Buscar neste blog

luns, 21 de marzo de 2011

SUBVERSIÓN VUELTA LITERATURA: LA NUEVA CIUDAD DE LAS DAMAS, DE EVE GIL

Eve Gil (Hermosillo, 1968), además de ser una prolífica narradora, ha incursionado también con éxito en el periodismo cultural. Baste mencionar su columna “Charlas de café”, que se publica en el suplemento La Cultura en México, de la revista Siempre!, donde entrevista a importantes personajes de la actualidad.

Otro de sus logros periodísticos ha sido la columna “La Trenza de sor Juana”, la cual apareció en el fenecido suplemento cultural Arena, del diario Excélsior, durante 2001-2005.

El título de su columna alude –según ella explica- a la trenza que su idolatrada Décima Musa “cercenó para que (…) no estorbara sus ideas” (p. 9).

Saberse consultada por innumerables lectores ha impulsado a Eve para proseguir su titánica (y no remunerada) tarea desde su blog, www.trenzamocha.blogspot.com, surgido en cuanto desapareció el citado suplemento. Asimismo, para buscar compilar estos ensayos biográficos en forma de libro.

De esta manera aparece La nueva ciudad de las damas (UNAM, 2009), cuyo título homenajea a una obra de Cristina de Pizán, polemista y crítica literaria francesa que en pleno Medievo consiguió ser la primera mujer remunerada por su escritura. A ella le consagra la primera trenza de este volumen.

Seleccionar a las 32 autoras incluidas metió a Eve en un predicamento pues, hasta el momento de la edición de este libro, había abordado ya la vida y obra de casi 300 literatas.

Embrollo del que sale airosa, al abarcar a escritoras de diversos orígenes y periodos históricos, de quienes exalta su calidad de pioneras y, por ende, de transgresoras, no sólo por invadir el medio intelectual, acaparado por varones, sino por las temáticas que abordan en sus obras y las causas por ellas abrazadas.

En sus Trenzas, Eve realiza una celebración del genio femenino a manera de “cruzada” personal: demostrarle al mundo que existen muchas y muy buenas escritoras, contrario a lo que afirmaba su maestro de literatura española en la universidad.

Cruzada que asumió “por rebeldía, por no sentirme tan sola en mi ambición de ser escritora que me impulsaba a buscar una genealogía, aunque eso no lo comprendí entonces” (p. 8).

El triunfo de este reto autoimpuesto se refleja, por ejemplo, en el empeño que puso en reunir a todas las ganadoras del Premio Nobel de Literatura (exceptuando a la rumana Herta Müller, puesto que aún no se le concedía este galardón).

Se extraña, sin embargo, la presencia de la judía alemana Nelly Sachs, a quien se anuncia en el prólogo; no por omisión de la autora, sino del editor.

La calidad de pioneras/transgresoras de estas literatas les ha acarreado, muchas de las veces, censura, exilio y muerte. Cito los casos de la somalí Aayan Hirsi Ali, la Nobel italiana Grazia Deledda, la judía alemana Hannah Arendt, la Nobel noruega Sigrid Undset y la rusa Anna Politkovskaya; mientras que sobre la primera pesa una fatwa por denunciar las brutalidades que el Islam permite contra las mujeres, la segunda huyó de su pueblo por la desaprobación que sus libros ocasionaron en el mismo; la tercera debió exiliarse por el “delito” de ser judía; identidad que siempre defendió, pese a haber acusado la colaboración de los judíos con el nazismo. Ello nunca le sería perdonado por dicha comunidad, ni aun ya muerta; la cuarta también se vio forzada a escapar de los nazis, por atreverse a criticarlos, y la quinta fue arteramente asesinada por órdenes de Vladimir Putin, quien se ensañara durante su régimen contra el pueblo checheno; infamia expuesta por la valiente periodista.

Otro caso verdaderamente dramático es el de la otra Anna rusa: la Ajmátova, perseguida sin tregua por Stalin, quien devastaría todo lo que ella más amaba, en un delirante ciclo de amor-odio hacia la poeta, cuyo origen noble y formación intelectual desdeñaba.

