Buscar neste blog

luns, 21 de marzo de 2011

LOS ELEGIDOS DE DIOS: LA RELIGIÓN AMERICANA, DE HAROLD BLOOM

Harold Bloom (Nueva York, 1930) es un afamado intelectual, consagrado a la crítica y teoría literaria. Otro de sus intereses ha sido la crítica de la religión, la cual, según él, “(…) debe buscar la dimensión espiritual irreductible que hay en las cuestiones religiosas o en los fenómenos de cualquier tipo” (p. 17).

Dicha tarea la ha emprendido en libros como Presagios del milenio (1996) y Jesús y Yahvé. Los nombres divinos (2005).

La obra que hoy me ocupa, La religión americana, ha sido editada en inglés dos veces: en 1992 y en 2006. Ahora Taurus publica su versión en español.

En este ensayo, Bloom hace hincapié en el convencimiento de los norteamericanos de ser amados por Dios. Así, aborda varias de las principales confesiones surgidas en Estados Unidos: el Pentecostalismo, el Mormonismo, los Adventistas del Séptimo Día, los Testigos de Jehová, los Baptistas, los Fundamentalistas del sur y la Espiritualidad afroamericana.

En diversas ocasiones el autor denomina a éstas como “sectas”. Una secta, según la RAE, se define como: “Conjunto de seguidores de una parcialidad religiosa o ideológica.//Doctrina religiosa o ideológica que se diferencia e independiza de otra.//Conjunto de creyentes en una doctrina particular o de fieles a una religión que el hablante considera falsa.”

Todas estas sectas son englobadas por Bloom en lo que llama la Religión Americana, Ésta se caracteriza por ser sincrética, por poseer una gran avidez informativa, por su carácter posprotestante pero, sobre todo, por ser bíblica, “incluso cuando presenta y exalta textos alternativos” (p.81).

Tal es el caso de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, es decir, el Mormonismo, fundado por Joseph Smith, quien se nombró Rey del Reino de los Cielos antes de ser martirizado. Este profeta realizó una herejía al interpretar erróneamente el origen del pueblo judío, plasmada en el Libro del Mormón.

Smith sostenía que el Reino de Dios debía establecerse en América con ayuda del pueblo elegido: los Mormones, cuya base se localiza en Salt Lake City, Utah.

Bloom destaca la tenacidad y expansión continua de este credo, así como su fuerte influencia en la economía y política estadounidense.

Por su parte, los Adventistas, que promulgan un segundo y próximo advenimiento de Cristo, paradójicamente han contribuido al sueño americano que tanto habían negado, al apoyar el crecimiento social y material de sus miembros.

Su teología está basada en la salud, obsesión de su fundadora, la profeta Ellen Harmon White, mujer enfermiza que creía que el sexo “(…) podía llegar a superarse mediante una preocupación por el bienestar físico y espiritual” (p. 161).

Charles Taze Russell fue artífice de una doctrina apocalíptica y antipatriótica, los Testigos de Jehová. Apocalíptica, por su espera del inminente Tiempo del Fin; y antipatriótica, por negarse a votar, a cumplir el servicio militar y a rendir culto a los símbolos patrios.

Los pentecostales, cuyo líder fue William Seymour, centran su doctrina en el carisma otorgado por el Espíritu Santo, que los conduce al éxtasis y les otorga la facultad de hablar lenguas extrañas y sanar a los enfermos.

Los baptistas sureños surgieron gracias a Roger Williams (a quien no reconocen, sin embargo). Ellos bautizan sólo a personas adultas. Caen en una severa contradicción al pretender unir lo que establece la Biblia y lo que experimenta el individuo.

Bloom, si bien percibe como positivas todas estas manifestaciones de la Religión Americana, hace la excepción al hablar de los ya citados Testigos de Jehová (por negar la esencia nacional) y de los Fundamentalistas sureños, a quienes califica como el “lado sombrío”, e incluso, la “maldición paródica”, de tal Religión.

Los Fundamentalistas, basados en una interpretación literal de la Biblia, “buscan imponer un credo de manera desesperada” (p. 231); y, más aún, este credo constituye “el aporte central de la Religión Americana al Partido Republicano” (p. 235).

Resulta paradójico que, en su afán de exaltar a la Biblia, conviertan en esta en un ícono y no en un lenguaje descifrable.

Por último, el autor examina la espiritualidad afroamericana, que considera a sus adeptos un pueblo elegido –tal como los mormones y baptistas sureños-. Tienen una visión contradictoria entre la libertad individual y colectiva.

La Religión Americana promueve el individualismo y se opone a la otredad. Se enfrenta ferozmente a quienes considera sus enemigos, como las naciones que profesan el Islamismo. No es de extrañarse, entonces, que Bloom afirme que “Estados Unidos de América es una nación enloquecida por la religión” (p. 34), frase que resume cabalmente este libro.

Elena Méndez

___

Harold Bloom,

La religión americana

(título original:

The American Religion),

Traducción: Damián Alou,

Col. Pensamiento,

Taurus,

México, 2009,

296 pp.

Ningún comentario: