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sábado, 25 de marzo de 2017

DOLOR QUE ES VIDA: EL INTÉRPRETE DEL DOLOR, DE JHUMPA LAHIRI



El intérprete del dolor, de Jhumpa Lahiri (Ediciones Salamandra, 2017) resulta una lectura demoledora. Conviene dosificarla: Incluye nueve cuentos relativamente largos donde ningún detalle resulta ocioso y en los que es imposible dejar de sentirse aludido.
Esta obra, con la que obtuvo el Premio Pulitzer de Ficción en el año 2000, ha sido alabada, entre otros, por el cineasta Pedro Almodóvar: “Historias simples y sutiles, sembradas con sentimientos inesperados, como un campo de minas”; mientras que para su colega, Amy Tan, “posee una voz inconfundible, buen ojo para los matices y oído para la ironía. Es uno de los mejores escritores de relatos que he leído”.
Nacida en Londres en 1967, de padres bengalíes, Lahiri vivió en Estados Unidos desde los dos años y nunca se sintió lo suficientemente hindú ni tampoco lo suficientemente americana.
El volumen está lleno de frases memorables: “Mi vida está formada por tal sucesión de penas que ustedes ni siquiera podrían soñarlas” (p.87), espeta Boori Ma, protagonista de “Un durwan de verdad”, cuando la cuestionan sobre sus aparentes embustes.
Desarraigados, solos, buscando una identidad que les ha sido arrebatada, padeciendo una frustración explícita o soterrada, una culpa que los rebasa, rebelándose ante lo que no pueden comprender, lastimados por sus fracasos íntimos, los personajes de Lahiri duelen en su verosimilitud.
Como Bibi Haldar, una joven ya dada por solterona, afectada por misteriosos achaques, ninguneada por sus parientes, que lamenta su suerte: “No nos engañemos: nunca me curaré, nunca me casaré” (p. 182).
Acaso los relatos más emblemáticos sobre la culpa sean “Sexy”, “El intérprete del dolor” y “Una anomalía temporal”. En los dos primeros, las protagonistas han mantenido relaciones ilícitas: Miranda no puede resistirse a un casado muy atractivo y refinado; la señora Das necesita desahogarse con el señor Kapasi, quien tal vez pueda interpretar su dolor…
En “Una anomalía temporal” Shoba y Shukumar se han dejado llevar por el tedio, el oscuro enemigo que nos roe el corazón (Baudelaire dixit), tras perder a su bebé. En penumbras, revelan sus verdades últimas, que durante meses los han atormentado…
Los personajes más desarraigados son la citada Boori Ma, que vive en condiciones precarias tras haber tenido, según ella, una vida llena de lujos; el señor Kapasi, guía turístico cuyo otro empleo, el de traducir los síntomas de los pacientes guyaratíes a un médico comunitario, le recuerda sus aspiraciones abandonadas; la señora Sen, una niñera hindú que le cuenta al pequeño Eliot sus inconformidades con la sociedad americana; el señor Pirzada, universitario cuya familia padece los estragos de la Partición; y el bibliotecario que no atraviesa uno, sino tres continentes…
El estilo de Lahiri remite al Salman Rushdie de Oriente, Occidente, cuyos personajes también se mueven en la dualidad cultural.
Lahiri recibió en 2014 por su novela La Hondonada, una de las National Medals of Arts and Humanities concedidas por Barack Obama. Uno de sus méritos, declaró, fue “iluminar la experiencia hindú-americana”. Pero no sólo eso: ilumina a sus lectores por revelarles aspectos de sí mismos que han querido mantener en la sombra. Interpreta su dolor y lo vuelve un recordatorio de que hay que vivir con eso, a pesar de eso.

Elena Méndez
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Jhumpa Lahiri,
El intérprete del dolor
(Título original: Interpreter of Maladies),
Traducción: Gemma Rovira Ortega,
Ediciones Salamandra,
Barcelona, 2017,
224 pp.
 