Sobre la censura, que Eve conoce muy bien, ésta sostiene: “(…) es otra forma de asesinato, acaso más terrible: la víctima contempla su propio cadáver llena de impotencia (p. 129)”.

Por su parte, la Nobel iraní Doris Lessing, crítica del apartheid y el colonialismo, ha sido proscrita tanto en territorio africano como en el británico; y otras dos Nobeles, la sudafricana Nadine Gordimer y la austríaca Elfriede Jelinek, han padecido también el veto.

El carácter subversivo de estas damas no se limita sólo al mundo de las ideas, sino también al de la acción: verbigracia, la nicaragüense Gioconda Belli empuñaría las armas durante la guerrilla sandinista; la inglesa Mary Wollstonecraft sería encarcelada por ligarse a la Revolución Francesa; la Nobel norteamericana Pearl S. Buck se tornaría defensora de sus congéneres y de la igualdad racial; Adrienne Rich, judía norteamericana, se uniría a la lucha sandinista y al feminismo; y la estadounidense Susan Sontag realizaría una incansable labor pacifista.

Si bien no tan radical como las anteriores, la mística alemana medieval Hildegard von Bingen predicó contra el clero corrupto y los enemigos de la fe católica. Aun así, se vio exenta de castigos a su osadía; antes bien simpatizó, incluso, con el emperador Barbarroja.

Otras intelectuales, igual de precursoras y de osadas, son la japonesa Murasaki Shikibu, quien con Genji fundó el género novelístico; Aphra Behn, la primera autora inglesa en ser remunerada por su labor (lo cual la emparenta con Pizán); la polaca Johanna Schopenhauer, cuyas “novelas de renuncia” constituyeron auténticos best sellers en pleno siglo XIX; la ardiente y procaz vietnamita +Ho Xuan Huong, que optó por escribir a la manera de su pueblo; la sueca Selma Lagerlöf, primera mujer en obtener el codiciado Premio Nobel; la inglesa Ivy Compton-Burnett, quien privilegiaría los diálogos en su narrativa; la mexicana Rosario Castellanos, que ya anunciaba, desde su tesis universitaria, la gran feminista que sería; la Nobel polaca Wislawa Szymborska, cuyo énfasis en la individualidad resultaría innovador para la generación de poetas a la que pertenece; y la norteamericana James Tiptree, Jr., a cuyo singular éxito de ventas contribuiría el seudónimo masculino con que firmaba sus novelas policiacas.

Entre este selecto grupo de literatas hay quienes sortearon los más íntimos cataclismos para sobresalir en las letras: la neozelandesa Janet Frame, sobreviviente de un atroz (por erróneo) diagnóstico de esquizofrenia, cuyo tratamiento fue avasallante; la norteamericana Natalie Clifford Barney, que asumió su condición lésbica tanto desde su apariencia como desde su obra; la francesa Simone de Beauvoir, que declinó su entorno burgués en pos de la libertad; la Nobel estadounidense Toni Morrison, primera mujer negra en acceder a la universidad en Washington, así como la autora de color más importante actualmente; la Nobel chilena Gabriela Mistral, quien se topó con incesantes pérdidas personales, que, empero, nutrieron su dolorida creación; y la norteamericana Alice Walker, cuya discapacidad visual, origen negro y orientación homosexual no fueron un obstáculo para triunfar como narradora.

En contraste con todas ellas, una autora que parece habérsela pasado muy bien en la vida es la estadounidense Gertrude Stein, mecenas de reconocidos colegas y anfitriona de fabulosas tertulias. Ello, sin embargo, no merma sus afanes transgresores, visibles en las rompedoras técnicas narrativas utilizadas por ésta.

Todas estas mujeres, subversivas, iniciadoras, audaces, han sido un ejemplo para Eve Gil, forjadora de estas Trenzas que ya constituyen un género en sí mismas. Esto la vuelve, también, una lúcida precursora en su ámbito, digna de admiración.

Elena Méndez

___

Eve Gil,

La nueva ciudad de las damas,

Textos de Difusión Cultural,

Serie El Estudio,

Coordinación de Difusión Cultural/

Dirección de Literatura/

Universidad Nacional Autónoma de México,

México, 2009,

431 pp.

Ningún comentario: