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domingo, 11 de novembro de 2012

INSTANTES ETERNOS: RETRATOS EN EL TIEMPO, DE CARLOS FUENTES Y CARLOS FUENTES LEMUS



Carlos Fuentes no sólo fue un gran escritor y un acertado diplomático, sino también alguien que sabía valorar la amistad. El respeto, la mutua admiración y la complicidad creativa con sus afectos resultan un deleite para el lector que acude a las páginas de Retratos en el tiempo (Alfaguara, 2012), libro de semblanzas, hecho en colaboración con su hijo Carlos Fuentes Lemus, malogrado joven cuyo talento artístico abarcaba la poesía, la pintura y la fotografía.
El volumen, que se publicó originalmente en 1998, posee un formato similar al de los catálogos de arte. Contiene 25 semblanzas de personajes célebres, retratados espléndidamente en blanco y negro entre 1988 y 1992.
Tomás Eloy Martínez asevera en su elogioso prólogo: “(…) el padre y el hijo repiten la realidad cada cual a su manera, recuperan ese pasado-en-sí con el que tanto soñaba Proust, y convierten la experiencia fugaz de tener este libro entre las manos en una ceremonia inolvidable, hecha de amor, de felicidad y belleza” (p. 15).
La semblanza inaugural es la dedicada a Gabriel García Márquez, a quien el mexicano se le adelantó en el camino a la eternidad. Con él, compartió experiencias en el guionismo cinematográfico, la prohibición gubernamental para viajar a Estados Unidos, el rescate de un personaje extraviado e innumerables corridos interpretados al alimón.
Sobre Harold Pinter, apunta: “Vivimos en un mundo que teme al Otro. Pinter radicaliza esta situación. No hay Otro más temible, intruso, que el extranjero que llevamos dentro, el Otro de nuestra propia sociedad, de nuestra propia familia, de nuestra propia intimidad (…)” (p. 51).
También hay presencias fugaces, como al toparse en Frankfurt con el insuperable boxeador Muhammad Ali: “El tamaño, la fuerza, el poder de este hombre, en un encuentro tan accidental y breve, me resultan hasta el día de hoy impresionantes”. Mientras que al pugilista lo que le deslumbró del autor y sus acompañantes fue su porte elegante, que Fuentes justificó alegando: “Es que somos mexicanos” (p. 57).
A Lola Beltrán, a quien conoció en un festejo del pintor José Luis Cuevas, la contempló: “Con los ojos cerrados, perdida en su canción, perdida por su canción como si en vez de cantar, soñara”. Sin que ella supiera en esa ensoñación musical que “en las lúgubres fábricas de la industria pesada en Nowa Huta, Polonia, o en Bratislava, Eslovaquia, los sistemas de altoparlantes tocaban todo el día Cucurrucucú Paloma (…), para aliviar el tedio de los obreros. Nadie sabe para quién canta” (p. 61).
De la Primera Dama norteamericana Jacqueline Kennedy, asegura que en ella: “(…) el silencio era un atributo del interés y del afecto: yo no he conocido a una mujer que preste una atención mayor a lo que dice un hombre”.
Afirma acerca de Susan Sontag: “Su inteligencia no sólo me deslumbró. Me intimidó. (…) Rara vez me sucede que no me atreva a decir palabra por temor a externar una estupidez. Susan me paraliza en este sentido” (p. 95).
Del Nobel alemán Günter Grass refiere que su ópera prima, El tambor de hojalata, era una lectura vedada al público infantil. “Qué ironía; un libro visto por un niño, Oscar Matzerath, es prohibido para todos los demás niños (…) ¿Qué vio ese niño que se niega a crecer? Vio a un país, Alemania, pero lo vio como ese país no quería ser visto (…) El niño vio que el nazismo no fue un misterio, no ocurrió de noche. Ocurrió de día y todo el mundo lo sabía” (p. 124).
El libro cierra con unas líneas dedicadas a la encantadora actriz Audrey Hepburn, de quien tanto el Fuentes mayor como el joven estuvieron eternamente enamorados: “(…) permanece siempre en el plano ideal, enamorada sin tiempo, perfección encarnada, deseo inalcanzable y puro.” Más aún, considera que poseía “la gracia de un hada”. (p. 137).
Retratos en el tiempo: Una nostalgia gozosa, compuesta por instantes eternos.