venres, 3 de marzo de 2017

LA PERVERSIÓN QUE NOS ACECHA: EL MONSTRUO PENTÁPODO, DE LILIANA BLUM

Liliana Blum (Durango, 1974) es una autora que se supera a sí misma en cada libro. Su novela anterior, Pandora, causó gran polémica al presentar el caso de una mujer con obesidad mórbida, que se enamora de un médico exitoso cuyo propósito en la vida es engordarla hasta el infinito.
El monstruo pentápodo causará aún mayor polémica. Si bien en ambas novelas se plantean historias de individuos con apetitos repugnantes, no es comparable el feederism con la pederastia ni con el síndrome de Estocolmo, temas principales de esta obra.
Raymundo Betancourt es un ingeniero civil durangueño que aparenta ser una persona ejemplar. Nadie podría imaginarse que, tras su bondadosa fachada, existe un depredador. Un enfermo. Alguien que, tras reprimir a duras penas su pedofilia, sea capaz de llegar a las peores bajezas y sin embargo, no logre sentirse nunca saciado. Al descubrir en sus cotidianos rondines a Cinthia, la víctima perfecta, decide que la hará suya. Lo cual, por supuesto, no es tan sencillo. Investiga todos sus movimientos. Al volver a encontrarla, lo cual toma como una señal divina, urde un plan. Y en ese plan envuelve a Aimeé, una mujer treintañera con enanismo, quien pasa de enamorada a cómplice de un criminal.
La novela está compuesta por 39 capítulos, de los cuales 8 son cartas que Aimeé escribe a Raymundo y 11 son fragmentos de un diario que la enanita lleva.
Resulta muy acertado que Blum opte por alternar a un narrador en tercera persona con los testimonios escritos de la mujer acondroplásica, ya que gracias a ellos el lector conoce mejor sus motivaciones, las circunstancias y sentimientos ambivalentes que experimenta. 
La autora sabe mantener la tensión narrativa incluso en los momentos de aparente calma; la temporalidad, aunque no es lineal, resulta fácil de hilar.
Pero el acierto principal es que su obra dista de una visión maniquea. Pues nunca se sabe realmente quiénes son los vecinos de uno o incluso, quién es uno mismo. Cómo puede reaccionar si ha estado reprimido toda la vida. Cómo puede sentirse si ha permanecido en la decadencia, el aislamiento, si carece de autoestima y de posibilidades reales, no digamos de sobresalir, sino tan sólo, de ser amado. He allí, por ejemplo la terrible paradoja de Aimeé, pues su nombre en francés significa “Amada”, justo lo que nunca ha sido. Por esa insalvable carencia termina viviendo una pesadilla.

Hay capítulos magistrales, llenos de frases dignas de subrayarse. Como el de los pensamientos suicidas que invaden a Susana, la madre de Cinthia, al pasar meses enteros sin noticias de su hija: “-Merezco morir- dijo como si alguien más estuviera en la habitación. El pensar que su niñita ya había muerto la hacía merecedora de su propia muerte” (p. 152); como el de la carta donde Aimeé reclama: “Soy un monstruo, Raymundo. Tú hiciste esto de mí” (p. 146); como aquel donde el sometimiento que Raymundo pretende de Cinthia llega a lo más aberrante y absurdo: “El miedo es una correa invisible” (p. 221); “El miedo se parece tanto a la excitación” (p. 222).
Habrá quien somatice la lectura, no sólo por los innumerables cuestionamientos éticos y morales a los que se verá sometido, sino por las descripciones tan vívidas, tan sensoriales, que se incluyen.
El monstruo pentápodo: Alegoría de la perversión que nos acecha en cada esquina, en cada ventana, en cada mirada…

Elena Méndez
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Liliana Blum,
El monstruo pentápodo,
Col. Andanzas,
Tusquets Editores,
México, 2017,
240 pp.

