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luns, 17 de outubro de 2016

IMAGINACIÓN INMORTAL: INÉDITOS Y EXTRAVIADOS, DE IGNACIO PADILLA



Ignacio Padilla (Ciudad de México, 1968-Guadalajara, 2016) fue un escritor prolífico y brillante que gozó en vida de numerosos reconocimientos a su obra y del aprecio del público. El azar dispuso que dejase a sus lectores un título que coronara su imaginación inmortal: Inéditos y extraviados (Océano, 2016).
Este volumen se divide en dos apartados y reúne 28 textos, precedidos por una “Advertencia” que estremece, por obvias razones: “Se trata acaso de fragmentos de novelas, cuentos u obras teatrales perdidos o de una sola obra: aquella que infatigablemente vamos escribiendo mientras nos llega la muerte (cursivas mías)” (p. 12).
25 de los relatos pertenecen al género “trenes”, creado por Padilla, quien declara: “así decidí llamar a este género de textos hace tantos años que he olvidado mis razones para hacerlo” (p. 10);  mientras que el resto compone un “aviario tríptico”, un bestiario de seres aéreos.
En el primer apartado, titulado “Todos los trenes”, se homenajea  al escritor italiano Giorgio Manganelli, cuya obra Centuria “recoge, en efecto, cien novelas-río, pero trabajadas de maneras tan anamórficas que aparecen ante el lector como textos de pocas y descarnadas líneas” (p. 11). Y sí: al abordar los trenes padillescos, se recorren distancias aparentemente cortas, pero de un paisaje que debe descifrarse con tiento.
El autor reescribe clásicos, con gran fortuna. Así, en “Uno” el “Happily ever after” de la Bella Durmiente no es tal, pues padece la desgracia de haber sobrevivido al letargo; en “Siete”, el monstruo creado por el Dr. Frankestein decide asumir su fatal destino; en “Veintitrés”, todos los genios que habitan lámparas maravillosas se ven condenados a estafar a sus amos.
Me pareció ver cierta influencia cortazariana en “Catorce”, ya que las transgresiones cometidas por los personajes de una novela, su autor y un lector obseso remiten un tanto a su “Continuidad de los parques”. Por otro lado, en “Nueve” se actualiza el mito del Minotauro, tal como hiciera Borges.
Pululan seres con vidas infelices: un dragón vuelto paria tras extraviar sus documentos de identidad (“Diecinueve”); un aficionado a la quiromancia al que nadie quiere leerle la suerte (“Veinte”); un aspirante a artista, que abandona a su amada con tal de crear una obra maestra surgida de ese dolor (“Veinticuatro”); un espadachín que se cuestiona su lealtad al reino (“Ocho”); un rey que no supo valorar la paz en sus dominios (“Dieciséis”)…
Esa infelicidad los hace buscar Otra Realidad Posible, adentrándose en la Fatalidad. Llegan a involucionar, incluso, como los pobladores de aquella ciudad bombardeada que deciden instalarse en el pasado (“Dieciocho”).
El segundo apartado, “Extravíos de lo inútil”, abre con “Santa Elena en ayunas”, que refiere el insólito periplo de las reliquias de los Reyes Magos. “Sino sus alas” revela el ambivalente significado religioso de las palomas. “Navigatio prima” narra la desafortunada expedición de Lotario, un hombre ambicioso de conocimiento, a la Isla de los Pájaros, donde su imprudencia lo enfrenta a algo que jamás debió descifrarse.
Este pequeño bestiario remite a Voltaire, que escribió sobre asuntos bíblicos, como en su cuento “El toro blanco” acerca de Nabucodonosor, rey babilonio citado en “Santa Elena en ayunas”. Ambos autores, con gran socarronería, ponen constantemente en duda la verosimilitud de sus historias. Tanto en “Santa Elena (…)” como en “Sino sus alas”, se confrontan diferentes versiones sobre un mismo hecho; mientras que en “Navigatio prima” un traductor, el arcediano Grisóstomo, hace llegar a la reina Clotilde su traducción de un fragmento del testimonio escrito por el malhadado viajero. El clérigo solicita protección, pues habrá quien tome a mal los misterios allí expuestos.
Inéditos y extraviados prueba que la Literatura, bien hecha, concede la inmortalidad.

Elena Méndez

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Ignacio Padilla,
Inéditos y extraviados
(Col. Hotel de las Letras),
Editorial Océano,
México, 2016,
156 pp.



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