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domingo, 2 de decembro de 2012

DESCIFRAR EL PORVENIR: BREVE HISTORIA DEL FUTURO, DE PEDRO PANIAGUA



Predecir el futuro ha intrigado a la humanidad a lo largo de su historia. Entre los gremios más interesados por descifrar el porvenir se encuentran los literatos y los científicos.
Pedro Paniagua (Madrid, 1958), catedrático de la Universidad Complutense y reconocido periodista, ha publicado el ensayo Breve historia del futuro (Taurus, 2012), donde repasa –sin afán exhaustivo-, los vaticinios de diversas mitologías, novelas de anticipación y el logro de avances tecnológicos inimaginables para el profano.
Entre los textos literarios antiguos con más presagios se halla la Biblia, en particular por la oniromancia (interpretación de sueños), sobre todo en el Antiguo Testamento.
Basándose en Dunne –estudioso de la precognición-, el autor aclara que en el texto sagrado: “No debe sorprendernos la abundancia de visiones de futuro debidas a los sueños, pues (…)  la falta de rutina en cuanto al lugar donde dormir facilita ese tipo de presagios. Y no hay que olvidar que el judío ha sido siempre, y más en aquella época, un pueblo errante” (p. 22).
Para Sócrates la demencia profética era un regalo divino. “El futuro en Grecia (…) vendría de la mano de un estado enajenado del alma” (p. 42).
Pero, ¿por qué las deidades no realizan predicciones en forma literal? Se explica: “(…) la razón quizá radique en que el futuro no esté en lo dicho (…) sino en el proceso de descubrir su sentido (…)” (p. 43).
Cicerón, en su tratado Sobre la adivinación, distinguía dos tipos de ésta: los auspicios y los augurios. Los primeros eran “consultas que se hacían a los dioses para pedir su conformidad sobre una acción que se realiza en una fecha determinada”. Mientras que los segundos “no estaban sometidos a fecha. Entre las señales tuvieron singular importancia las que procedían de animales y dentro de éstas (…) las que procedían de la bestia mántica por excelencia, la serpiente” (pp. 82-83).
Para el filósofo romano, la adivinación equiparaba a los mortales con las divinidades. Asimismo, consideraba que todos los pueblos  creían en manifestaciones del futuro y que los más eminentes pensadores confiaban en algún método adivinatorio.
Quevedo entendía la muerte como el único destino cierto que nos espera y que por ende no debemos temer. Con gran lucidez, hace hablar a la propia muerte, definiéndose: “(…) lo que llamáis morir es empezar a morir y lo que llamáis vivir es morir viviendo (…)” (p. 137).     
Dentro de la ciencia ficción, Frankestein de Mary Shelley es considerado un parteaguas, por  “inaugurar una serie de libros en los que la preocupación por el futuro, desde un punto de vista exclusivamente literario y sin olvidar su tono fantástico, presenta cierto afán de verosimilitud” (p. 150).
Otra novela fundamental para el género es Nosotros, de Yevgueni Zamiatin, donde “los seres humanos son meros números, o números acompañados por una letra, que es normalmente por la que son llamados en la novela por el protagonista” (p. 259). Esta obra fue vetada hasta 1988 en la Unión Soviética. En esta antiutopía “los sueños son una enfermedad psicológica muy grave” (p. 261).  El pretender aniquilar la capacidad imaginativa resulta básico en un Estado represor.
La interrelación de literatura y ciencia es sorprendente, no sólo por la creación de adelantos tecnológicos, como naves espaciales y robots, que la primera previó: “la ciencia (…) ha llegado a plantear incluso la posibilidad de que todo el universo no sea sino un holograma, como La invención de Morel, pero a escala gigantesca” (p. 350).

¿Y qué dice la ciencia de nuestro afán de predecir? Según Paniagua, “(…) con la mecánica cuántica (…) quien predice algo está acertando sólo por apuntar una probabilidad. Que el estudio final coincida con el pronóstico es irrelevante porque para empezar no hay un pronóstico concreto” (p. 392). Aun así, ¡qué interesante es indagar en el futuro!
Elena Méndez

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Pedro Paniagua,
Breve historia del futuro,
Col. Pensamiento,
Editorial Taurus,
México, 2012,
408 pp.

 

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