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mércores, 26 de abril de 2017

NINFETA DARKETA: FUCK ME, NANCY, DE ARTURO J. FLORES



Fuck me, Nancy, de Arturo J. Flores (Ciudad de México, 1978), es una novela donde se plantea la historia de una Lolita revisitada: un conato de romance entre Nancy, una ninfeta darketa de casi 20 años, estudiante de Contaduría, y Xavier, un profesor de Literatura de casi 40. La disparidad de pensamiento y de experiencias es abismal. Sus apariencias, también, son distintas: él viste como viejito y su físico muestra señas de decadencia; ella posee una innegable frescura juvenil y un halo misterioso y rebelde por sus ropajes negros, piercings y numerosos tatuajes.

Ambos comparten un fuerte hastío vital y una gran frustración: No se dedican a lo que realmente aman: la Literatura. Se cortejan durante diversas citas en un lugar donde nadie conocido los ha de encontrar: en un museo.
Ambos disfrutan sabiéndose transgresores, particularmente Nancy, que siempre busca salirse con la suya. En cambio, Xavier, esclavo en más de un sentido, encuentra en sus escapadas los ánimos para retomar sus sueños y redescubrir el goce.

Puede intuirse que el personaje del profesor es un alter ego del autor, cuyo segundo nombre es Javier. Sólo que el profesor lleva el nombre con X. Y dos equis son las que cruzan los pezones de la chica en esa foto que descubre al stalkearla en redes sociales.
Ambos protagonistas padecen erotolalia y subliman su deseo mediante los relatos que intercambian, en los cuales hay resabios fantásticos y un gran sentido del humor.


Si bien abundan las guarradas que exhiben sus parafilias, también hay resquicios para la poesía, para buscarle un sentido a la existencia: “Yo también venía huyendo cuando la conocí. La vida se trata de seres humanos escapando todo el tiempo. Nos hacemos adultos emigrando lentamente del país de la infancia. Nos emparejamos para sacarle la vuelta a la soledad. Comemos para fugarnos del hambre y la muerte no es otra cosa que la manera que encontramos de desertar de la vida.” 

Flores anexa un curioso “Instructivo” que remite a las famosas instrucciones cortazarianas de los Cronopios. Sólo que estas son de índole erótica: “Para acostarse con una mujer que se pinta los labios de negro”; “Para acostarse con una mujer que lleva un piercing”; “Para acostarte con una mujer que se pinta el pelo de rojo”; “Para acostarte con una mujer tatuada”.
Respecto a los labios negros, se indica:Rómpele las medias con los dientes. Toma en cuenta que esa maniobra liberará sus piernas y que con ellas podría estrangularte”; mientras que con la del piercing aplica: “Siempre es recomendable llenar la noche de su boca con estrellas fugaces. Utiliza las gotas blancas que brotan de ti cuando pienses en ella”; con las pelirrojas, debe hacerse esto: “Después de hacerle el amor levántate de inmediato. Nunca te quedes a dormir. La mujer que tiene rojo el pelo aprovechará para abrirte las venas y desangrarte en una botella. Siempre necesitará más pintura para el cabello”; y con la cubierta de tatuajes, procede: “Si se rayó una flor en el cuerpo, arráncasela antes de irte. Colócala en medio de las hojas de un libro”.

Fuck me, Nancy fue coeditada por Marvin y la Secretaría de Cultura en 2016. Ha sido prologada por Mon Laferte, cantante chilena radicada en México, quien destaca el tema de la procrastinación, así como las tramas paralelas que vuelven más fluida la obra. 

Elena Méndez




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Arturo J. Flores,

Fuck me, Nancy,
Prólogo: Mon Laferte,
Col. Tinta Sonora,
Marvin/Secretaría de Cultura,
México, 2016,
204 pp.
 


LA HERIDA FUNDAMENTAL, ¿NO HABRÁ PUERTA DE SALIDA?, DE ADRIANA DORANTES



“Escribir un poema es reparar la herida fundamental, la desgarradura. Porque todos estamos heridos”, afirmaba la poeta Alejandra Pizarnik.
De esa evidente desgarradura habla Adriana Dorantes (Ciudad de México, 1985) en este poemario.
Digna heredera literaria de Pizarnik, se mueve, como ella, entre el onirismo surrealista y la angustia existencialista, alzando una voz contundente, deletreando su introspección, arrojándola al mundo.
El yo lírico muestra una lucidez apabullante: la lucidez del que se sabe con alas maltrechas, con raíces endebles.
La obra consta de 34 poemas y se divide en 3 apartados: “Lotería”, “Disparos” y “¿No habrá puerta de salida?”. Del primer apartado destacan los textos “La puerta”, “La luz” y “La eternidad”.
“La puerta” y “La luz”  tratan de cuán vano e ilusorio es todo: “Nunca hubo una puerta,/estuvimos rascando promesas entre nosotros mismos/alrededor de infinitas paredes que nos mostraban formas engañosas.//Un laberinto de escamas pétreas./Un abismo./Nada.” (p. 11); “Quiero ser una luz que sobresalga,/pero sólo puedo quedarme atrapada entre mis moribundos destellos.” (p. 15). Mientras que en “La oscuridad” el ser se sabe maldito, condenado: “(…) mutilaba flores porque la soledad de su centro era más bello que sus/ pétalos.// Sé que nací con un miedo antiguo:/ una angustia enternecida sudando sobre la piel” (p. 19).
El segundo apartado, como su nombre indica, se compone de textos breves y letales. Incluso, epigramáticos, como los poemas 5 y 8, que se citarán íntegros:Yo deseaba la eternidad/ sin saber que lo único eterno es el eco, la vacuidad,/ la mudez.//Caer perpetuamente sin morir:/ esa es la única eternidad que nos contempla en sus planes,/ los únicos yerros,/ las únicas sales.” (p. 33);“Me dijeron que había que creer./Pero nunca supe más de plenitud que cuando abandoné toda creencia.” (p. 36).
En el tercer apartado, que da título al volumen, se reafirma la conciencia de la futilidad: “nada digno hay en preservar lo marchito,/mienten los bardos que han narrado mi condena”, concluye “Oscuras raíces” (p. 52).
Esa conciencia de la futilidad abarca, incluso, el ámbito amoroso. Será en vano intentar escaparse, como hubiese querido el “Segundo Prometeo”, uno de los mejores poemas de este volumen: “Cuando el dios robó el fuego/no sabía que habría de pasar el resto de sus días en la cima/cumpliendo un castigo eterno.// Con el destino y la faz de un segundo Prometeo,/cuando yo amé tampoco lo supe: habría de sufrir todos los días/sin piel que me guardara; las manos atadas e impedida.//Repito el castigo:/miro tu andar indiferente,/ sé que el silencio de tus ojos/y tu voz indispuesta/son las aves rapaces que vienen cada día/al festín eterno de mis entrañas.” (p. 55).
El poema final, llamado justamente “¿No habrá puerta de salida?” habla de sobrevivir a pesar de las ideas fatalistas y el ambiente viciado: “yo quería ser, existir, permanecer,/vivir el presente sin anhelar, sin huir” (p. 59); “Escogí permanecer./Permanezco” (p. 60).
Pizarnik declaró alguna vez: “Creo que la única morada posible para el poeta es la palabra”. Dorantes, como buena discípula suya, adopta esa creencia, la vuelve un credo, ese credo que la hace permanecer y cantarle a esa herida fundamental que zurce con versos, que restaña en medio de un silencio que hace eco.

Elena Méndez
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Adriana Dorantes,
¿No habrá puerta de salida?,
Casa Editorial Abismos,
México, 2016,
62 pp.