Elena Méndez
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Carlos Fuentes (texto) y Carlos Fuentes Lemus (fotografías),
Retratos en el tiempo,
Alfaguara,
México, 2012,
144 pp.
 



sábado, 10 de novembro de 2012

TRAGEDIA INTERMINABLE: LEVANTONES. HISTORIAS REALES DE DESAPARECIDOS Y VÍCTIMAS DEL NARCO, DE JAVIER VALDEZ CÁRDENAS



Javier Valdez Cárdenas (Culiacán, 1967) se ha caracterizado por  humanizar a las víctimas del narcotráfico. Esas que de manera tan insensible llamó el Mandatario mexicano “daños colaterales”, de la absurda guerra que emprendió para legitimarse a los ojos del pueblo.
El periodista sinaloense, corresponsal del diario La Jornada y reportero fundador del semanario RíoDoce, fue reconocido en 2011 con el premio Maria Moors Cabot por la Universidad de Columbia, “por su valiente cobertura del narco y ponerle nombre y rostro a las víctimas”.
En Levantones. Historias reales de desaparecidos y víctimas del narco (Aguilar, 2012), el autor compila 33 crónicas estremecedoras donde se registra la desventura de dichos personajes: el que siembra la mota, el que la vende, el que la consume. El de la madre buscando al hijo del que ya nada sabe. El de la buchona que ha conocido el vértigo junto a su amante sicario. El del muchachito confundido con el maleante que debe morir.
Como se explica en el prólogo: “El narco arrasa con todo. Con la siembra de la droga también siembra la violencia, las ejecuciones de inocentes, las venganzas más atroces, el dolor más cabrón que el ser humano puede soportar: si el hecho de tener un ser querido asesinado es una astilla feroz en el alma, no saber si está vivo es una pesadilla con ojos abiertos, una amargura cotidiana que atenaza”. (p. 15)
En la capital sinaloense, considerada la cuna del narcotráfico por antonomasia, ocurren gran parte de los casos que el autor registra. La violencia no discrimina; ya resulta ingenuo asegurar aquello de “el que nada debe, nada teme”, porque ya miles la han pagado, debiéndola o sin deberla. Y sus restos no hallan la paz ni un refugio decoroso porque aparecen vueltos cachitos, tirados en lotes baldíos, o son confiscados de la morgue.
“En Culiacán y en otras ciudades manchadas por la violencia generada del narcotráfico, desaparecer es no existir: morir es una delicia frente a esta cada vez más generalizada práctica, igualmente macabra y criminal, de privar de la libertad a una persona, de desaparecerla” (p. 73) refiere el periodista en su texto “Se vende cadáver”, donde se relata el caso de Eloísa Pérez Cibrián, quien tiene dos años buscando a su joven hijo albañil, que nunca anduvo “chueco”, que quería ser abogado y lloró cuando le anunciaron, al terminar la secundaria, que ya no había para pagarle los estudios.
El título alude a que  “personal del Servicio Médico Forense recibe hasta dieciséis mil pesos mensuales a cambio de favores a las empresas funerarias de Culiacán y diez mil pesos por entrega rápida de cadáveres, de acuerdo con investigaciones que al interior ha realizado personal adscrito al despacho del Procurador General de Justicia del Estado” (p. 82).
Numerosos jóvenes acuden a esta industria ilegal por hambre, por ambición, o por querer sentir el vértigo de empuñar una pistola, de tener una existencia alucinante, sin importar el abrupto final. Como El G, quien declaró antes de morir que era “insoportable” llevar dos semanas sin cometer asesinatos.
Los matones, al verse inactivos, roban, asaltan, secuestran, envalentonados por la adrenalina y los enervantes. Como declara un menor que quiere dejar el negocio: “(…) a los plebes les basta con que les den carro y charola, o sea una clave para salir de broncas, y con eso son felices… el dinero ahí se la averiguan cómo le hacen para obtenerlo” (p. 152). Otro chico declara que “los sicarios aceptan pagos de quinientos pesos y un poco de mariguana por matar a alguien” (p. 156).
Con este nuevo libro, Valdez Cárdenas sigue oponiéndose al “ejecutómetro”, que “ha contribuido a insensibilizar, porque es un tratamiento frívolo, irresponsable e irrespetuoso, sobre todo respecto a las víctimas”, como él mismo declarara en entrevista conmigo acerca de su obra anterior, Los morros del narco.
Elena Méndez