xoves, 2 de marzo de 2017

INFANCIA ROTA: LOS NIÑOS PERDIDOS, DE VALERIA LUISELLI



No fue la inspiración, sino la rabia y la claridad las que movieron a Valeria Luiselli (Ciudad de México, 1983) a escribir Los niños perdidos (Un ensayo en cuarenta preguntas), que es una denuncia, una protesta, acerca de las infamias sufridas por los niños centroamericanos que se ven forzados a migrar a Estados Unidos.
Este breve ensayo cuenta, asimismo, como crónica y reportaje. Editado por Sexto Piso a fines del 2016, justo cuando iniciaría la tan temida era de Trump, es un texto oportuno y bien documentado, pero sobre todo valiente, acerca del tema.
Luiselli, a la espera de la Green Card que le permitiría seguir viviendo y trabajando en Nueva York al lado de su familia, optó por presentarse como intérprete voluntaria en una corte migratoria de dicho estado: “quedó pasmada ante las noticias del incremento en el flujo de niños refugiados durante el verano del 2014” (p. 9), como bien apunta el prestigiado periodista estadounidense Jon Lee Anderson en el prólogo.
La acompañó una sobrina de 19 años. Juntas atestiguaron la frialdad burocrática y el panorama aterrador del que intentaban huir esas criaturas, víctimas de la codicia de los ‘coyotes’, de la Border Patrol, de la miseria, de una sociedad podrida.
Luiselli se nota enfurecida. Corrijo: encabronada. Y con justa razón. Registra puntualmente cada una de las cuarenta preguntas que debió efectuar a menores recelosos, angustiados, aterrorizados, que muchas veces no sabían que decir o no querían responder algo que obviamente podría perjudicarlos a ellos y a sus allegados.
La autora aporta datos duros acerca del implacable sistema migratorio estadounidense y las tragedias que tan terrible situación ha acarreado. Por citar algunos: “Más de medio millón de migrantes mexicanos y centroamericanos se montan cada año a los distintos trenes que, conjuntamente, son conocidos como La Bestia” (p. 24); “algunas fuentes estiman que desde 2006 han desaparecido más de 120 mil migrantes en su tránsito por México” (p. 27); “Los estados con mayores cifras de niños entregados a guardianes que asisten a su cita en la corte son Texas (más de 10 mil niños), California (casi 9 mil) y Nueva York (más de 8 mil)” (p. 49); “entre abril de 2014 y agosto de 2015 llegaron más de 102 mil menores” (p. 39).

 
Luiselli, que tiene una niña pequeña, no pudo evitar involucrarse emocionalmente: le contaba a su hija las historias que más le conmovían, e intentaba darles un final feliz, aunque la realidad fuese ominosa.
Entre esas historias se encuentran la de las hermanitas guatemaltecas que no podían quitarse su único vestido, donde la abuela les había bordado, al interior del cuello, un número telefónico por si algo les pasaba; y la del adolescente hondureño acosado por pandilleros y cuya denuncia del caso, sucia, arrugada y doblada mil veces, que llevaba en el pantalón, le sirvieron para constatar que, efectivamente, corría peligro en su país natal y era recomendable nunca volver.
Destaca la capacidad de Luiselli para empatizar con los menores, así como su fuerte encono contra los sistemas de nuestro país y el vecino: “al sur del río Bravo somos críticos feroces de Estados Unidos y su maltrato a los migrantes y, aunque casi siempre somos bastante laxos e incluso autoindulgentes, a la hora de juzgar las políticas migratorias mexicanas y el trato general que México le da a los inmigrantes, sobre todo si son centroamericanos” (p. 41); “Los niños que cruzan México y llegan a la frontera de Estados Unidos no son ‘migrantes’ no son ‘ilegales’ y no son meramente ‘menores indocumentados’; son refugiados de una guerra y, en tanto tales, tienen derecho al asilo político” (p. 77).
Luiselli, radicada en Harlem, fue catedrática de la Hofstra University, ubicada en Hempstead -ambos rumbos con fama de temibles.  
Confiesa que empezó a escribir este libro justo un año antes de que se publicara, y que se vio obligada a hacerlo mientras se hallaba en el limbo existencial: “Sabía que, si no escribía (…) enloquecería. Y sabía que si no escribía esta historia (…) no tendría ningún sentido volver a escribir nada más” (p. 84).
La experiencia en la corte migratoria neoyorkina transformó también a su joven sobrina, quien decidió estudiar Derecho, en solidaridad con las injusticias atestiguadas.
Luiselli aprovechó su cátedra de Advanced Conversation, cuya única línea era la de hablar en español con sus alumnos, para transmitirles lo visto en la corte. Y transformar esa rabia, esa claridad, en esperanza, en acción: sin quererlo, los impulsó a organizarse para formar la Teenage Immigration Integration Association (TIIA) y hacer algo por esos pequeños extremadamente vulnerables.
Como afirma Jon Lee Anderson respecto a este libro, “todo aquel que lo lea no se arrepentirá, ni lo olvidará tan fácilmente”.

Elena Méndez
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Valeria Luiselli,
Los niños perdidos
(Un ensayo en cuarenta preguntas),
Prólogo: Jon Lee Anderson,
Traducción del prólogo: Eduardo Rabasa,
Col. Ensayo,
Editorial Sexto Piso,
México, 112 pp.