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xoves, 25 de outubro de 2012

MIRADA AL UNIVERSO DEL GABO: GARCÍA MÁRQUEZ, EL HOMBRE Y SU OBRA, DE GENE H. BELL-VILLADA



Gene H. Bell-Villada (Puerto Príncipe, 1941) es un gran estudioso de la literatura latinoamericana cuyo periplo vital lo ha llevado, entre otras partes, a Puerto Rico, Cuba y Venezuela.  Actualmente es profesor de lenguas y literaturas románicas en el Williams College, de Massachusetts. La fascinación que le produjo su experiencia caribeña se relacionaría luego con el gusto que le tomó, sobre todo, a la obra de Gabriel García Márquez, padre del realismo mágico.
Bell-Villada hace una emocionada exégesis sobre éste en García Márquez, el hombre y su obra (Ediciones B, 2012), cuya versión original en inglés apareció en 1990. Con este ensayo obtuvo el Premio Estudios Latinoamericanos.
En este lapso, el autor estudiado ha publicado más libros y además, este año se conmemoran: el cumpleaños número 85 del Gabo; el 45 aniversario de la primera edición de Cien años de soledad, su libro más célebre; y las tres décadas de la concesión del Nobel.
De manera que la aparición en español de dicho ensayo es más que pertinente para los seguidores hispanoparlantes del universo garciamarquiano.
Aquí se hurga en las claves existenciales y estéticas de la obra del sudamericano. Así, se entrelazan sus vivencias con las decisivas influencias presentes en lo que ha escrito y los recursos de los cuales echa mano.
Entre las vivencias, destaca su infancia al lado de los abuelos maternos; de doña Tranquilina ha declarado que de ella tomó su estilo de narrar, mientras que del coronel Márquez revelaría que fue “la persona con quien mejor me he entendido y con quien mejor comunicación he tenido jamás”, pese a haberlo perdido cuando apenas tenía 8 años.
También ha sido esencial su labor periodística, notable, sobre todo, en títulos como Relato de un náufrago y Noticia de un secuestro; respecto a las  influencias, son dignos de mencionarse autores como Rabelais, Faulkner, Kafka y Woolf; músicos como Bartók; y en cuanto a los recursos, el narrar desde un asombro impasible, crear hipérboles, introducir elementos carnavalescos, referencias del Medievo (alcahuetería, amor cortés) y el Siglo de Oro (alusiones a Garcilaso de la Vega, por ejemplo) y guiños hacia su círculo íntimo, con los que fusiona ficción y realidad.
García Márquez, “artesano erudito y concienzudo” (p. 469), ha cautivado a generaciones enteras con “su uso inolvidable de materiales mágicos y fantásticos” (p. 39), descarta, sin embargo, que se le relacione con la fantasía y más bien se considera realista. Para el ensayista, “Lo fantástico de García Márquez se deriva en gran medida de la estructura viva de la experiencia latinoamericana”. (p. 39). Asimismo, para el colombiano “la realidad misma (…) es mucho más milagrosa que cualquier conceptualización que la mente humana haga de ella”. (p. 131).
En la narrativa garciamarquiana se alegorizan los podridos regímenes políticos latinoamericanos, en especial los dictatoriales, como en El otoño del patriarca. Pese a ello, “García Márquez no es, ni nunca fue, un escritor estrictamente político. Es más bien un escritor que resulta ser de izquierda” (p. 460).
Gabo ha alcanzado la inmortalidad gracias a su impecable orfebrería verbal y por pintar su aldea para ser universal –como proponía Tolstoi-.
Hombre de paradojas, su excelente memoria se ha visto mermada en los últimos años, como reveló su biógrafo Gerald Martin. En palabras del joven crítico literario mexicano Javier Munguía, “lo ataca la peste del olvido, como a los macondinos”.
Conmueve saberlo frágil, por su avanzada edad y deteriorada salud. Sin embargo, en los innumerables lectores que ha sabido ganarse alrededor del mundo radica la universalidad de su obra, la importancia de su persona y el justo homenaje que se le rinde en estas páginas.
Elena Méndez

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Gene H. Bell Villada,
García Márquez, el hombre y su obra
(Título original: Garcia Marquez, the man and his work),
Traducción: Karla Lucía Otero Fernández,
Col. No Ficción-Crónica,
Ediciones B,
México, 2012,
520 pp.

