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sábado, 19 de novembro de 2016

GOZAR LA NOTA: SALA DE REDACCIÓN, DE PABLO ESPINOSA


El periodismo cultural no debe limitarse únicamente a reproducir los boletines de prensa institucionales, como suele ocurrir en los medios mexicanos. Debe vivirse.  Y me consta que alguien lo vive: Pablo Espinosa, autor de Sala de Redacción (Secretaría de Cultura, 2016).
Este volumen, que leí con gran regocijo, consta de 60 textos, de los cuales 57 son las esmeradas notas periodísticas de Espinosa, aparecidas originalmente tanto en el diario de circulación nacional La Jornada como en Revista de la Universidad. Los otros tres textos que acompañan la obra son una nota del editor, una introducción del autor y un muy lúdico prólogo de Elena Poniatowska, donde ennumera los múltiples talentos y datos curiosos que Espinosa comparte a los lectores.
El autor, según me comenta en plática personal, no planeó que fueran 60 textos. Sólo que así quedó el material, tras depurarse. Pero en un azar cortazariano resultaron 60 textos, uno por cada año que ha vivido este nativo de Córdoba, Veracruz.
Si, como aseguraba uno de sus entrevistados, el fenecido colega polaco Ryszard Kapuściński: “Una mala persona nunca puede ser un buen periodista”, Espinosa, entonces, es un gran periodista, pues es una gran persona. Hombre que se conmueve con los detalles que nadie ve, que encuentra la belleza en los sitios más insospechados.


Este libro es un híbrido entre periodismo y literatura: ora transita de la crónica al reportaje, de la reseña a la entrevista, del cuento a la poesía. Las figuras retóricas, la manera en que maneja el tiempo, el lirismo del lenguaje no dejan lugar a dudas: Pablo es un literato que prefirió el vértigo de la prensa escrita, donde debe mantenerse tan inquieto como los colibríes que tanto le fascinan.
El autor es testigo privilegiado del amoroso vals entre Pilar del Río y José Saramago tras concedérsele a éste el Nobel de Literatura en 1998. Nadie se percata de las palabras bordadas en el holán del vestido de ella. Sólo Pablo.  Eso lo vivió y le conmovió.
Sin embargo, la habilidad del autor para transmitir la emoción de lo acontecido en otros espacios y tiempos, es asombrosa: uno puede sentir los puñetazos rozándole la cara, en el debut de Consagración de la Primavera, de Ígor Stravinski; puede verlo acariciando, con temblor sagrado, las partituras de Mozart, su amado Volfi, el sibarita que murió en la miseria pero cubierto de gloria; puede mirarlo llorando de rabia porque le mataron a Lennon, su Lennon.
El lector puede, asimismo, ir hilando las afinidades entre los artistas mencionados. Hay Músicos Poetas: Lou Reed, Laurie Anderson, Patti Smith, David Bowie, Rodríguez y Bob Dylan. Hay danzas budistas y música cercana al budismo: Sankai Juku y el Parsifal wagneriano, por ejemplo.
Hay conclusiones que uno osa aventurar: Que la compañía de Marie Chouinard debió ser la que danzara cuando Ígor, malicioso fauno, debutó en París con su Consagración; que Rodríguez no necesitó ser Pessoa para llenarse de heterónimos; que Pärt emana luz, como Johann Sebastian Bach; que, si la música es como el agua, tal como asevera Terry Riley, uno no se baña dos veces en el mismo río de acordes; que hay muertes poéticas si quien las muere es un tocado por los dioses, como sucediera con Reed. Otras, en cambio, resultan postreras representaciones operísticas, como la de Callas flotando en un sueño de fármacos.
Que la música popular y la culta pueden coexistir, llevando el trópico al altiplano, como en la excelente fusión de la Santanera con la Orquesta Filarmónica de la UNAM; y que el autor es un profeta, pues vaticinó hace cuatro años que Dylan obtendría el Nobel de Literatura, como acaba de ocurrir.  
Descalza, como la violinista Patricia Kopatchinskaja, evoco mis conmovidas lágrimas de hace un rato, y pronuncio una palabra que le enseñaran a Pablo en la selva amazónica: Anhó. Gracias. 

Elena Méndez

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Pablo Espinosa,
Sala de Redacción,
Prólogo: Elena Poniatowska,
Col. Periodismo Cultural,
Secretaría de Cultura,
México, 2016,
332 pp.
 


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