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Javier Valdez Cárdenas,
Levantones. Historias reales de
desaparecidos y víctimas del narco,
Aguilar,
México, 2012,
304 pp.
 









sábado, 3 de novembro de 2012

SUMISA REBELDÍA: PERRA BRAVA, DE ORFA ALARCÓN


El narcotráfico es una industria ilegal predominantemente masculina, si bien a últimas fechas las mujeres han ido cobrando importancia dentro de ella, ya sea de manera activa, al involucrarse dentro del negocio, o bien indirectamente, al ser parejas de los capos, quienes suelen ostentarlas como objetos de lujo, manipulables y prescindibles a voluntad.
Una de esas “buchonas” (como se les denomina a esta clase de mujeres: jóvenes, bellas, desinhibidas, osadas) es Fernanda Salas, protagonista de la novela Perra brava, ópera prima de la regiomontana Orfa Alarcón.
Fernanda, joven universitaria originaria de Monterrey, narra su propia historia, conmovedora y jocosa a la vez, inmersa en una violencia que no por cotidiana resulta normal: huérfana desde la infancia luego de que su padre ultimara a su madre, se enrola ya en sus veintitantos con Julio Cortés, un sicario con quien vive en amasiato. Como ella misma dice: “(…) yo no había sido niña a los seis años desperté y ya era grande y ya sabía del infierno y de la sangre y cuando abrí los ojos estaba Julio y sus ganas de matar nunca me intimidaron porque yo siempre quise morirme por eso había acomodado mi cuello entre sus dientes (p. 58).”
Como toda perra brava que se precie de serlo, ella ladra, muerde, devora, descuartiza, marca su territorio, arrebata. Aunque se halla permanentemente custodiada por los Cabrones (a quienes el periodista Diego Enrique Osorno identifica con los Zetas), ella se las ingenia para darse sus escapadas, inocentes o no, para comprobarse a sí misma que todavía tiene un poquito de independencia.
Fernanda, “animal hostil”, lo mismo es capaz de inculparse ante la justicia al sembrársele pruebas que de amedrentar en el tráfico a una señora, por puro gusto; de temer por su hermana y por su pequeña sobrina-su única familia- que de sentir un deseo irreprimible por vengarse del padre, a quien manda “levantar” sin mayores contemplaciones; de venerar a su amante que de dañarlo en lo que más quiere, al sentirse afectada en sus intereses.
Sumisa y rebelde, lúcida y desquiciada, ella está convencida de que “No hay redención, la muerte nos persigue, es inútil esperar que no lo haga: sólo podemos rogarle que al final no juegue mucho con nosotros, que sea certera y nos haga caer a sus pies de un solo golpe (p. 181)”.
Sin embargo, esta novela, pese a las tragedias que Fernanda sufre o provoca, dista de ser un drama, como bien apunta su autora. La obra, estructurada en capítulos cortos, alterna las atrocidades, las cachondeces, los breves instantes de paz con las reflexiones nostálgicas, casi líricas, que la chica tiene en soledad.
Otros méritos a destacar son los diálogos verosímiles, el ritmo ágil de la trama y la intensa labor de investigación que durante tres años realizó la autora, en los cuales se empapó de la “actitud buchona”, aparentemente tan graciosa pero cuyos íntimos dolores todos ignoran…
Elena Méndez
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Orfa Alarcón,
Perra brava,
Planeta,
México, 2010,
204 pp.