RECONOCER LA GRANDEZA: NOBLEZA OBLIGA. SEMBLANZAS, RECUERDOS, LECTURAS, DE JOSÉ WOLDENBERG


“Nobleza obliga” es una antigua expresión francesa, definida en el Dictionnaire de l’Académie française como: “1. Quien se clame a sí como noble, debe conducirse a sí mismo como un/una noble. 2.-(Figurativo) Se debe actuar de una manera que sea de acuerdo la posición de uno, y de acuerdo a la reputación que uno ha ganado.”
José Woldenberg (Monterrey, 1952) se apropia de dicha expresión para titular su nuevo libro,  Nobleza obliga. Semblanzas, recuerdos, lecturas (Cal y Arena, 2011).
Aunque el autor considera que dicha frase es “arcaica y cursi”, ser agradecido nunca pasa de moda; y así, su nobleza le obliga a compilar una serie de homenajes a “políticos, escritores, cineastas, académicos (…) a los que mucho debo” (p. 11) como señala en su texto introductorio “Menos que un prólogo”.
Estos artículos y notas aparecieron en el diario de circulación nacional Reforma entre 2004 y 2011, así como en otras publicaciones renombradas.
Los 46 textos se dividen en tres apartados: “Historias del sueño democrático”, “Islas de raíz lectora” y “Memorias de la luz y de la sombra” –dedicados a la política, la literatura y el cine, respectivamente-.





En el primer apartado destacan los textos dedicados a los extintos Carlos Castillo Peraza, Octavio Paz y Miguel Ángel Granados Chapa.
Sobre el eminente panista, Woldenberg reconoce que éste lo propuso para ser Consejero Ciudadano del Instituto Federal Electoral (IFE), cuya presidencia ostentó entre 1996 y 2003. Pese a tan inesperado respaldo, afirma: “nunca recibí presiones o insinuaciones para actuar de manera facciosa”. (p. 32)
Del Nobel mexicano sostiene que “asumió a la izquierda como a su sombra, y la izquierda como una conciencia crítica incómoda, pero productiva” (p.119).
Respecto al afamado periodista hidalguense, refiere que la participación de éste en el IFE resultó muy valiosa gracias a “su experiencia política, su sentido de la responsabilidad, su madurez, su conocimiento de las rutinas y rituales de la vida política nacional, su lectura de la legislación y su sentido, ayudaron a elevar la mira y a salir airosos del compromiso contraído”. (p. 94).
En el segundo apartado resultan dignos de mencionarse las notas consagradas a Carlos Monsiváis, William Styron, Mario Vargas Llosa, Eliseo Alberto y Francisco Umbral.
Del llorado cronista elogia “su forma única de contar –deslumbrante, abigarrada, sugerente, provocadora [que] se convirtió en un talante imitado por muchos y en un referente obligado” (p. 127).
Styron es recordado por la terrible depresión que padeció durante toda su vida, misma que trató de paliar mediante su dipsomanía y tratamientos médicos inadecuados. No obstante, logró sobrellevar sus ideas suicidas y encontrar la atención que merecía. El testimonio de tan devastadora experiencia sería plasmado en su ensayo Esa visible oscuridad, memoria de la locura.
Al Nobel peruano le llama “un fantástico contador de historias”; y, en cuanto a su ideario político, lo define como “un liberal capaz de defender con elocuencia y maestría la expansión de las libertades individuales frente a la tradición, la Iglesia o los resortes conservadores” (p. 199).
Por otro lado, las líneas dedicadas al cubano resultan sobrecogedoras. En ella, se relata la vivencia que diera origen al libro Informe contra mí mismo: la delación forzada a la que le conminaron cuando participó en la milicia: “Necesitamos que nos mantengas al tanto de lo que se habla en tu casa” (p. 205). Tras semejante despropósito, confiesa: “amanecí 200 años más viejo” (p. 206), y decide renunciar a su cargo.
Del español ensalza su estilo “arrogante, impertinente, juguetón, entregado a los giros del lenguaje, a la explotación intensiva del idioma” (p. 209). A tal grado lo hacía, que, según la aseveración de Woldenberg: “Escribía por el gusto de joder al prójimo” (p. 210).
Nobleza obliga: Un verdadero reconocimiento a la grandeza.

Elena Méndez

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José Woldenberg,
Nobleza obliga. Semblanzas, recuerdos, lecturas.
Cal y Arena,
México, 2011,
268 pp.

