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luns, 21 de agosto de 2017

A LA MANERA DE PASCAL QUIGNARD, POR BREVE HERIDA, DE MARGO GLANTZ







Al leer Por breve herida, de Margo Glantz (Ciudad de México, 1930), uno descubre que ella pertenece a la estirpe de quignardeanos mexicanos entre los que se encuentran también José Emilio Pacheco, Federico Campbell y Pablo Espinosa.
El argumento parecería muy simple: Margo –quien se llama a sí misma “La Escritora” o “La Protagonista”- acude incontables veces a atender su dentadura. En medio de sus eternas esperas, lee libros relacionados de uno u otro modo con el tema. Pero lo complejo, aquí, no es solo la estructura, sino las imbricadas relaciones que teje entre el puñado de obsesiones, de manías, de leitmotivs que pueblan esta novela-ensayo, realizada mediante fragmentos que no descartan el autoplagio, la digresión, la ironía, la intertextualidad.
Explica así su amor por lo fragmentario, tan característico de su admirado –y no sé qué tan conscientemente imitado- Pascal Quignard: “Trabajar con la fragmentación permite que el lector reconstruya el texto y le dé unidad, entreverada, diluida y a la vez fuertemente sugerida. Cada uno de los textos funciona individualmente por cuenta propia y puede separarse del conjunto y sin embargo conservar su propia autonomía (...) a veces la fragmentación es tal que llega a convertirse en pulverización”. Ello ocurre en Por breve herida. Y es para bien. Así como una novedosa técnica dental permite que injertar hueso pulverizado regenere el hueso original, así la fragmentación literaria y su consiguiente pulverización regeneran su sentido, su esencia. Logran que esta obra sea múltiples obras a la vez.
Fascinada con los procesos del cuerpo y enterada de detalles que aparentemente solo conciernen a los especialistas, realiza una profunda introspección, casi casi, una disección, de todo lo que pasa por su mente mientras –o después, o antes- es intervenida en su dentadura, la cual siempre ha sido muy delicada.
Margo habla de las fauces animales, sobre todo, de los perros, tenido cuya ferocidad intimida a sus enemigos, aunque también, a sus amos.
Asimismo, menciona a autores, celebridades y personajes ficticios con dentadura mellada o cuyos dientes acabaron como reliquia, como Ramsés II, Santa Teresa de Ludwig de Baviera, George Washington, Thomas de Quincey, Miguel de Cervantes, Vincent Van Gogh, Graham Greene, Jan Potocki, Roberto Bolaño, Martin Amis, las Gorgonas, Don Quijote, la Berenice de Edgar Allan Poe, Hanno y Thomas Buddenbrook, de Thomas Mann…
Autora entrañable, tanto por íntima como por hablar de/desde las entrañas, revela sus innumerables fijaciones, las reliquias que guarda como si fuesen de un santo: un collar de marfil que le obsequió su madre antes de morir, así como los cabellos de ésta, cuidadosamente resguardados en una media que usaba.
Dialoga con otras artes, en especial, la música, la pintura y la cinematografía. Respecto a la pintura, es imprescindible destacar que la portada está ilustrada por un retrato realizado por Francis Bacon, donde aparece una mujer cuyo rostro es una serie de rasgos borroneados, grotescos, cuyo cuerpo adopta una pose similar a la de la Maja Desnuda de Goya.
Bacon es un artista constantemente citado por Glantz; de él, le obsesiona “la serie de más de cuarenta variaciones del retrato que pintara Velázquez del papa Inocencio X”. Ella se maravilla ante el horror de sus pinturas, donde suelen aparecer bocas semejantes a fauces estremecidas, así como las de quienes acuden a atenderse problemas dentales.
Así como los especialistas tienden puentes en la boca de Margo, ella, a su vez, tiende puentes literarios con su mente y su mano. Tal como hiciera David Markson en Vanishing Point, quien realizó una “novela sui generis” en la que “investigaba las cosas más cotidianas y absurdas que aparentemente a nadie le interesaban de la vida de los escritores y sus personajes favoritos, incluyéndose a sí mismo”, ella concreta su “ejemplo extremo de procrastinación memorable”, escrito durante dieciséis años, periodo de perpetua construcción/deconstrucción tanto espiritual como corpórea.
Como académica de la lengua, se regodea en las palabras, incluso en esas que uno desconoce o en las que no suele reflexionar y que para ella son hermosas, como los términos que designan a los huesos humanos: “el calcáneo, el húmero, la rótula, el peroné, el astrágalo, la escápula o la clavícula, nombres esdrújulos dignos de un poema; se parecen a los que usaba Sor Juana Inés de la Cruz en el Primero Sueño (…)”.
Mujer de rituales, de fetiches, amante de verse bien, describe los zapatos verdes que acostumbra llevar a sus consultas dentales, su radiante labial rojo, su necesidad de arreglarse el cabello tras finalizar tan arduos procesos. Todo conduce a lo mismo: a su afán por la belleza, a sus recuerdos de infancia, a inventariar e inventariarse, a viajar a través de las letras, ya sea que se desplace o no físicamente, en un alarde digno de wanderlust (manía ambulatoria).
Cabe abundar sobre su ya citado afán por la belleza: “Siempre he tenido problemas con mi aspecto, me parece que tengo un perfil demasiado fuerte -¿el de un emperador romano?- y me sigo encorvando. Tuve un cuerpo precioso, no era fea pero creía que era fea. Mi apariencia personal siempre me hizo fijarme en la de los otros sobre todo en la de las mujeres. (…) Por eso le dedico un libro a la belleza levemente cinematográfica de mi madre, una mujer muy bella, muy elegante, tenía muy buen gusto para vestirse, muy coqueta, además, era la época de las grandes artistas del cine de los años treinta o cuarenta(…) todas tenían una especie de allure, un garbo que yo anhelaba tener”.

  
Joseph Conrad afirmaba que “cada una de sus novelas le había costado un diente”. A Margo esta obra le costó varios, no sólo en el sentido metafórico. El lector sabrá valorar su colmillo literario, hincarle el diente a este volumen con sumo regocijo; devorarlo, en suma.
 
Elena Méndez


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Margo Glantz,

Por breve herida,
Col. Narrativa,
Editorial Sexto Piso/Universidad Nacional Autónoma de México,
México, 2016,
288 pp.










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