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xoves, 25 de outubro de 2012

RECONOCER LA GRANDEZA: NOBLEZA OBLIGA. SEMBLANZAS, RECUERDOS, LECTURAS, DE JOSÉ WOLDENBERG


“Nobleza obliga” es una antigua expresión francesa, definida en el Dictionnaire de l’Académie française como: “1. Quien se clame a sí como noble, debe conducirse a sí mismo como un/una noble. 2.-(Figurativo) Se debe actuar de una manera que sea de acuerdo la posición de uno, y de acuerdo a la reputación que uno ha ganado.”
José Woldenberg (Monterrey, 1952) se apropia de dicha expresión para titular su nuevo libro,  Nobleza obliga. Semblanzas, recuerdos, lecturas (Cal y Arena, 2011).
Aunque el autor considera que dicha frase es “arcaica y cursi”, ser agradecido nunca pasa de moda; y así, su nobleza le obliga a compilar una serie de homenajes a “políticos, escritores, cineastas, académicos (…) a los que mucho debo” (p. 11) como señala en su texto introductorio “Menos que un prólogo”.
Estos artículos y notas aparecieron en el diario de circulación nacional Reforma entre 2004 y 2011, así como en otras publicaciones renombradas.
Los 46 textos se dividen en tres apartados: “Historias del sueño democrático”, “Islas de raíz lectora” y “Memorias de la luz y de la sombra” –dedicados a la política, la literatura y el cine, respectivamente-.





En el primer apartado destacan los textos dedicados a los extintos Carlos Castillo Peraza, Octavio Paz y Miguel Ángel Granados Chapa.
Sobre el eminente panista, Woldenberg reconoce que éste lo propuso para ser Consejero Ciudadano del Instituto Federal Electoral (IFE), cuya presidencia ostentó entre 1996 y 2003. Pese a tan inesperado respaldo, afirma: “nunca recibí presiones o insinuaciones para actuar de manera facciosa”. (p. 32)
Del Nobel mexicano sostiene que “asumió a la izquierda como a su sombra, y la izquierda como una conciencia crítica incómoda, pero productiva” (p.119).
Respecto al afamado periodista hidalguense, refiere que la participación de éste en el IFE resultó muy valiosa gracias a “su experiencia política, su sentido de la responsabilidad, su madurez, su conocimiento de las rutinas y rituales de la vida política nacional, su lectura de la legislación y su sentido, ayudaron a elevar la mira y a salir airosos del compromiso contraído”. (p. 94).
En el segundo apartado resultan dignos de mencionarse las notas consagradas a Carlos Monsiváis, William Styron, Mario Vargas Llosa, Eliseo Alberto y Francisco Umbral.
Del llorado cronista elogia “su forma única de contar –deslumbrante, abigarrada, sugerente, provocadora [que] se convirtió en un talante imitado por muchos y en un referente obligado” (p. 127).
Styron es recordado por la terrible depresión que padeció durante toda su vida, misma que trató de paliar mediante su dipsomanía y tratamientos médicos inadecuados. No obstante, logró sobrellevar sus ideas suicidas y encontrar la atención que merecía. El testimonio de tan devastadora experiencia sería plasmado en su ensayo Esa visible oscuridad, memoria de la locura.
Al Nobel peruano le llama “un fantástico contador de historias”; y, en cuanto a su ideario político, lo define como “un liberal capaz de defender con elocuencia y maestría la expansión de las libertades individuales frente a la tradición, la Iglesia o los resortes conservadores” (p. 199).
Por otro lado, las líneas dedicadas al cubano resultan sobrecogedoras. En ella, se relata la vivencia que diera origen al libro Informe contra mí mismo: la delación forzada a la que le conminaron cuando participó en la milicia: “Necesitamos que nos mantengas al tanto de lo que se habla en tu casa” (p. 205). Tras semejante despropósito, confiesa: “amanecí 200 años más viejo” (p. 206), y decide renunciar a su cargo.
Del español ensalza su estilo “arrogante, impertinente, juguetón, entregado a los giros del lenguaje, a la explotación intensiva del idioma” (p. 209). A tal grado lo hacía, que, según la aseveración de Woldenberg: “Escribía por el gusto de joder al prójimo” (p. 210).
Nobleza obliga: Un verdadero reconocimiento a la grandeza.

Elena Méndez

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José Woldenberg,
Nobleza obliga. Semblanzas, recuerdos, lecturas.
Cal y Arena,
México, 2011,
268 pp.

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