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luns, 25 de setembro de 2017

DESCIFRAR LA PÉRDIDA: EL REGRESO, DE HISHAM MATAR



La dictadura de Muammar Gadafi ha sido uno de los periodos más cruentos que ha atravesado Libia. Uno de sus más férreos opositores, el empresario y activista Jaballa Matar, fue desaparecido por el régimen, aunque ya llevaba décadas como prisionero. A la fecha se ignora su destino.
El regreso, novela de Hisham Matar, es un testimonio estremecedor. Una bitácora de la desolación pero, también, una valiente denuncia de la tiranía.
El autor, nacido neoyorkino y con ciudadanía británica, ha recibido por esta obra los premios Pulitzer para Biografía o Autobiografía, Folio y PEN America Jean Stein Book Award.
Hisham viajó a su natal Libia en 2012, junto con su madre y su esposa. Él llevaba treinta y tres años fuera del país. Jamás había cedido en su búsqueda del padre, encerrado en la monstruosa Abu Salim en 1990 y sin dar señales de vida desde hacía varios años.
¿Por qué Jaballa le resultaba tan peligroso al tirano? El propio autor lo explica: “sus recursos económicos estaban a la altura de su compromiso político. Era un líder. Sabía cómo controlar y organizar un movimiento (…) también tenía un don para obtener grandes donaciones y viajaba por el mundo convenciendo a exiliados libios ricos para que apoyaran su organización”.
Era el único recluso que “cada noche, cuando la prisión se quedaba en silencio, recitaba poesía en la oscuridad”. También era el único que tenía la entereza de sugerirle a los compañeros que serían sometidos a desquiciantes interrogatorios que lo culparan, de ser necesario.

Tras entrevistarse en 2009 con un exrecluso que asegura haber visto a Jaballa siete años antes -lo cual significaría que éste había sobrevivido a la masacre carcelaria de 1996-, Hisham retoma con mayor esperanza su búsqueda. La trascendencia que cobra el caso es innegable. “El embajador gritaba: ‘¿De dónde demonios ha salido este Hisham Matar?’”. Acude a personajes relevantes como Nelson Mandela, quien declina apoyarlo, pues se siente muy comprometido con Gadafi, que lo había respaldado en su lucha contra el apartheid.  
“Me convertí en la espina del costado de los gobiernos libio y británico”, revela Hisham. Ambos gobiernos habían establecido estrechísimas relaciones por aquel entonces.
Logra ser atendido por Seif el Islam, hijo de Gadafi, que pretende convencer a Hisham y a su hermano Ziad de establecerse de nuevo en Libia, pero ellos ponen sus condiciones para acceder. Sólo parcialmente se les conceden. Seif, sin embargo, pronto habrá de desenmascararse.
Tras la brutal represión de la disidencia, amenaza por televisión al pueblo: “Correrán ríos de sangre (…) Este país nos pertenece”. Pero subestimó la voluntad inquebrantable de opositores como el clan Matar, que no sólo había padecido la ausencia de Jaballa sino también el confinamiento de otros familiares, quienes estaban hartos de que “la dictadura libia, como un amante celoso y desquiciado, se infiltraba en cada aspecto de la vida pública y privada”.
"Uno escribe de lo que conoce. Las novelas descansan en la capacidad de tu corazón”, declaró alguna vez Hisham Matar. Él, al reconstruir su propia historia con el corazón, con las vísceras, con dolor y con rabia. Pero también, con lucidez y valentía, descifra la pérdida, lucha contra el olvido, abraza el poder de la memoria y de la libertad. Reinstaura la patria forzosamente abandonada.

Elena Méndez

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Hisham Matar,
El regreso
(Título original: The Return),
Traducción: Javier Guerrero,
Col. Narrativa,
Ediciones Salamandra,
Barcelona, 2017,
272 pp.
 

