y al Santo, el Enmascarado de Plata.

Si bien la Gatita Blanca a ratos se muestra voluble con Elena, llega a encariñarse con ella y hasta le danza. Son exquisitas sus anécdotas: cómo le regaló un fino abanico a la señora de Madero; cómo osó arrancarle los botones de la guerrera al Centauro del Norte; cómo le bailó a don Porfirio, al hallárselo en París, ya desterrado; cómo recuperó, a través de Agustín Lara, las alhajas antiguas que La Doña no le devolvía…

La entrevista del Santo emociona, por las reacciones que provoca en la gente. Comenta el luchador: “En Haití (…) filmamos la ceremonia del vudú con personajes reales, porque todos querían participar en mi película”; “en un hospital (…) el médico director del sanatorio no sólo nos los prestó, sino que actuó de zombie en la película, al igual que sus enfermeras, sus internistas y sus laboratoristas con todo y laboratorio” (p. 438). La propia Elena acude a verlo luchar, acompañada de sus pequeños, Felipe y Paula, que al principio se horrorizan. La niña luego se acopla, entusiasmada.

Otro personaje trascendental es Jaime Sabines, nuestro Benedetti mexicano: hombre insomne, angustiado, modesto, tímido, llegó a ser “ídolo de la juventud”, “poeta de multitudes apoteósicas”, a decir de Poniatowska.

Sabines creía que “El poema debe ser vivencia. Si no es carne y sangre y huesos de uno mismo, no vale la pena” (p. 446).

Julio Cortázar se desborda de ternura. Revela su infancia, en la que no fue feliz porque vivía inmerso en la fantasía y eso era incomprensible para sus compañeros. Mas, por ello mismo, hay una fuerte presencia de niños y jóvenes en su obra literaria.

Tierno también es Francisco Gabilondo Soler, Cri-Crí, quien se inició como autor de canciones infantiles a instancias de Emilio Azcárraga Vidaurreta. No obstante, jamás pudo escribir por encargo. El Grillito Cantor se basaba en los recuerdos de su niñez al lado de su abuelita. Su éxito fue tal que Walt Disney le ofreció comprarle los derechos de sus composiciones, a lo cual se negó rotundamente.

A Emilio El Indio Fernández conmueve saberlo solo y en la inopia, pese a vivir en una casa opulenta, rodeado de obras de arte de Orozco, Rivera, entre otros.

Nadie lo imaginaría melancólico y hasta lírico:

-Y usted, ¿cómo calificaría su propio cine?

-Ya ni me acuerdo de él. Supongo que como atisbos.

-¿Atisbos de qué?

-De un México que se está yendo.

(p. 356).

Consuelo Velázquez y Gabriel Vargas fueron dos ídolos populares a quienes la fama tomó por sorpresa: mientras la autora de Bésame mucho logró ser interpretada alrededor del mundo, el caricaturista publicó durante décadas su historieta La familia Burrón, donde satirizaba la miseria del mexicano.

Destacan, por su compromiso social y político, las voces de Rómulo Gallegos –quien llegó a ser presidente de su natal Venezuela-, José Revueltas –que llegó a inculparse por el movimiento estudiantil de 1968- y Fabrizio Mejía Madrid –quien recibió amenazas por parte de Gustavo Díaz Ordaz Borja, tras escribir una novela sobre su padre: Disparos en la oscuridad (2011), donde registra los delirios que le produjo el poder.

Otros personajes que asoman en estas páginas son: Nicolás Guillén, Yolanda Montes Tongolele, Pilar Rioja, Hanna Schygulla, Cristina Rubalcava, Félix Candela, María Rojo, el padre Chinchachoma, Alfonso Caso, Juan Gabriel, Alfonso Arau, Benita Galeana, Oscar Lewis, Fernand Braudel, Chucho Reyes Ferreira, Renato Leduc y Lola Beltrán.

En Palabras cruzadas, no sólo los personajes son revelados. Poniatowska se revela, también, a sí misma: lúcida, provocadora, juguetona, compasiva, perspicaz. 

Elena Méndez
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Elena Poniatowska,
Palabras cruzadas,
Biblioteca Era,
Ediciones Era,
México, 2013,
664 pp.