HALLAZGO SARAMAGUIANO: CLARABOYA, DE JOSÉ SARAMAGO



José Saramago,
Claraboya (título original: Claraboia),
Traducción: Pilar del Río,
Alfaguara,
México, 2012,
424 pp.

Para los seguidores de un autor de culto, siempre resultará interesante el hallazgo de algún inédito, en particular si el artífice del mismo ha fallecido, por brindarle una nueva arista de su obra. “Inédito póstumo”, sin embargo, es una etiqueta rechazada por Pilar del Río, compañera de vida de José Saramago (Azinhaga, 1922-Tías, 2010), quien ha traducido al español las obras del desaparecido escritor, cuyo segundo aniversario de fallecimiento será este próximo 18 de junio.
Saramago, singular hasta la médula, tuvo su propia forma de morir, como afirma su pareja: “Morir es haber estado, no estar y luego publicar un libro”.
Claraboya, la más reciente obra del Nobel portugués, ha resultado toda una sorpresa para sus lectores. Publicada originalmente en portugués por Editorial Caminho, ahora se encuentra disponible para los hispanoparlantes gracias a Alfaguara.
Con esta novela culmina toda una odisea, iniciada en 1953, cuando un jovencísimo Saramago la confió para su dictaminación a una editorial que la “transpapeló” alegremente, sin contar con la zozobra que ello le produciría: “un silencio doloroso, imborrable y de décadas”, admite del Río.
Saramago, amante de sorprender, sería el primer sorprendido al recibir en 1989 la tardía llamada de dicha editorial, donde se le aseguraba que “sería un honor publicar el manuscrito encontrado en una mudanza de las instalaciones”, a lo cual el lusitano se negó, prefiriendo rescatarlo, rehusando difundirlo mientras estuviese con vida.
Claraboya, según del Río, constituye una “novela de personajes”. El autor hace una alegoría de la Lisboa pacata de los años cuarenta, centrándose en un condominio de tantos, donde la rutina soporífera esconde, sin embargo, una bomba a punto de estallar.
Ahí, “la familia no es sinónimo de hogar, sino de infierno”, asevera la traductora. Hay entonces, seis pequeños infiernos, con sus respectivos dramas: el de Lidia, mantenida treintañera que se ve súbitamente desterrada del afecto del señor Morais, ilusionado con una chiquilla, la sobreprotegida Claudiña; el ensueño sáfico de Isaura, del que ninguno sospecha; el amargo desamor de Carmen y Emilio, quienes toman como rehén de su fracaso al pequeño Enrique; el profundo aborrecimiento entre Justina y Caetano, individuo hipersexuado que se empeña en nulificar como mujer a su esposa, a la cual, paradójicamente, le teme.
Acaso los personajes más luminosos sean Silvestre, el viejo zapatero, filósofo nato; su esposa Mariana, aun enamorados después de treinta años juntos; y Abel, el nuevo inquilino, a quien estos alquilan una habitación. Este joven llegará, sin saberlo, a trastocarlo todo.
Un omnipresente tedio –“el oscuro enemigo que nos roe el corazón”,  Baudelaire dixit- envuelve esta atmósfera plagada de frustración, mediocridad, hipocresía, odio. Llena del desasosiego pessoano, tan bien descrito por Abel en una de sus lúcidas disertaciones metafísicas con su casero, de quien se vuelve amigo: “-¿Quiere verme con un empleo fijo donde tenga que yacer toda la vida? ¿Quiere verme agarrado a una mujer? ¿Quiere verme haciendo la vida de todo el mundo?” (p. 223).
Pese a la juventud del autor, se ven ya claramente volcadas las obsesiones que permearían su obra: el pesimismo, la feroz crítica  a un sistema cada vez más deshumanizado, la rebeldía ante una sociedad que se escandaliza ante el voluntario desarraigo -como el personificado por el joven Abel, que a sus 28 años es definido como “inútil”, por el zapatero, que niega, no obstante, sentirse superior a él-.

Esta vida, tan semejante a un estercolero –como termina admitiendo Silvestre- se transformaría “con un amor lúcido y activo, un amor que venza el odio”. (p. 409). Utopía, sin duda, como se lo hace ver el joven.
Coincido con doña Pilar del Río en que “Claraboya es el regalo que los lectores de Saramago se merecían”.
Elena Méndez

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José Saramago,
Claraboya (título original: Claraboia),
Traducción: Pilar del Río,
Alfaguara,
México, 2012,
424 pp.