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luns, 21 de marzo de 2011

INSTANTES DEL SER: TODO AQUÍ ES POLVO, DE ESTHER SELIGSON

Esther Seligson (Ciudad de México, 1941-2010) fue una pensadora universal: lo mismo abordó la literatura desde la narrativa, que desde el teatro, la poesía, la crítica o el ensayo.

Su mirada parecía abarcar todas las culturas, todos los tiempos. Sucumbió a la tentación de redactar –al igual que tantos otros afamados escritores- sus memorias, publicadas de manera póstuma en Todo aquí es polvo (Bruguera, 2010).

Seligson, célebre traductora, se traduce a sí misma: eterna niña olorosa a nata fresca, evoca recuerdos de su familia judía, no siempre gratos: pinta a su padre lleno de fatal encono hacia la madre, por haber perdido la doncellez antes del matrimonio –en circunstancias harto vergonzosas-; y a su única hermana, como un personaje díscolo, siempre culpándola de cualquier travesura nimia, hecha al alimón, para salir indemne.

Amante de los “instants of being”- noción creada por Woolf-, más que de un cuarto propio, se hizo junto con su hermana de un país, Graishland, “donde pasado, presente y futuro se acomodaban a nuestras expectativas y deseos” (p. 75).

Su ambivalente relación fraternal llega a dolorosos extremos, como cuando Esther es culpada de que Adrián, su primogénito, se hubiese suicidado –herida nunca cicatrizada-.

En cuanto a lo sentimental, refiere: “(…) de amores no carecí, pues amada fui e inmensamente amé, además de la pasión singular que tengo por mi soledad, los rumores de su silencio preñado de semillas que alimentan generosas mis cotidianos quehaceres”. (p. 127).

Su erudición avasallante disertó también sobre el semitismo: “Un judío, nacido judío, no deja nunca de ser Judío. Si se convierte al Islam es para poder despreciar olímpicamente sin restricción alguna a quienes antes lo despreciaron; si es al catolicismo es para purgar su necesidad de sentirse humillado (que no humilde); si es al protestantismo es para dejar de preocuparse por la ‘identidad’ y asumir cualquier fanatismo; si se hace ateo, es por comodidad; en el budismo se reconcilia con la omnicosmicidad bondadosa y femenina que al excesivo rigor del Jehová ortodoxo le falta; pero si se hace budista Zen, es justo para llevar ese rigor hasta sus últimas consecuencias de abstracción; un judío taoísta es un utópico a ultranza, mientras que el hinduismo le provee de los ingredientes de imaginación, leyendas y fantasías eróticas carentes en la ortodoxia judía. En cambio (…) nadie que no sea judío, nacido judío, puede convertirse al judaísmo o hacerse judío, con todo y los rituales por los que se obliga a pasar, circuncisión incluida, pues siempre cometerá ‘perjurio’, cuando en el rezo apele al Dios de sus padres y de los padres de sus padres, el Dios de Abraham, Isaac y Jacob. Y no es un asunto de racismo dado que yo me dejé seducir por el budismo tibetano y no por ello me siento menos judía cuando entro a la sinagoga en el Yom Kipur”. (p. 156)

Respecto a su nomadismo irredento, la autora apunta: “La verdad, es que, con lo desgarrador que puede ser cada partida, no me cuesta desprenderme de los lugares que amo y en los que invariablemente juro quedarme ‘para siempre’, porque de hecho me quedo, se queda una de las pieles de esa Esther nómada como si dejara sembrado el cordón umbilical de cada parto, pues partos se diría que son, que han sido, cada uno de mis viajes esa imperiosa obediencia a un oscuro y preciso llamado: ‘Vete de tu país y de tu patria y de tu casa paterna’, encamínate fuera y más allá de cualquier arraigo, así sea tu tierra natal, tu lugar de origen, el sitio de tu querencia, tu entorno social, tu parentela, tus amistades” (p. 168).

Seligson entró al “mar infinitamente poroso, azul zafiro brillante, translúcido” (p. 206) de la muerte en febrero del año pasado. Nadie mejor que ella podría afirmar, como lo hiciera Elena Garro, desde su abismo poblado de letras: “Yo sólo soy memoria y la memoria que de mí se tenga”.

Elena Méndez

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Esther Seligson,

Todo aquí es polvo,

Col. Narrativa,

Bruguera,

México, 2010,

206 pp.