luns, 16 de xaneiro de 2017

NARRAR EL HORROR: ÚLTIMOS TESTIGOS, SVETLANA ALEXIÉVICH



Svetlana Alexiévich (Ivano-Frankivsk –antes Stanislav-, 1948) ha hecho historia. No sólo por haber sido la primera periodista en obtener el Premio Nobel de Literatura –concedido en 2015-, sino por ser de las pocas mujeres que ha recibido tan preciado galardón. Ella, apenas, es la número 14. Y lo ha merecido con creces. La Academia Sueca, en su acta, inscribió que se le otorgaba el honor "por sus escrituras polifónicas, un monumento al sufrimiento y coraje de nuestro tiempo".
Alexiévich se considera un “oído humano”: “Existe una vertiente de la vida humana, la vertiente oral, que los literatos no logramos conquistar. A mí me ha embrujado y me tiene cautivada”. Sabe escuchar, sabe descifrar: “Mi método ha sido intentar liberar a las personas de los prejuicios y sacarles recuerdos que quizá ni ellas mismas creían que sabían”.
Ryszard Kapuściński afirmó, en una entrevista con su colega mexicano Pablo Espinosa: “Una mala persona nunca puede ser un buen periodista”. Alexiévich, tal como fuera el insobornable polaco, es una gran persona y una gran periodista. Poseedora de una mirada afable, transparente, de una enorme capacidad de asombro y de indignación, ha denunciado algunas de las mayores barbaridades históricas del pasado siglo XX y de nuestros días, como Chérnobil y Afganistán, sin arredrarse ante los poderosos. 
La censura, el exilio, sus diferencias con los mandatarios Vladimir Putin y Alexandr Lukashenko, no han logrado frenarla. Desde que recibió el Nobel, el poder es más cauteloso con ella, según declara.
Últimos testigos (Debate, 2016), su más reciente libro traducido al español, demuestra su grandeza como persona, como periodista; basta para explicar por qué ha sido vetada; pero, sobre todo, revela su cualidad de “oído humano” y es un material invaluable para comprender las razones por las cuales obtuvo el Nobel.
Ucraniana criada en Bielorrusia, nacida apenas tres años después de terminada la Segunda Guerra Mundial, se interesó por el episodio histórico llamado la Gran Guerra Patria, durante el cual la entonces Unión Soviética se enfrentó a Hitler en una cruenta lucha de cuatro años.
Últimos testigos reúne 101 testimonios de personas que padecieron las atrocidades de la guerra cuando apenas eran niños. De esos 101 testimonios, 60 son de mujeres y 41 de varones, cuyas edades oscilaban entre los cero y los quince años. De hecho, de las tres personas de cero años, dos nacieron al principio de la guerra y uno al final. Empero, han tenido algo muy íntimo, muy doloroso, para contarle a Alexiévich, quien acierta al omitir sus intervenciones: apenas se nota su labor en la selección de epígrafes, de los fragmentos relevantes, entre otros detalles que organizan este coro de voces sabiamente dirigido por ella.
En su extremada modestia, hasta declinó elaborar un prólogo. Sólo aparecen dos citas: una que recuerda al lector que millones de niños de diversas etnias perdieron la vida en ese monstruoso conflicto. Y otra de Dostoievski, donde afirma que ninguna guerra justifica el llanto de criaturas inocentes.
La autora, además de mencionar la edad de cada testigo, proporciona su nombre y ocupación actual. Eso permite al lector formarse una idea más completa del pasado y devenir de todos.
La guerra definió la vocación de varios: un piloto que soñaba con surcar los cielos; un fotógrafo que presenció el retrato de unos partisanos, entre ellos, sus padres; una modista huérfana que soñaba con tener muchos vestidos; un pintor que, sin embargo, es incapaz de representar en sus lienzos la masacre que su aldea soportó estoicamente…
Hay un cúmulo de sueños frustrados. Acaso el relato más ilustrativo sea el de la joven bailarina que sufrió una suprema humillación tras unirse a los rebeldes: “Todos mis sueños de la guerrilla acabaron en la cocina: me tocó ponerme a pelar patatas. ¿Se imagina la rebelión que se alzaba dentro de mí?” (pp. 296-297).
Hay la añoranza de una existencia recordada como idílica, contrastante con la pavorosa ignominia que sobrevendría. Resulta harto significativo que, en numerosos testimonios, evoquen la guerra como teñida de negro: “En mis recuerdos todo está teñido de negro: los tanques son negros, las motocicletas son negras, los soldados alemanes llevan uniformes negros. No estoy seguro de que en realidad todo fuera de color negro, pero se me quedó así grabado en la memoria” (p. 41).
Más allá del pisoteo a la más elemental dignidad humana, este catastrófico episodio ha dejado desquiciantes pesadillas, dolorosas certezas, enormes interrogantes a sus víctimas. Traumas imposibles de sanar: “Crecí lúgubre y desconfiado, tengo mal genio. Si alguien llora, no siento pena; (…) me siento aliviado porque yo no sé llorar. Me casé dos veces y las dos veces me abandonaron, ninguna mujer ha sido capaz de aguantarme” (p. 245); “‘Si lloráis, os dispararemos. Sonreíd’. Nos obligaron a sonreír (…) Todos eran hombres jóvenes, apuestos (…) Yo ya no temía a los muertos, sino a esos vivos. Desde entonces me aterran los hombres jóvenes. No me casé. No conocí el amor. Me daba miedo: ¿y si daba a luz a un niño?” (p. 274).

El volumen se lee con el corazón oprimido y las lágrimas al acecho. No obstante, hay ocasiones para sonreír, para conmoverse. Como el caso de la gitanita que predijo “un gran amor” a otra niña, cuando empezó a echar la suerte, aunque el panorama que las rodeaba fuera catastrófico; como el del marinerito deslumbrado ante la magnificencia del mar, a sabiendas de hallarse en la guerra; como el de la chica comunista que de adulta exclama: “Eran unos tiempos terribles, pero qué gente tan maravillosa había” (p. 79); como el de la huerfanita rescatada por unos guerrilleros, que comenta: “(…) No entiendo lo que son los desconocidos porque mi hermano y yo crecimos entre gente desconocida. Nos salvó gente desconocida. Pero ¡si no son desconocidos! Toda la gente es familia (…)” (p. 111); como el de las hermanas que anhelan las muñecas de las que carecieron al arrebatárseles la infancia…
Elena Méndez

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Svetlana Alexiévich,
Últimos testigos
(Título original: Poslednie svidételi. Solo dliá déstkogo golosa),
Traducción: Yulia Dobrovoskaia y Zahara García González,
Debate,
México, 2016,
336 pp.