domingo, 10 de setembro de 2017

LA INFINITA SOLEDAD, DOMINGO, DE IRÈNE NÉMIROVSKY



Irène Némirovsky (Kiev, 1903-Auschwitz, 1942), nacida ucraniana, se mudó a París con su familia en 1919, justo un año después de finalizada la Primera Guerra Mundial. Conoció el éxito literario desde muy joven. Su vida y la de su esposo fueron brutalmente segadas por la ignominia nazi. Dejó manuscritos que fueron recuperados por sus hijas, quienes eran muy pequeñas al momento de quedar huérfanas.
Domingo recopila quince textos publicados en diversos medios entre 1934 y 1942. Pululan aquí seres mezquinos, con una soledad infinita, que proyectan sus anhelos en otros y envidian la suerte de quienes creen más dichosos.
La devastación interior coincide con las catástrofes de allá afuera: en “El señor Rose”, un solterón adinerado que huye de la guerra olvida su egoísmo al evocar, en el joven que le salva la vida, los rasgos de una mujer que lo amó.
La evasión es buscada de manera salvaje en “Los vapores del vino”. Durante un conflicto civil finlandés, Aíno esconde a su hermano Ivar, un miliciano, sin comentarlo con su esposo, quien se opone a la rebelión. Una noche el pueblo, ansioso de alcohol –prohibido desde hace tiempo-, comete tropelías inimaginables.
Abundan las féminas desdichadas: En “Domingo”, Agnès, una dama de abolengo prefiere quedarse en casa para reflexionar sobre su vida, mientras su esposo acude a verse con la amante, y su hija mayor acude a una cita clandestina y, sin saberlo, imita el destino infausto de la madre.



Por su parte, en “Las orillas dichosas”, coinciden una prostituta cuarentona y una socialité veinteañera en un bar. Ambas son infelices, pero sólo la ajada cortesana lo expresa.
Abundan los terribles secretos. Como el afamado pintor de “El incendio” que ha ocultado una verdad durante años; o como los Demestre, protagonistas de “Lazos de sangre”, que, al caer enferma su anciana madre, se sinceran acerca de sus miserias internas.
La deslealtad y el resentimiento ocasionan verdaderas tragedias en “Un hombre honrado”, en la que un moribundo señor adinerado cree que su hijo le robó; mientras que “La mujer de don Juan” asesina a su esposo sin contemplaciones.
El autoengaño esconde una enorme insatisfacción vital, como ocurre en “La ogresa”, donde una mujer alaba las inexistentes cualidades de la única hija que le queda; mientras que en “Fraternidad” dos judíos, uno rico y uno necesitado, con el mismo apellido, coinciden en una estación de tren. El rico, que siempre ha sido enfermizo, pretende asumir que sólo eso lo une a ese lejano miembro del clan.
La inocencia minada es el tema de “Aíno”, y de “El conjuro”. En el primero, la pequeña Irène se entera de los misterios que oculta una casa abandonada, en los que tiene que ver su empleada doméstica –protagonista, asimismo, del ya citado “Los vapores del vino”-; y en el segundo, atestigua la inesperada fuga de una joven amiga suya.
Las verdades dolorosas pretenden evadirse a toda costa. Los hermanos militares de “El desconocido” acuerdan no indagar sobre el alemán que uno de ellos ha ultimado y que podría ser pariente suyo. Y en “La confidente” el consagrado artista Roger Dange preferiría recordar el calor de su difunta amada que saber las razones de su trágica muerte.
Némirovsky condensó todo lo que vio en su existencia breve y desdichada transformándolo en literatura sólida, madura, exquisitamente depurada.
Elena Méndez


