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domingo, 27 de agosto de 2017

GUERRA DENTRO DEL CORAZÓN, SON COSAS QUE PASAN, DE PAULINE DREYFUS



La Princesa Nathalie de Lusignan es una mujer que no ha tenido grandes preocupaciones en su vida. Cuando mucho, le abruma encontrar una buena niñera, ir correctamente vestida a las múltiples fiestas donde acude, combatir el aburrimiento que le produce el ambiente tan frívolo como estirado al que pertenece.
Socialité y mecenas, ha participado, incluso, en cameos de filmes surrealistas que ha patrocinado y es rostro habitual en publicaciones como Le Figaro, donde  suele aparecer retratada junto al “todo París”.
Sólo hay un problema: Francia está en guerra. Los nazis se han apoderado de la capital. Nathalie deberá mudarse a Cannes, zona libre, donde su familia y su pequeño círculo social se obstinan en fingir normalidad.
Grosso modo, este es el argumento de Son cosas que pasan, espléndida novela de Pauline Dreyfus. Obra que ha sido finalista de prestigiados galardones como el Goncourt, Giono, Décembre e Interallié y ganadora del premio Fundación para la Memoria Albert Cohen.
Nathalie, quien además es Duquesa de Sorrente al haberse casado con Jérôme -un hombre sin más méritos que su abolengo- resulta embarazada de un amante ocasional, situación que plantea al esposo, quien acepta al bebé como propio.
Tras un parto complicado, Nathalie desarrolla adicción a la morfina. Mientras, allá afuera, todo se desmorona. Los invasores se ensañan, sobre todo, con aquellos judíos probados o sospechosos de serlo. Para colmo, su madre muere. Una madre desapegada y liberal cuyas escapadas, sin embargo, siempre fueron tomadas con naturalidad por Nathalie y sus dos hermanas. Es entonces cuando sale a relucir un secreto familiar que le concierne. Su madre tuvo una aventura con un judío, también casado. Y ella es fruto de esa unión.
  
Se aferra aún más a la droga, tratando de apaciguar la guerra que se ha desatado en su corazón por venerar como padre a alguien cuya sangre le es ajena; por tener que ocultar su origen infamante; por conocer, hasta ahora, qué motivó a su primer novio a apartarse de su vida; por imaginarse qué ocurriría si contactase a su verdadero padre…  
“¿Qué es ser judío?”; “¿Qué se le reprocha en realidad a un judío?”, “¿Cómo se reconoce a los judíos?” se cuestiona obsesivamente, al grado de mostrar su indignación en público: “Los judíos se han convertido en muertos vivientes, les está prohibido todo. ¡Están más discriminados que los leprosos en la Edad Media!”, protesta.
El depurado estilo de la autora, su ojo para el detalle, su capacidad para adentrarse en las pasiones humanas y su atinada sátira social recuerdan a la obra de Irène Némirovsky, a quien, por cierto, se evoca: “Recuerda lo mucho que le extrañó, e incluso ofendió, que todo el mundo comentase su parecido con la autora de David Golder (…)”
Marcel Proust, Édith Piaf y Coco Chanel aparecen como parte del agridulce panorama de la época. Proust, ninguneado tanto por la suegra como por la madre de Nathalie, es valorado por ella al hallarlo divertidísimo e identificarse con su protagonista Charles Swann; Piaf, “una niña mártir cantando entre lágrimas” ameniza un Año Nuevo, y Chanel denuncia a la princesa Baba de Lucinge por su origen semita.
Son cosas que pasan habla de todo aquello que es terrible pero que pretende olvidarse, precisamente porque está destinado a ser indeleble.


Elena Méndez

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Pauline Dreyfus,
Son cosas que pasan
(Título original: Ce sont des choses qui arrivent),
Traducción: Jaime Albiñana,
Col. Panorama de narrativas,
Editorial Anagrama,
Barcelona, 2017,
168 pp.