SARAMAGO DESCIFRADO: JOSÉ SARAMAGO EN SUS PALABRAS, DE FERNANDO GÓMEZ AGUILERA

José Saramago (Azinhaga, 1922-Tías, 2010) fue un intelectual combativo, tanto desde sus polémicos libros como desde las opiniones que lanzaba respecto a los más diversos asuntos, especialmente relacionados con la política internacional, cuyas atrocidades repudiaba públicamente.

Su reciente fallecimiento causó en sus seguidores un sentimiento de orfandad, un desasosiego aún mayor al que solía provocar mediante sus invectivas ante la putrefacción del sistema y las incongruencias del ser humano.

Fernando Gómez Aguilera, en su libro José Saramago en sus palabras, compila una serie de declaraciones del extinto Premio Nobel de Literatura 1998, englobadas en 34 entradas, divididas en tres apartados: “Quien se llama José Saramago”, “Por el hecho de ser escritor” y “El ciudadano que soy”. En ellos, se abarcan aspectos de su intimidad, su oficio y reflexiones sobre temas como religión, gobierno, prensa, etc., difundidos en numerosas fuentes durante tres décadas.

Así, resulta curioso enterarse de que el apellido del portugués constituía un seudónimo involuntario, al serle impuesto por un funcionario del registro civil de su pueblo. “Saramago”, era el mote familiar, que se añadió a su nombre real, José de Sousa. El apodo de marras es una florecilla silvestre de cuatro pétalos, lo cual resulta harto simbólico en alguien cuya vida giró alrededor de cuatro puntos cardinales: “Azinhaga (…) donde nací; Lisboa, donde viví; Lavre, donde me encontré realmente como escritor y donde empecé a conquistar el Nobel; y Lanzarote, la isla en la que actualmente resido” (p. 51).

Saramago se consagró a la literatura a partir de los 53 años, tras ser acusado de “contrarrevolucionario” en el diario donde trabajaba. Hecho que asumió con ecuanimidad, al ejercer exitosamente su vocación creadora.

Concebía a la novela como un “lugar de pensamiento” (p. 278). En ella, privilegiaba a la alegoría, figura “llega cuando describir la realidad ya no sirve” (p. 330). Algunas obras donde se vale de ésta son Las intermitencias de la muerte, Ensayo sobre la ceguera, Ensayo sobre la lucidez y La balsa de piedra.

Poseedor de un gran interés en la Historia, coincidía con Benedetto Croce, quien sostenía: “Toda la Historia es Historia contemporánea”. Empero, abominaba de la novela histórica, pues: “No se trata de regresar a la novela histórica, sino de introducir la novela en la Historia” (p. 276).

Sobre sus recios personajes femeninos, afirmaba: “la mujer es la parte de la humanidad en la que todavía tengo esperanzas” (p. 295).

Voltaireano irredento, sentía un “horror visceral a la demagogia” (p. 37); consideraba que “la ética debe dominar la razón” (p. 126); pensaba que “Dios es el político que no escatima medios para alcanzar sus fines” (p. 325) y concebía a su obra como una “reflexión sobre el error” (p. 343).

Melancólico perenne, confesó haber atravesado el pasillo más solitario de su vida al anunciársele la obtención del Nobel en el aeropuerto de Frankfurt, instante que desearía haber vivido junto a su compañera, Pilar del Río, por quien hizo parar todos los relojes del hogar a las 16:00 horas, cuando se citaron por primera vez.

Saramago estableció una gran comunión con sus lectores: “Creo que el afecto (…) que me profesan descansa en el hecho de que saben o intuyen que no estoy engañándoles, ni cuando escribo, ni cuando hablo” (p. 365). Más aún, aseveraba: “el lector también escribe el libro cuando el sentido penetra en él, cuando lo interroga” (p. 362).

Escéptico sin tregua, deploraba: “El modelo comunista ha fallado”; “la globalización está añadiendo miseria a la miseria, hambre al hambre, explotación a la explotación” (p. 483); “La prensa es un peligro. Sobre todo cuando no entiende aquello que se le dice” (p. 493).

Saramago queda descifrado en estas páginas, un homenaje sublime a su memoria.

Elena Méndez

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Fernando Gómez Aguilera (Edición y selección),

José Saramago en sus palabras,

Col. Biblioteca Saramago,

Alfaguara,

México, 2010,

552 pp.

