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xoves, 25 de outubro de 2012

HALLAZGO SARAMAGUIANO: CLARABOYA, DE JOSÉ SARAMAGO



José Saramago,
Claraboya (título original: Claraboia),
Traducción: Pilar del Río,
Alfaguara,
México, 2012,
424 pp.

Para los seguidores de un autor de culto, siempre resultará interesante el hallazgo de algún inédito, en particular si el artífice del mismo ha fallecido, por brindarle una nueva arista de su obra. “Inédito póstumo”, sin embargo, es una etiqueta rechazada por Pilar del Río, compañera de vida de José Saramago (Azinhaga, 1922-Tías, 2010), quien ha traducido al español las obras del desaparecido escritor, cuyo segundo aniversario de fallecimiento será este próximo 18 de junio.
Saramago, singular hasta la médula, tuvo su propia forma de morir, como afirma su pareja: “Morir es haber estado, no estar y luego publicar un libro”.
Claraboya, la más reciente obra del Nobel portugués, ha resultado toda una sorpresa para sus lectores. Publicada originalmente en portugués por Editorial Caminho, ahora se encuentra disponible para los hispanoparlantes gracias a Alfaguara.
Con esta novela culmina toda una odisea, iniciada en 1953, cuando un jovencísimo Saramago la confió para su dictaminación a una editorial que la “transpapeló” alegremente, sin contar con la zozobra que ello le produciría: “un silencio doloroso, imborrable y de décadas”, admite del Río.
Saramago, amante de sorprender, sería el primer sorprendido al recibir en 1989 la tardía llamada de dicha editorial, donde se le aseguraba que “sería un honor publicar el manuscrito encontrado en una mudanza de las instalaciones”, a lo cual el lusitano se negó, prefiriendo rescatarlo, rehusando difundirlo mientras estuviese con vida.
Claraboya, según del Río, constituye una “novela de personajes”. El autor hace una alegoría de la Lisboa pacata de los años cuarenta, centrándose en un condominio de tantos, donde la rutina soporífera esconde, sin embargo, una bomba a punto de estallar.
Ahí, “la familia no es sinónimo de hogar, sino de infierno”, asevera la traductora. Hay entonces, seis pequeños infiernos, con sus respectivos dramas: el de Lidia, mantenida treintañera que se ve súbitamente desterrada del afecto del señor Morais, ilusionado con una chiquilla, la sobreprotegida Claudiña; el ensueño sáfico de Isaura, del que ninguno sospecha; el amargo desamor de Carmen y Emilio, quienes toman como rehén de su fracaso al pequeño Enrique; el profundo aborrecimiento entre Justina y Caetano, individuo hipersexuado que se empeña en nulificar como mujer a su esposa, a la cual, paradójicamente, le teme.
Acaso los personajes más luminosos sean Silvestre, el viejo zapatero, filósofo nato; su esposa Mariana, aun enamorados después de treinta años juntos; y Abel, el nuevo inquilino, a quien estos alquilan una habitación. Este joven llegará, sin saberlo, a trastocarlo todo.
Un omnipresente tedio –“el oscuro enemigo que nos roe el corazón”,  Baudelaire dixit- envuelve esta atmósfera plagada de frustración, mediocridad, hipocresía, odio. Llena del desasosiego pessoano, tan bien descrito por Abel en una de sus lúcidas disertaciones metafísicas con su casero, de quien se vuelve amigo: “-¿Quiere verme con un empleo fijo donde tenga que yacer toda la vida? ¿Quiere verme agarrado a una mujer? ¿Quiere verme haciendo la vida de todo el mundo?” (p. 223).
Pese a la juventud del autor, se ven ya claramente volcadas las obsesiones que permearían su obra: el pesimismo, la feroz crítica  a un sistema cada vez más deshumanizado, la rebeldía ante una sociedad que se escandaliza ante el voluntario desarraigo -como el personificado por el joven Abel, que a sus 28 años es definido como “inútil”, por el zapatero, que niega, no obstante, sentirse superior a él-.

Esta vida, tan semejante a un estercolero –como termina admitiendo Silvestre- se transformaría “con un amor lúcido y activo, un amor que venza el odio”. (p. 409). Utopía, sin duda, como se lo hace ver el joven.
Coincido con doña Pilar del Río en que “Claraboya es el regalo que los lectores de Saramago se merecían”.
Elena Méndez

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José Saramago,
Claraboya (título original: Claraboia),
Traducción: Pilar del Río,
Alfaguara,
México, 2012,
424 pp.

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