luns, 21 de agosto de 2017

A LA MANERA DE PASCAL QUIGNARD, POR BREVE HERIDA, DE MARGO GLANTZ







Al leer Por breve herida, de Margo Glantz (Ciudad de México, 1930), uno descubre que ella pertenece a la estirpe de quignardeanos mexicanos entre los que se encuentran también José Emilio Pacheco, Federico Campbell y Pablo Espinosa.
El argumento parecería muy simple: Margo –quien se llama a sí misma “La Escritora” o “La Protagonista”- acude incontables veces a atender su dentadura. En medio de sus eternas esperas, lee libros relacionados de uno u otro modo con el tema. Pero lo complejo, aquí, no es solo la estructura, sino las imbricadas relaciones que teje entre el puñado de obsesiones, de manías, de leitmotivs que pueblan esta novela-ensayo, realizada mediante fragmentos que no descartan el autoplagio, la digresión, la ironía, la intertextualidad.
Explica así su amor por lo fragmentario, tan característico de su admirado –y no sé qué tan conscientemente imitado- Pascal Quignard: “Trabajar con la fragmentación permite que el lector reconstruya el texto y le dé unidad, entreverada, diluida y a la vez fuertemente sugerida. Cada uno de los textos funciona individualmente por cuenta propia y puede separarse del conjunto y sin embargo conservar su propia autonomía (...) a veces la fragmentación es tal que llega a convertirse en pulverización”. Ello ocurre en Por breve herida. Y es para bien. Así como una novedosa técnica dental permite que injertar hueso pulverizado regenere el hueso original, así la fragmentación literaria y su consiguiente pulverización regeneran su sentido, su esencia. Logran que esta obra sea múltiples obras a la vez.
Fascinada con los procesos del cuerpo y enterada de detalles que aparentemente solo conciernen a los especialistas, realiza una profunda introspección, casi casi, una disección, de todo lo que pasa por su mente mientras –o después, o antes- es intervenida en su dentadura, la cual siempre ha sido muy delicada.
Margo habla de las fauces animales, sobre todo, de los perros, tenido cuya ferocidad intimida a sus enemigos, aunque también, a sus amos.
Asimismo, menciona a autores, celebridades y personajes ficticios con dentadura mellada o cuyos dientes acabaron como reliquia, como Ramsés II, Santa Teresa de Ludwig de Baviera, George Washington, Thomas de Quincey, Miguel de Cervantes, Vincent Van Gogh, Graham Greene, Jan Potocki, Roberto Bolaño, Martin Amis, las Gorgonas, Don Quijote, la Berenice de Edgar Allan Poe, Hanno y Thomas Buddenbrook, de Thomas Mann…
Autora entrañable, tanto por íntima como por hablar de/desde las entrañas, revela sus innumerables fijaciones, las reliquias que guarda como si fuesen de un santo: un collar de marfil que le obsequió su madre antes de morir, así como los cabellos de ésta, cuidadosamente resguardados en una media que usaba.
Dialoga con otras artes, en especial, la música, la pintura y la cinematografía. Respecto a la pintura, es imprescindible destacar que la portada está ilustrada por un retrato realizado por Francis Bacon, donde aparece una mujer cuyo rostro es una serie de rasgos borroneados, grotescos, cuyo cuerpo adopta una pose similar a la de la Maja Desnuda de Goya.
Bacon es un artista constantemente citado por Glantz; de él, le obsesiona “la serie de más de cuarenta variaciones del retrato que pintara Velázquez del papa Inocencio X”. Ella se maravilla ante el horror de sus pinturas, donde suelen aparecer bocas semejantes a fauces estremecidas, así como las de quienes acuden a atenderse problemas dentales.
Así como los especialistas tienden puentes en la boca de Margo, ella, a su vez, tiende puentes literarios con su mente y su mano. Tal como hiciera David Markson en Vanishing Point, quien realizó una “novela sui generis” en la que “investigaba las cosas más cotidianas y absurdas que aparentemente a nadie le interesaban de la vida de los escritores y sus personajes favoritos, incluyéndose a sí mismo”, ella concreta su “ejemplo extremo de procrastinación memorable”, escrito durante dieciséis años, periodo de perpetua construcción/deconstrucción tanto espiritual como corpórea.
Como académica de la lengua, se regodea en las palabras, incluso en esas que uno desconoce o en las que no suele reflexionar y que para ella son hermosas, como los términos que designan a los huesos humanos: “el calcáneo, el húmero, la rótula, el peroné, el astrágalo, la escápula o la clavícula, nombres esdrújulos dignos de un poema; se parecen a los que usaba Sor Juana Inés de la Cruz en el Primero Sueño (…)”.
Mujer de rituales, de fetiches, amante de verse bien, describe los zapatos verdes que acostumbra llevar a sus consultas dentales, su radiante labial rojo, su necesidad de arreglarse el cabello tras finalizar tan arduos procesos. Todo conduce a lo mismo: a su afán por la belleza, a sus recuerdos de infancia, a inventariar e inventariarse, a viajar a través de las letras, ya sea que se desplace o no físicamente, en un alarde digno de wanderlust (manía ambulatoria).
Cabe abundar sobre su ya citado afán por la belleza: “Siempre he tenido problemas con mi aspecto, me parece que tengo un perfil demasiado fuerte -¿el de un emperador romano?- y me sigo encorvando. Tuve un cuerpo precioso, no era fea pero creía que era fea. Mi apariencia personal siempre me hizo fijarme en la de los otros sobre todo en la de las mujeres. (…) Por eso le dedico un libro a la belleza levemente cinematográfica de mi madre, una mujer muy bella, muy elegante, tenía muy buen gusto para vestirse, muy coqueta, además, era la época de las grandes artistas del cine de los años treinta o cuarenta(…) todas tenían una especie de allure, un garbo que yo anhelaba tener”.

  
Joseph Conrad afirmaba que “cada una de sus novelas le había costado un diente”. A Margo esta obra le costó varios, no sólo en el sentido metafórico. El lector sabrá valorar su colmillo literario, hincarle el diente a este volumen con sumo regocijo; devorarlo, en suma.
 
Elena Méndez


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Margo Glantz,

Por breve herida,
Col. Narrativa,
Editorial Sexto Piso/Universidad Nacional Autónoma de México,
México, 2016,
288 pp.