sábado, 9 de setembro de 2017

JAVIER VALDEZ, EL SOLIDARIO SOLITARIO, PERIODISMO ESCRITO CON SANGRE, DE JAVIER VALDEZ CÁRDENAS



Para Griselda Triana

Javier Valdez Cárdenas (1967-2017) fue un periodista que siempre estuvo al lado de las causas justas. Le dolía el dolor ajeno, el destino infame de los seres que poblaban sus notas.
A decir de su madre, doña Rosario Cárdenas, desde que él estaba en la preparatoria le daba por ir a entrevistar a los familiares de personas desaparecidas. “Te van a matar”, le advertía, acongojada. Pero la vocación de Javier era fuerte y clara: Sería periodista. Uno de los mejores periodistas que ha dado México. Un ejemplo de dignidad, congruencia, honestidad.
A la titánica labor realizada en el semanario sinaloense Ríodoce y sus corresponsalías para el diario La Jornada y la agencia France Presse, se sumaron sus valientes libros. En ellos, era aún más evidente su repudio al ejecutómetro y su afán por penetrar en lo humano.
Sus avistamientos al infierno terrenal fueron reporteados hasta aquel trágico mediodía de mayo en que doce balazos cancelaron sus latidos para siempre.
Periodismo escrito con sangre recopila veinticuatro textos originalmente incluidos en Miss Narco, Los morros del narco, Levantones, Con una granada en la boca, Huérfanos del narco y Narcoperiodismo, obras publicadas entre 2009 y 2016.
El volumen ha sido prologado por César Ramos, quien, asimismo, seleccionó y anotó el material compilado.
Ramos enfatiza la enorme calidad humana de Javier, que optó por “darle voz a los desposeídos, a las mujeres rendidas, a los huérfanos, a las madres que se resisten a enterrar, con los restos de su hijo, a la justicia (…) buscaba a las rastreadoras, entraba en su dolor; le preguntaba a los niños en qué ocupaban sus horas de orfandad; conversaba con policías receptores de tres, cinco, siete o más balazos, quienes aún se preguntan cómo sobrevivieron; aguardaba la respuesta de los drogadictos mientras miraba en sus pupilas la angustia, el trastorno existencial, el abandono, la desilusión…”
Resulta inevitable cimbrarse ante el terror aquí descrito: el rostro desollado de Julio César, uno de los 43 normalistas de Ayotzinapa; la periodista veracruzana levantada y luego expuesta en cachitos, para escarmiento de sus colegas; la mujer culpada de asesinar a su esposo, un hombre influyente; la madre que se conformaría con hallar los huesitos del hijo que en sueños se le aparece; el recio indígena que atravesó por un sembradío de cadáveres…
Javier procuraba dar confianza a quienes accedían a brindarle sus experiencias. Protegerlos. No juzgarlos, aunque se tratase de victimarios, pues sabía que, en el fondo, ellos también eran víctimas. Como Joaquín, el expandillero cuya infancia miserable lo orilló a lo más abyecto.
No deja de causar extrañeza el poco espacio que el editor concede a Narcoperiodismo. Esa obra tan personal para Javier, porque le atañía en lo más profundo. En los tres textos aquí incluidos, se refiere el terror de los periodistas acosados por el hambre, el desvelo, censurados, autocensurados, perpetuamente hostigados por tantos frentes que los atacan al unísono. Solos, siempre solos.
Como el Pepis, informador sinaloense que se atrevió a revelar en un foro que recibía 150 pesos por cada cadáver reporteado; como Carlos, el veracruzano que delata la farsa del botón de pánico, que en realidad sirve para espiar a quienes lo portan; como Alejandro, que no se consuela del exilio y que añora su casita torreonense, la cual ahora sólo ve por Google Maps.
Javier siempre estuvo consciente de que no era profeta en su tierra. Y lo deploraba. No imaginó, sin embargo, las protestas y homenajes que se suscitarían luego de su muerte. En Culiacán, al día siguiente del asesinato, un grupo de manifestantes –comunicadores, activistas, ciudadanos- acudió a cuestionar al Gobernador, Quirino Ordaz Coppel, respecto a las circunstancias que propiciaron el crimen del reportero. Poco antes de que Quirino llegara, un ciudadano, indignadísimo, increpó a los periodistas: “¡Les hace falta lo que tenía Javier, carajo!”, al considerar que carecían de los tamaños para defender el oficio.
Numerosas protestas se han llevado a cabo, en diversos lugares de México y el mundo, por él y por los periodistas que ya habían caído y los que siguen cayendo, ante una sociedad indiferente y un gobierno disimulado. Justo mientras redacto esta reseña se difunde la terrible noticia de que Cándido Ríos, reportero policiaco del Diario de Acayucan, ha sido asesinado en Veracruz, la entidad mexicana con mayor número de periodistas asesinados.
En cuanto a los homenajes, le fue concedido a Javier, a título póstumo, un reconocimiento de la Asociación de la Prensa de Madrid, mismo que recibió su viuda, doña Griselda Triana. Su discurso, dolido, breve y contundente, remató así: “Si nosotros no tenemos paz, el gobierno tampoco merece tenerla”.
Según Triana, su esposo “tenía un corazón del tamaño del universo”. Era, pues, un solidario solitario, que a la hora final estuvo desamparado. Injusta, canallamente desamparado.
Javier somatizaba tanta tragedia. Buscaba escapar del enorme dolor que lo carcomía. Como sostiene Luis Hernández Navarro, compañero suyo en La Jornada: “Para llevar esa pesada carga a cuestas, recurría al diván del sicoanalista que le ayudaba a administrar el dolor y la tristeza, al cobijo familiar, a los cuates entrañables, a la amistad de sus colegas, a bailar solo (…) y cuando el insomnio devoraba sus sueños, echaba mano de algún antidepresivo”.
Como afirma Juan Villoro –presentador de Huérfanos del narco en Culiacán-, Javier “durante medio siglo vivió para mejorar un país que no supo protegerlo y que lo ha convertido en uno de sus mártires”.
A Javier le fue arrebatada la vida, pero sus ideales permanecen en aquellos que exigen se resuelva su artero crimen, que no se resignan a que México permanezca secuestrado por la malandrinada, ese monstruo de tantas cabezas, que a veces se viste de honorable.

Elena Méndez

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Javier Valdez Cárdenas,
Periodismo escrito con sangre. Antología periodística.
Textos que ninguna bala podrá callar,
(Selección, prólogo y notas: César Ramos),
Aguilar, 2017,
352 pp.