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domingo, 31 de agosto de 2014

NOMBRAR LA AUSENCIA: HOY, DE JUAN GELMAN



 
Confieso no haber leído al extinto poeta argentino Juan Gelman sino hasta ahora que se publica su libro póstumo, Hoy (Ediciones Era/UNAM, 2014), donde se reúnen 297 poemas, cuyo leitmotiv es un rabioso duelo. Donde se nombra la ausencia y se canta la pérdida. Esa terrible pérdida que siempre le carcomió: la muerte de su hijo y su nuera a manos de la dictadura argentina, que además le separó de su nietecita, a quien llegó a conocer ya grande.
Debo confesar algo más: leí este volumen a pocos días de haber fallecido mi hermano mayor. Al llegar al poema XX, supe que hallaría la catarsis añorada: “¿Quién dijo que el tiempo petrifica las lágrimas? (…) la desolación finge ser una que no llora, se ladea el paisaje mental sin reinvención posible” (p.30).
Desolación, aquí, es una palabra clave. Desazón, desarraigo, es lo que se respira, sobre todo en aquellos textos claramente autobiográficos, como el XXVIII: “La compasión tiene lotes estériles, necesitan que secuestro/tortura/asesinato sean palabras sin materia, distraídas/retrocedentes/no pegadas a dictadura militar/a cuerpos vivos tirados al océano” (p.38).
La imposibilidad de expresarse lo vuelve un paria: “La palabra va de aquí para allá, busca un sitio de no marcharse nunca” (p. 76).
En ese contexto, es lógico que reinen el pesimismo, el escepticismo: “En el consuelo hay soles falsos” (p. 53). Y es que se está condenado irremediablemente a la soledad: “el destierro sin tierra es un bello destino/sin súplicas/haberes/un solo precipicio que habitas sabiendo que es más profundo todavía” (p.63).
Conoce la muerte y su implacable proceder: “La muerte no interpreta sus textos, no lee lo que se va a llevar. Si alguna prisionera en Campo Mayo recién nacida a madre con los ojos tapados que ni a su hijo vio” (p.66).
La muerte no impide el “amor que no se va, dolor que sigue”; arrastra una “dicha arrojada al río San Fernando de aguas impasibles” (p.71). Dicha que llevaba el nombre de Marcelo, su hijo.
Ausencia presente que le hace descreer, incluso, de Dios: “Dios se fue al vacío que dejó su muerte” (p.13); “Cuántos rostros en el vacío que Dios dejó” (p.100).
Y si muere Dios, también mueren el Amor y el futuro: “"El único que piensa es Amor/muere joven" (p.67); “El futuro se murió joven en aventuras de la sangre” (p.108).
Y es que “el tamaño del dolor no cubre nada”(p.40). El perpetuo escepticismo es “la estación más seca de la resignación” (p.177).
No hay un refugio, pues; acaso un frágil cobertizo de palabras. Aun así, acaso ni ello quede: “La poesía no sabe holgar sobre el abismo y nadie puede separarla de lo que es pero no es” (p.114). En ese abismo, “explicar la ausencia es otra ausencia” (p.200). ¿Cómo curarse, entonces, si “no hay morfina para laceraciones del espíritu”? (p.234).
Como se asevera en el poema LI: “El poema quiere engañar al tiempo y el sufrimiento lo derrota” (p.61). Es por ello que se inscribe dentro de lo innombrable, lo impronunciable: “El poema que te quiero inscribir, amoramor, no tiene palabra todavía” (p.190).
“Si se acabaran las preguntas/perder un hijo es nada” (p.244). Mas, como estas nunca acabarán, aquella pérdida constituye el todo alrededor del cual gira esta poesía interrogante, mordiente. Esta poesía que obsesivamente se interroga acerca de su propia naturaleza, como en el texto que cierra este volumen, redondo en su perfección: “¿Y si la poesía fuera un olvido del perro que te mordió la sangre/una delicia falsa/una fuga en mí mayor/un invento de lo que nunca se podrá decir?” (…) (p.307).
La obra, escrita en la Ciudad de México entre 2011 y 2014, está dedicada a su esposa, Mara Lamadrid, por cuyo amor declaró Gelman haberse quedado en nuestro país.
En Hoy, el yo lírico monologa en un lenguaje críptico, con un ritmo y sintaxis muy particular que invitan a leer cada poema en voz alta, a guardarlo en nuestro más íntimo inventario.

Elena Méndez 
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Juan Gelman,

Hoy,
Col. Biblioteca Era,
Ediciones Era/UNAM, 2014,
México, 312 pp.
 


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