Buscar neste blog

luns, 26 de maio de 2014

PERPETUO INCENDIO: LOS DÍAS QUE NO SE NOMBRAN, DE JOSÉ EMILIO PACHECO



José Emilio Pacheco gozó en vida de ser profeta en su tierra y en otras tierras. Cinco años antes de su muerte recibió los dos máximos galardones literarios en lengua española: el Reina Sofía y el Cervantes.
De manera póstuma, se publica Los días que no se nombran (Ediciones Era/El Colegio Nacional/UNAM, 2014), donde se reúnen 350 textos, pertenecientes a trece títulos, escritos a lo largo de 52 años.
El volumen contó con la colaboración de Jorge Fernández Granados, quien también hizo un esclarecedor prólogo, bastante útil para los legos, ya que en él revela las claves que conforman la lírica de Pacheco. Por citar algunas: su lúcido pesimismo, la ironía, la alegoría, la fábula, la despersonificación.
Hombre de gran memoria, obsesionado con el tiempo, Pacheco realiza un “drama en géneros”, a decir del prologuista, por la habilidad con que entrelaza distintos géneros literarios en su obra, sin sonar jamás rebuscado o pretencioso.
Y es que sólo ambicionaba “el testimonio del momento inasible/las palabras que dicta su fluir el tiempo en vuelo” (p.74).
Pacheco llora las ruinas de su ciudad amada, ora Tenochtitlan, ora capital de la Nueva España, ora simplemente México, devastada por la codicia o por la furia telúrica.
Cito una estrofa del monumental poema “III”, donde la nostalgia se confunde con la rabia: “La ciudad en estos años cambió tanto que ya no es mi ciudad, su resonancia/de bóvedas en ecos./ Y sus pasos ya nunca volverán.” (p.25).
Hay un continuo reflexionar sobre el oficio poético, así como una postura antisolemne sobre sus protocolos.
Para Pacheco, “La poesía tiene una sola realidad: el sufrimiento” (p.45). Y así, en “Contra los recitales”, explica por qué descree de los mismos: “Si leo mis poemas en público/le quito su único sentido a la poesía/hacer que mis palabras sean tu voz,/por un instante al menos” (p.75).
Pacheco depuró tanto su poesía que fue capaz de hacer textos de una o dos líneas: es el caso de “Sor Juana” y “Alabanza”. Cito ambos: El primero dice: “Es la llama trémula/en la noche de piedra del Virreinato” (p.88). Imagen que resume la esencia de la Décima Musa. Y el segundo: “En silencio la rosa habla de ti” (p.228), donde se infiere, por el título, que va dedicado a una persona amada.
El autor se sirve de la naturaleza para alegorizar la existencia humana. En ello, su poesía recuerda a la de Eduardo Lizalde. Cito un fragmento de “Filozoofía”: “El halcón sólo sabe dar muerte. Debe su orgullo al sentirse del lado del poder, entre los vencedores. Seguro de cómo funciona el mundo y de quiénes ganan las guerras, el halcón me observa, me desprecia y alza el vuelo” (p.346).
Otra alegoría destacable es “Circo de noche”, donde una serie de personajes esperpénticos encarnan lo más abyecto, aquello que pretende ocultarse y al mismo tiempo es objeto de morbo. Cito: “Todas las dinastías imperiales/tienen fieros palacios, hondas prisiones/para aquellos que son de nuestra especie” (p.250); “Mírense en el espejo: llevan muy dentro/lo mismo que en nosotros se hace visible.// Ustedes son para nosotros fenómenos./ Ustedes son los monstruos de los monstruos” (p.253).
Pacheco retoma pasajes bíblicos, como los de Caín y del rey David y la Sunamita, respectivamente. En este último poema, hace hablar al legendario monarca, decrépito e inmerso en la melancolía: “Se han olvidado mis salmos/y mi salterio está cubierto de polvo.// Es mejor que te vayas, Abisag./ Déjame a solas con la muerte” (p.208).
Coexiste, aquí, lo efímero y lo indeleble: “Mañana/ya no habrá rosas/pero en la memoria/continuará su incendio” (p.190).
Pacheco temía el olvido que llega con la muerte: “Un día que ya figura en el calendario/alguien también cancelará mi nombre” (p.289). Mas todo lo contrario ha ocurrido: en nuestra memoria florecen sus palabras ardientes.
Elena Méndez