REVOLUCIÓN QUE DEVORA: SIGLO DE UN DÍA, DE EDUARDO LIZALDE

Eduardo Lizalde (Ciudad de México, 1929), es acaso el poeta mexicano más importante en la actualidad. Sin embargo, su faceta como narrador también es digna de destacarse. Prueba de ello es su novela Siglo de un día, que fuese originalmente por entregas en El Nacional y luego por este mismo diario en coedición con Vuelta.

Ahora, la novela aparece –reelaborada y pulida- bajo el sello de Jus, que así se une a la conmemoración del primer Centenario de la Revolución Mexicana, episodio histórico abordado en ella.

No obstante el acontecimiento que da pie a esta obra, Lizalde niega que se trate de una “novela histórica”. Más bien, retomando la idea del fallecido Luis Ignacio Helguera, se trata de un “fresco histórico-familiar; en ella, el autor realiza un ajuste de cuentas con su herencia familiar, según ha declarado.

Siglo de un día gira alrededor de la célebre Toma de Zacatecas por Francisco Villa, realizada el 23 de junio de 1914, y cómo ésta fue vivida por los habitantes de dicha región, quienes, al pasar los años, recrean obsesivamente las historias suscitadas luego de aquella batalla.

Como bien apunta el autor, la mayoría de los personajes son reales; caso de Claudio, el protagonista, que tras sus iniciales fantochadas –se disfraza de villista, lo que casi le cuesta el fusilamiento- se transforma en un verdadero revolucionario, herido de guerra y enamorado sin esperanzas.

La trama se centra en un puño de personajes emparentados o afines, como el ya citado Claudio y sus inolvidables tíos, las puritanas Elena y Luisa, el mitómano Palemón y su primo Juan Ignacio, socarrón y aficionado a la ópera.

Ambos primos pertenecen a una tertulia de sabihondos, integrada, asimismo, por don Prócoro, nostálgico del porfirismo; el Profeta, anarquista y coprolálico; y el profesor Quiroz, incansable grafómano; sus reuniones, fermentadas por el alcohol, resultan siempre polémicas, debido a sus choques ideológicos.

La Revolución no es más que un caos, según el coronel Sánchez, feroz anticarrancista: mientras “Villa anda gastándose enormes cantidades de bilimbiques que imprime sin ton ni son en Chihuahua” (p. 59), “ (….) Zapata no sueña más que en el cuento de hadas de su paraíso terrenal del sur” (p. 60).

Como refieren amargamente la tía Elena: “¡Cuándo terminará esta locura! (…) Ya no sabemos quién dirige la ciudad, ni el país… Salen los zapatistas, entran los obregonistas, se van los carrancistas para Veracruz, que viene Villa, que ya vuelve Obregón” (p. 137); y el profesor Quiroz: “(…) estamos perdiendo la comida y la fe, el cuerpo y el espíritu. El pueblo se muere de hambre, de odio y de desconfianza. Se muere de rencor…” (p. 183).

En resumidas cuentas , según la percepción popular, “Todo había ocurrido para siempre el mismo día de la maldita batalla del 23 de junio del 14, por lo visto” (p. 409).

Las diversas anécdotas, laberínticas por interminables, aderezadas convenientemente por propios y extraños, van desde lo picaresco (cuando Villa ordena el fusilamiento de los soldados briagos) hasta lo romántico (la melancolía infinita de Georgina Amparo, la pretendida de Claudio), pasando por lo realista (Silvia muere, al marcharse don Lauro) y la caballería andante (el rescate de Sobreausencia, apodada la Gorgona).

Resulta deliciosa, también, la tentativa novelística del profesor Quiroz, que hace una alegoría de los desmanes revolucionarios en el relato intercalado – a la manera cervantina- “El Pariente Herculano”, temido cacique, implacable paterfamilias; texto donde no se escapan de ser satirizados aquellos habitantes del pueblo que dan de que hablar.

Destacan, entre los aciertos de la obra, los siguientes: su exquisita polifonía, el hábil manejo temporal y el enorme bagaje documental en que está apoyada.

Por tratarse de una novela “bastante chismosa” –como señala Felipe Garrido- sus 492 páginas se leen de balazo.

Elena Méndez

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Eduardo Lizalde,

Siglo de un día,

Col. Contemporáneos,

Editorial Jus,

México, 2010,

492 pp.