____

José Emilio Pacheco,
Los días que no se nombran. Antología personal/1958-2010,
Col. Biblioteca Era,
Ediciones Era/El Colegio Nacional/UNAM,
México, 2014,
440 pp.
 

mércores, 14 de maio de 2014

RECORDAR EL ORIGEN: PADRE Y MEMORIA, DE FEDERICO CAMPBELL



Federico Campbell dejó un libro póstumo para regocijo de sus lectores: Padre y memoria (Océano, 2014), publicado originalmente por Ediciones Sin Nombre en 2009.
El título recopila 51 gozosos ensayos donde se diserta sobre la relación de un puñado de famosos escritores con sus padres. Asimismo, habla acerca del vínculo entre las neurociencias y la literatura, los sentidos y la memoria.
Si el padre otorga el germen de vida, eso lo convierte en creador. Y la memoria nos vuelve personas, nos crea. Y la literatura, obra de la memoria, es la creación por excelencia. Entonces Campbell, en este libro, a final de cuentas siempre acaba hablando de la creación, implícita o explícitamente.
En una entrevista que me concedió el autor a fines del 2008, me respondió, al cuestionarlo sobre la memoria: “la memoria es nuestra identidad personal (…) pienso que en la capacidad distorsionadora reside el secreto de la creación literaria”.
Ideas desarrolladas ampliamente, claro, en este libro, donde concede brillantísimas páginas a autores como Borges, Cervantes y Rulfo. A este último lo conoció personalmente. De él asevera: “Rulfo era la literatura misma” (p. 77); conclusión a la que llega porque “tuvo que morir (…) para que en retrospectiva me empezara yo a dar cuenta de que su hablar era su escribir y de que, por tanto, nunca dejó de escribir (…)” (p. 258).
Para el tijuanense, “Borges tenía un número finito de temas y obsesiones” (p. 169). Y uno de ellos era, precisamente, la memoria, al que consagró estupendos cuentos, como “Funes el memorioso”, y “La memoria de Shakespeare”, en los que una memoria privilegiada torna nefasta la existencia de sus poseedores.
Mientras que en Cervantes –sostiene- “es tal la libertad de su inventiva que se permitió todo género de digresiones y de ‘novelas dentro de la novela’ ” (p. 114).  En el Quijote “don Alonso Quijano está jugando a ser otro, el caballero andante (…) se hace pasar por loco porque se está entregando a la fantasía que anhelan todos los hombres y por el deseo de vivir otras vidas” (p. 116).
En el texto “Entre la ciencia y la literatura” Campbell afirma: “Una de las cosas que más me han fascinado de las neurociencias en los últimos años es que de pronto un descubrimiento conseguido en el campo de la neurobiología ya había sido entrevisto por la literatura” (p. 69). Cita el caso del neurólogo inglés Oliver Sacks, quien “se mueve dentro de lo mismo que siempre ha llamado la atención de los escritores: la experiencia y la memoria, la percepción y la distorsión del tiempo y del espacio” (p. 82). Añade que sus ‘neurohistorias’ poseen “una amenidad disfrutable por cualquier lector no especializado” (p. 83).
El propio Sacks explica que “toda percepción es una creación, toda memoria una recreación: el hecho de recordar no es sino relacionar, generalizar, categorizar” (p. 83).
Tarea en la que Proust era un experto: “no es extraño que neurólogos como Gerald Edelman o Israel Rosenfield reconozcan que Marcel Proust fue quien mejor llegó a imaginar cómo se mueve la memoria” (p. 91); esto, debido a que “intuyó cómo funciona la memoria y altera –o colorea de  otra manera- la materia recordada” (p. 94). Para Campbell, el secreto del novelista francés consiste “en que para recordar algo tenemos que recordarlo mal. Luego está la función del olvido, indispensable para pensar. Para editar el pensamiento. Olvidar es tan importante como recordar” (p. 96).
En cuanto al tópico paternidad-literatura, atisba una iluminación, que bien puede resumir la esencia de la obra: “A lo largo de la vida uno emprende –como Juan Preciado que se dirige a Comala para encontrar a Pedro Páramo- la búsqueda del padre, pero más o menos a la mitad del camino de la vida uno recrea, reconstruye al padre que le faltó. Tal vez la escritura no sea sino un esfuerzo por resarcir la figura del padre perdido” (p. 42).

Elena Méndez
____


Federico Campbell,
Padre y memoria,
Editorial Océano,
Col. Océano Exprés,
México, 2014,
280 pp.